Adoración de los pastores. Bartolomé Esteban Murillo. Museo del Prado

Y cada año se me hace más difícil no ceder a las tentaciones; porque la carne es débil, y el cuerpo me pide atocinarme cómodamente, y decir que sí, que bueno, que felices fiestas a todo el mundo, y que me dejen en paz.

Afortunadamente, el alma no está para fiestas, porque acaso de ahí provenga el mayor problema: que todo en España lo hemos convertido en fiesta. Todo es una fiesta, desde la cuchipanda electoral hasta la algarada separatista; desde el coma etílico hasta el asesinato masivo de nonatos; desde el hembrismo garrulo, a la mariconería rampante; desde la zafia incultura de las miembras, al clientelismo grosero.

Todo es fiesta -ya llegará la resaca, ya-, y no tiene uno el alma para estas fiestas, ni para despilfarrar la caridad -que bien entendida se debe principiar por uno mismo-, en recoger conmiserativamente a los borregos, los tocinos, los capones, los necios, los tontos, los alcaldes, el Gobierno, la oposición y otros justiciables, y decirles que sean personas por una vez y se enteren, siquiera por un día, de que nace Dios.

La Humanidad es realmente monótona, así es que ya estamos de nuevo -como cada año por estas fechas, que tampoco hay que ser un lince- metidos en el vórtice del consumismo, y en el vértigo de la bondad por decreto del calendario.

Y como un servidor -a fuer de relativamente humano- es tan monótono como cualquier otro, no quiero dejar pasar la ocasión de repetir -monotonía al fin- lo mismo de todos los años.

Así pues, deseo una Feliz Navidad a quienes saben, entienden y sienten que nos nace Dios. Una Feliz Navidad a quienes están contra el asesinato, venga de donde venga y lo auspicien los pactos que lo auspicien y las leyes de quien sea que las apruebe. Los que están contra el asesinato de nonatos y de ancianos, lo permita Zapatero o González, o Rajoy, o Sánchez, enganchándose a cualquiera de esos dos carros de genocidas.

Feliz Navidad a los amigos de allende el océano y las fronteras. Y Feliz Navidad a los españoles. Así, ni más, ni menos. Cada uno ya sabe de sobra si es español, si se siente español, si cree en España, si ama a España, si está dispuesto a derramar hasta la última gota de su sangre -fórmula de viejo juramento- por España.

Quiero felicitar la Navidad; esto es, la Natividad del Señor, a los amigos conocidos y desconocidos. A los camaradas conocidos y desconocidos; conocidos todos, al fin, porque hijos somos de la misma madre España.

Quiero felicitar el nacimiento del Niño a todos los que, siendo españoles, saben y sienten lo que es España; y quiero desearles -desearme- que el próximo año volvamos a tener la España que queremos, aunque no la merezcamos.

A todos los demás; a los que no saben lo que es España, ni lo sienten, ni les importa, no ha de extrañarles que tampoco a mí me importe una higa lo que sea de ellos. A los que no son mas que ciudadanos, o demócratas, o tolerantes, o cualquiera otra de las múltiples etiquetas idiotas, que les vayan dando.

A los que están dejando morir a mi madre España, a los que la están matando con su estupidez, su cobardía, su abulia, su necedad y sus topicazos de chinchín televisivo, no les puedo desear otra cosa.

Para los españoles que no son españoles sobre todo lo humano, ni felicidades, ni buenos deseos, ni leches. ¡Que les vayan dando, y ya pueden dar gracias de encontrarme en una etapa particularmente comedida!

Y esta vez ni siquiera pido a Dios que me perdone por ello, porque ni estoy mínimamente contrito, ni tengo ningún propósito de enmienda.