Pocas veces escucharán ustedes hoy en los medios de comunicación una afirmación tan rotunda y verídica como la que hizo José Manuel Otero Novas el pasado viernes, con Carlos Peñaloza, en el Hotel Intercontinental. Cuando se le preguntó por los tejemanejes y chanchullos partidistas que preceden a la posible investidura de un candidato a la presidencia del Gobierno, dijo el ex ministro de la UCD: "El mercadeo de votos para investir a un presidente supone una corrupción peor que la de los ERE o la Gürtel, porque es la corrupción del Sistema". Cierro comillas. Dicho por un político centrista y democristiano, es algo así como una prueba del 9.

 

Algunos, es verdad que desde la trinchera del micrófono y desde posiciones no tan moderadas, llevamos años defendiendo esta misma opinión. En efecto, mucho peor que la corrupción que implica el despilfarro de dinero público es la corrupción moral que la ampara y justifica. Mucho más grave que el hecho repugnante de que el parné de nuestros impuestos termine en la caja registradora de un lupanar andaluz, es que haya políticos, sin Credo, sin Fe y sin principios, crápulas de la cosa pública, que se creen los nuevos dioses de la posmodernidad hedonista y liberal. 

 

La condena a los responsables socialistas de los ERE andaluces simplemente confirma lo que toda España ya sabía: que el PSOE convirtió Andalucía en un cortijo de mezquindades, cohechos y depravación, unas veces comprando el voto cautivo del PER, otras a través de chiringuitos cuyo único fin era la rapiña del dinero del contribuyente. Amparados en las mayorías absolutas que lograron durante décadas y protegidos por toda una red de amiguetes, desde los juzgados a los MCS, regados todos por el maná inacabable que empieza siempre en el bolsillo de Juan Español. Es lo que antiguamente hacían los tiranos más horteras, pero con el aval que siempre otorga a los políticos democratistas el paso por las urnas.

 

El PSOE no es ni más ni menos corrupto porque haya ahora una sentencia que condena a Griñán a unos cuantos meses de prisión, y a Chaves a otros cuantos de inhabilitación. El PSOE lleva el mal en su origen, porque nació no para servir a España, sino para servir al marxismo, con diferencia la ideología más aberrante y liberticida de cuantas ha ideado el hombre moderno. Desde el primer Pablo Iglesias, que ya amenazaba de muerte a quienes pensaban distinto a él, hasta Pedro Sánchez, profanador oficial de restos humanos, muy pocas excepciones ha tenido este partido a lo largo de su trágica historia. Los choriceos en Andalucía son, permítanme que lo diga así, las excrecencias de un mal mucho más grave y peor, el mal de una ideología nacida para dividir y enfrentar a las personas.

 

Ahora, naturalmente, Pedro Sánchez dice "a mí que me registren", Susana Díaz que "ella pasaba por allí", y Chaves y Griñán quedan como los únicos malos de la película, estigmatizados ya para los restos por quienes hasta ayer mismo defendían su inocencia. Lo mismo que le pasó a Rita Barberá, entre sus colegas del PP, cuando la condenaron por 500 eurillos. La PSOE andaluza ha desviado casi 700 millones de euros de dinero de los parados a fiestas con cocaína y señoritas, suponemos que para seguir defendiendo en el futuro la mentira del pasado de que son los únicos que miran por el obrero. Cuando no hay escrúpulos morales, el dinero fácil y una vida regalada es lo único a lo que pueden aspirar los dirigentes.

 

Ahora, Sánchez, que ya tiene el precontrato firmado con Podemos para que Pablo Iglesias Turrión sea vicepresidente de España, sólo necesita el apoyo de los separatistas para mantenerse en la Moncloa y en el Falcon. Gobernando España con quienes quieren destruirla. Vendiendo lo que queda de la piel de toro a aquellos que, hace dos años, se arremangaron para destruir nuestra Constitución, sin que nadie, ni los más altos tribunales, lo hayan podido impedir. ¿Van a ser unos ERE fraudulentos, y 700 millones, los que le impidan a este doctor en profanaciones mantenerse en el poder? Tengan por cierto que no. Hoy, España es un ERE. Y lo peor es que somos nosotros mismos los que firmamos los recibos cada vez que vamos a las urnas.