Me han preguntado a veces si creo posible otra guerra civil en España. Respondo que me parece muy improbable, pero que solo personas muy frívolas e ignorantes de la historia la darían por imposible. Observen cómo se produjo la anterior: el partido del actual Estafador  declaró la guerra civil en 1934  junto con los separatistas. Tras derrotarlos, el débil gobierno de derecha no los ilegalizó,  apenas los castigó y fue incapaz de contrarrestar la campaña sobre los imaginarios “crímenes de Asturias” con que los guerracivilistas envenenaban la conciencia de la gente. La misma alianza de totalitarios y separatistas falsificó las elecciones de febrero de 1936, verdadero golpe de estado, y destruyó a continuación los restos de legalidad republicana en una orgía de asesinatos, incendios y abusos tiránicos, hasta provocar una justificadísima reacción nacional. En último extremo, la guerra civil llegó por “la estupidez y canallería” del PSOE y los separatistas, como decía Gregorio Marañón, “padre espiritual de la república”. Por aquellos partidos que transformaron en antagonismos las naturales tensiones  en toda sociedad, asaltaron el poder y arrasaron  la legalidad republicana, que, con sus muchos defectos, debía garantizar cierto equilibrio entre las distintas tendencias.

 

   Y la estupidez y la canallería han vuelto, particularmente desde Zapatero, y de mano de los mismos; esta vez con la complicidad del PP.  El mismo partido que entonces propició y organizó la guerra civil aliado con separatistas y comunistas, ha impuesto leyes tiránicas, ha pisoteado sistemáticamente la Constitución y no oculta su designio de avanzar hacia la disgregación de España combinando el impulso a los separatismos con la disolución de la soberanía y la cultura españolas en el magma multicultural propiciado por la casta burocrática de Bruselas. Es decir, están acabando de destruir, sin apenas resistencia hasta ahora, la legalidad democrática decidida DESDE los históricos  logros del franquismo en el referéndum de diciembre de 1976. Decisión que tratan de  olvidar los actuales delincuentes de la política. De ese referéndum provienen la monarquía, la conservación de cierta cultura cristiana y sobre todo la democracia, una democracia de cuya bandera se han apoderado sus mayores enemigos para cometer una fechoría tras otra.

 

 Les ha llevado mucho tiempo borrar la memoria de los españoles, convirtiéndola en una grotesca parodia de la realidad. Su designio de volvernos a las  miserias de la república y los crímenes del frente popular, ha culminado en el plan de profanar y ultrajar la tumba de Franco, con ayuda de la “muerte de Montesquieu” certificada por unos jueces prevaricadores.  Se trata de una auténtica declaración de guerra, y todos debemos ser conscientes de lo que supone tan inaudita profanación. Y deben tener y tendrán guerra, una resistencia y oposición sin concesiones, y solo cabe esperar que no degenere en violencia generalizada.