Obviamente, depende mucho de lo que se entienda por vivir mejor. En la ideología hoy dominante vivir bien se asocia a la capacidad de consumo, y es evidente que esta no ha cesado de aumentar, al compás de invenciones técnicas como el ordenador o el “móvil”, pero sobre la base económica ya creada en el franquismo, la época de mayor y probablemente más equilibrado desarrollo económico antes o después. De hecho se ha creado una mentalidad productivista y consumista que parece reunir en sí misma el sentido de la vida.

 

Pero creo que “vivir bien” debe asociarse mejor con los índices de salud social, que apenas son considerados, o son enmascarados por la ideología dominante: índices de suicidio, de consumo de drogas, alcoholismo, sobre todo juvenil, fracaso familiar, fracaso escolar, aborto,  prostitución y negocios relacionados con ella, violencia doméstica, asesinatos,  delincuencia  común y política, población penal, corrupción, ludopatías y otras patologías semejantes,  etc. En todos estos índices la situación ha empeorado muy notablemente con respecto al franquismo, aunque tampoco ha llegado a los niveles de los países más “avanzados” de Europa, salvo en algunas drogas, robos con violencia  y quizá alcoholismo juvenil. Podría incluirse también el índice de propiedad de viviendas, que ha proporcionado gran estabilidad y patrimonio a la gente común, y que hoy se intenta ir reduciendo para equipararnos más a “Europa”. 

 

Se dirá que de todas formas entonces no había libertad y ahora sí. Es otro error: había más libertad personal que ahora. Esto se constata en una obviedad en la que no se repara: el estado franquista era reducido, mientras que el actual es casi seis veces mayor, lo cual se traduce en un control y vigilancia burocrática que no ha cesado de expandirse. Actualmente se quiere incluso suprimir el dinero “contante y sonante”, de modo que las personas puedan ser controladas hasta en sus gastos más nimios. Por no hablar de las cámaras de vigilancia en lugares públicos, cada vez más numerosas, y controles electrónicos  de todo tipo. Cabría hablar de “libertad vigilada”.

 

Hay actualmente, sin embargo, más libertades políticas y se puede votar a uno u otro partido. Pero incluso en ese aspecto las cosas han ido a peor. La actual democracia se votó desde los logros del franquismo y no contra este,  y la confusión entre democracia y antifranquismo ha generado una progresiva desvirtuación de estas libertades, con la imposición de leyes totalitarias, incluso alguna de tipo norcoreano como la de memoria histórica, censuras invisibles pero muy eficaces, etc. El franquismo no pudo ser democrático porque vino a salvar in extremis una cris histórica de gran calado, y porque nadie pedía la democracia (¡salvo los comunistas y asociados!, lo cual no puede ser más significativo) ni la  echaba de menos, como recordaba Julián Marías. Era así  porque en la idea y memoria común, la democracia se identificaba con una república caótica y un frente popular abiertamente criminal, deseados solo por los antifranquistas, antaño y ahora. 

 

   Pero se decidió la democratización desde el franquismo con la idea implícita de que “aquello” no podía volver. Y estamos viendo que vuelve. Por eso la cuestión del franquismo es la cuestión clave de la degradada democracia actual, y recuperar la verdad de la historia un punto esencial en su regeneración. Una regeneración que ya fue un clamor popular tras la experiencia de Felipe González, y que fue traicionada inmediatamente por el PP de Aznar (“pasamos página”, dijo), el gran responsable de que la situación haya seguido deteriorándose hasta el actual golpe de estado permanente a cargo de un nuevo frente popular.