"Franco ha muerto", titularon la mayoría de periódicos. O "Murió Franco". El exaltado batiburrillo de hipérboles y ditirambos y rimbombancias, tan serviles. Incluso choca algo, no demasiado, Informaciones, gaceta de los banqueros y futura cantera de El País. El vespertino, en una edición extraordinaria, publicaba una apostilla editorial, titulada “Silencio”, en la que exponía, entre otras cosas, que “un solemne y devoto silencio atenaza hoy al país”. Se abría una nueva época y el miedo guardaba la viña. La incertidumbre se intuía peñascosa. La represión ejercida durante treinta seis años, con altibajos, dejó secuelas de prolongada persistencia. Costaba entender que Franco no alzaría la cabeza al tercer día o al tercer año, en genial novela de Vizcaíno Casas.

 

 

Marca, inmortal

 

No se trata de juzgar a nuestros compatriotas, sino de echar tan solo un ojo a la edición del 20 de noviembre de 1975 del diario Marca. Por ejemplo. En el concurso de las superlativas, la lectura de este deportivo se antoja gloriosa. Para el franquismo, el deporte solamente fue un fin para aproximarse a cierta idea de victoria, aparecer en la foto, lavar la imagen del régimen e irradiar las piedades de su mensaje más allá de los Pirineos. Bahamontes, Loroño, Poblet, Blume, Pedro Carrasco, Pepe Legrá o Urtain. Esos nombres perennes. Y el sempiterno fútbol, ese narcótico de las masas, dicen. El legendario testarazo de Marcelino, plancha mediante, subyugando a la imperial URSS en la Eurocopa de 1964. El fútbol como el apuntalamiento (sórdido) del militarismo y el agitprop. Ayer, hoy y siempre. El fútbol perpetuó las pautas recibidas desde El Pardo: paternalismo, uniformidad nacional y jerarquización. Todo un mundo.

 

 

Estilo deportivo

 

En el intento (bastante trastornado) de relacionar al Generalísimo —bajito, tardo y rollizo— con el deporte, el editorial de Marca llevó por título Un deportista ejemplar. Junto a una foto de Franco a horcajadas de un níveo corcel comenzamos a leer lo siguiente: "Un estilo, un auténtico estilo deportivo informó toda su existencia". Sería necesario entender el concepto "estilo deportivo". Todo tan orteguiano. Por lo visto era Franco una eminencia en el tiro al blanco. Asunto polisémico y escalofriante según cómo se interprete (y ejecute) el tiro al blanco. Dan miedo los cazadores, en ocasiones. Y más, los furtivos. El diario deportivo nos aclara que el ferrolano acaudilló España con "deportivo temple". Rotundo. Y luego, algo eufemístico, nos elucida que "supo ser el Jefe de Estado de la paz larga y venturosa". Toda metáfora tiende al abuso. El deporte y Franco. Pero donde Marca frisa lo esperpéntico es cuando pasa a la realidad. Nos informa que la estampa de Franco como deportista "activo practicante es familiar a todos los españoles". Tocó todos los palos deportivos, por lo visto. A saber. Hípica. Buen jinete, hizo de la equitación "prolongación de su vida militar". Golf, esmerando "su pulso y su destreza". Pesca, adiestrándolo en la "paciente espera, la firmeza, la exactitud en el acierto del momento". En definitiva, deportista "integro", el deporte “que templaba su cuerpo, se proyectaba en su conducta como hombre y estadista".

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Inusitadas lisonjas

 

Entre las adulaciones más prominentes de aquellos días hay que destacar al periódico deportivo Dicen... Dedica su primera página tipográfica a la expiración del “primer español”. La revista Lecturas, número 1232, por otra parte, tituló: “Adiós a España”. Demasiado, incluso para los más aquilatados franquistas. Y entre las mejores chocarrerías es ineludible nombrar a la revista del Sindicato de la Construcción: “Adiós al primer constructor”. En esos (estrechísimos) márgenes se movió la prensa española sin que nadie, al menos en voz alta, realizase (auto)crítica alguna. Como expresó el más genial, con muchísima diferencia, en estos menesteres del columnismo diario, Paco Umbral, eran días en los que “inmensas masas de españoles no sabían si lloraban a su ídolo cruel o reían de aquella forma rara por el advenimiento del caos”.

 

La vieja pasó llorando

 

Y luego nos preguntaremos por el embustero antifranquismo de postrera hornada. Freud, sin más. Burdo y tosco mecanismo defensivo de compensación. Torpísima estrategia para encubrir la inaudita cobardía del español medio: Franco murió en la cama. Esa profunda herida de los novísimos antifranquistas, en forma de frustración. Solo queda dar escape y fuga a ese arcaico rencor, sobreactuando y falsificando, haciéndose perdonar omisiones pasadas. Una vulgar expiación de las propias faltas. Lo de siempre. El Kathleen-niHowlihan en el bello gaélico de Yeats. Negarrez igaro zan atsua. Esa melancólica anciana que siempre camina sollozando. En fin.