“General, nunca le perdonarán su victoria” (Hitler a Franco en Hendaya)

Franco murió rodeado de traidores.

El primero y mayor el entonces Príncipe; y con él los demás, salvo escasas y honrosas excepciones.

Los derrotados aprendieron la lección; los vencedores no.

Aquellos ni perdonaron ni olvidaron. Vivieron bien con Franco, pero no dejaron de sembrar la semilla de la venganza, aunque muchos sabían que no la verían germinar. Qué más les daba, pues el caso era tomársela; hasta ahí llegaba su rencor y su maldad.

Vendieron la “reconciliación” con la “Transición”; la reconciliación verdadera la había hecho Franco, no podía haber otra, luego la nueva era puro engaño.

Los cobardes y egoístas la compraron, se dejaron embaucar aceptando y haciéndose cómplices de discurso tan falso. Incluso llegaron a creérselo. Qué craso error o… que gran estupidez.

El proyecto era el mismo mil veces fracasado: la Revolución marxista, bien que ahora mutada en forma de ideología de género, multiculturalismo, feminismo, igualdad, aborto, etc., pero con el mismo objetivo: la esclavización del ser humano previa su destrucción como tal, al igual que aquella del “paraíso socialista”.

Esta vez la Revolución, pragmáticamente encubierta, se tomó su tiempo, porque sabía que su principal error de entonces fue haberla querido imponer de golpe, por eso esta vez han tardado casi medio siglo; y es que los hijos de la obscuridad, del Príncipe de la mentira y de este mundo son astutos.

Decadencia y degradación moral del pueblo, pérdida de la dignidad, de la conciencia nacional, de la herencia y de la historia, de principios y valores, división, envidias, enfrentamientos, derechos sin obligaciones, ausencia de autoridad, egoísmo, corrupción, prevaricaciones, sumisa obediencia militar y policial, y, más aún, erradicación de la mínima espiritualidad sustituyéndola por el hedonismo y el materialismo más acerados, han sido los pasos que han dado con paciencia y perseverancia, sin hacerse notar, con la entusiasta ayuda, eso sí, de la crisis de fe sin precedentes que, en parte propia y en parte infligida, padece la Iglesia mundial y la española en particular porque ya no cree de verdad, ni teme a Dios ni al Diablo.

Algo faltaba, un obstáculo esencial a superar: matar la raíz de todo, destruir el pilar, es decir, a Franco, su memoria y su obra, de ahí esa vesánica persecución contra él, cuyo culmen es la profanación de su sepultura y restos.

Para ello han esperado a detentar la práctica totalidad del poder, a la corrupción de las instituciones judiciales, militares y policiales que son una caricatura, una burla de lo que debían ser, en parte por infiltración en ellas, en no poca por cobardía de sus miembros; así, esta vez no ha habido dique alguno de contención, todo ha sido fría, calculada y cómplice colaboración.

La profanación no es un hecho baladí, sino fundamental, pues su admisión sin chistar es prueba de que el pueblo está preparado para aceptar, impasible, los próximos pasos a dar, lo que ha de venir, la imposición de una tiranía degenerada envuelta en papel celofán para así esta vez no fallar.

La Revolución que no fue, porque Franco la impidió, va a imponerse sin freno, primero, con guante de seda, luego, enseguida, con el de hierro. Que nadie lo dude.

Una losa de iniquidad sepultará a España por mucho tiempo. Zafarse de ella no será posible hasta que la corroa el germen de su propia destrucción que, eso sí, y como siempre, lleva dentro. No es la primera vez que ocurre esto… aunque sí en España. Llantos y quebrantos esperan a los que no comulgan con ello, ni dan su brazo a torcer, ni se rinden, ni se asustan, ni les causa espanto, como debe ser.