La noche del lunes al martes 12 de marzo de 2019 tuvo lugar un proceso de comunicación en Santiago de Compostela en el cual, una persona (sola o en compañía de otras), emitió un mensaje a través de un canal de comunicación con el fin de que las personas que pudieran leerlo conocieran el pensamiento de su autor. Hasta ahí poco se podría decir puesto que el artículo 20 de nuestra Constitución reconoce y ampara el derecho a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción. Sin embargo, este proceso de comunicación es especial, en mi modesta opinión, porque lo son dos de los elementos que lo conforman: por un lado el canal de comunicación y, por otro, el propio contenido del mensaje.

 

El canal de comunicación es el medio a través del cual se emite el lenguaje. Podría haber sido una emisora de radio, un programa de televisión, un cartel, un artículo en prensa…, pero no. El canal elegido han sido los muros de la catedral de Santiago, uno de los principales monumentos de España, con casi mil años de antigüedad que han sido sometidos a un proceso de restauración entre 2013 y 2018 para que las generaciones futuras puedan disfrutar de su belleza, y que quien escribió en sus muros pensó, supongo, que la calidad de su mensaje debía llegar junto con el monumento a todos los que de aquí en adelante se acercaran hasta él para admirarlo.

 

El otro elemento, el mensaje, coincidirán conmigo en que cuando menos es curioso. La persona que lo escribió transmitió lo siguiente: “Yo no salí de tu Costilla, TU SALISTE DE MI COÑO!!”. La alternancia de mayúsculas, minúsculas y tamaño se debe a un intento de transponer en estas líneas cómo lo escribió la autora del mismo puesto que, si se refirió tan vulgarmente a esa parte de la anatomía femenina, no cabe sino deducir que la autoría corresponde a una mujer.

 

Y este artículo se lo dedico a quien lo escribió. Pero no sólo a ella. A la autora, a sus amigos, amigas y a cuantos sin conocerla opinen que con su acto transgresor ha demostrado una gran valentía digna de encomio. A todos vosotros y vosotras os lo dedico. Quiero daros las gracias. De todo corazón. Muchas gracias. De verdad. Me habéis hecho pensar y, gracias a vosotros, me siento mucho mejor. Os lo cuento.

 

Creo que actos tan execrables y cobardes como el perpetrado con nocturnidad y alevosía por quien lo hiciera (no es un acto valiente, no os engañéis), se deben a un corazón lleno de odio incapaz de amar el bien y la belleza y, por ende, repleto de maldad y fealdad. Porque, independientemente de cuál sea vuestro aspecto interior (aunque tengo que deciros que me lo imagino), tengo muy claro cómo será el interior, porque estoy convencido de que de la abundancia del corazón habla la boca. Y la vuestra, a tenor de mensaje, me indica que interiormente lo debéis estar pasando muy mal.  Por eso, en lugar de insultaros o denigraros, en lugar sentir rabia o desearos algo que seguro no os gustaría, en lugar de denunciar públicamente vuestra villanía, pienso que es mucho mejor no odiaros, porque me convertiría en algo parecido a vosotros. Y no me gustáis nada, ya os lo digo. Ni me gustaría ser como vosotros.

Me dais lástima.  Mucha lástima. Porque las pintadas, más temprano que tarde desparecerán de las paredes de la catedral, pero vuestra podredumbre moral permanecerá en vuestro interior mucho más tiempo y no os dejará ser felices. Lo siento por vosotros.