A grandes rasgos, hijuelas del mismo padre putativo: el jurisdiccionalismo. Regalismo, galicanismo, josefinismo, febronianismo. Tan solo cambiarían las latitudes, continente violado por Zeus, mentido robador de Europa. España, Francia, Austria y Alemania, respectivamente. Matices sutiles de un mismo principio (moteemos: el galicanismo enfatiza más la idea de iglesia local francesa, desvinculada parcialmente del Roma). La fingida escisión entre la Iglesia y el Estado. Distintos y distantes, ambos. Distinción y coordinación, seamos precisos. Pero todo resulta farfolla jurisperita. Al fin y a la postre, donde leemos coordinación entre ambos sujetos, debemos sobreponer el término subordinación. La Iglesia se somete al despótico Leviatán. Los concordatos diversos, pináculo de semejante sometimiento eclesial al feroz poder del Estado, siempre descarnado.

 

Todo es mentira

 

Se podrá hablar de una saludable separación de ámbitos. Westfalia lo cambió todo. Para mal, claro. Dos principios nucleares: autonomía respecto de Roma e idoneidad de la Monarquía para representar a la Iglesia en materia doctrinal. En principio, dos buenas dianas. Pero, como siempre, nada es lo que aparenta. Obviamente, todo deviene verbosidad vacua y grandilocuente y perniciosa. Todo artefacto lingüístico, síntoma del nudo poder del Leviatán. Las cosas son como yo las nombro, clama el Engendro. El ordo estatal se erige macizo, invencible, dómine absoluto. Tan artificial como artificioso. El monarca, absolutérrimo. El Estado sin rival, siempre tendente al monopolio total. Dinero, violencia, armas, burocracia. La descristianización efectuada bajo el ropaje de secularización. La legislación, apabullantemente positivista, apartada definitivamente de cualquier requerimiento ético. La ley lo es todo. Y (casi) siempre, mala.

 

Durante el reinado del funesto Carlos III se solidifica el regalismo en su más obscena expresión. El espíritu cesarista, en su mayúsculo enunciado. El fingido entendimiento entre el trono y el altar, mentira. La Iglesia, sometida. Se controlan obsesivamente las relaciones con el romano pontífice. Se expulsa a los jesuitas. Posteriormente, se prohíbe dicha orden religiosa. Intromisión inabarcable del Estado en asuntos eclesiásticos. La legislación sobre materia eclesiástica, profusa e invasiva. Es el punto de partida de la desamortización, con el inquietante Godoy, durante el reinado de Carlos IV, como rapaz artífice. Depuración de las cátedras universitarias de aquellos contrarrevolucionarios o tradicionalistas que se oponían a los desmanes del despotismo ilustrado/iletrado, siempre despreciando al pueblo, súbditos para más señas.

 

Los viejos tiempos, tan malos como los actuales

 

No se trata de rememorar viejos tiempos. Afortunadamente, o no, ya pasaron. Una neo- cristiandad medieval produce sudores fríos. O una ley natural o divina, interpretada por la Iglesia Católica, escalofrío. O inenarrable pavor. Sin duda, confundir la legislación de una nación con el catecismo inquieta sobremanera. Y claman al cielo ciertos e insólitos privilegios eclesiales. Eso no obsta para que el pensamiento reaccionario supiese enfrentarse y oponerse con brío y genio al mayor monstruo parido desde el XVI: el Estado. El resto es silencio (Hamlet). En fin.