El Valle de los Caídos fue erigido para conmemorar una victoria. Concretamente la victoria sobre un Frente Popular compuesto de totalitarios, separatistas y golpistas, auténticos delincuentes que habían asaltado la república en 1934, falsificado las elecciones en 1936, y arrasado la  legalidad a continuación. Provocaron así una guerra civil, que estaban seguros de ganar y afortunadamente perdieron, en gran medida gracias a la conducción de Franco. Fue una guerra por la unidad de España, la cultura cristiana, base de la occidental, la propiedad privada y la familia. Y por la libertad personal, lo que hico necesario recortar las libertades políticas a los causantes de la guerra.

 

Un artista políticamente cantamañanas muy beneficiado por el franquismo y  que se proclamaba “anarquista de salón”, inventó el lema de que había llegado la victoria, pero no la paz. La realidad es que gracias a aquella victoria, España entraba en el período de paz más prolongado de su historia, más que la de casi todo el resto de Europa, de la que mucho se había beneficiado el anarquista de salón. Esto también lo conmemora el Valle de los Caídos.Y por eso lo odian quienes se identifican ideológicamente con el régimen totalitario-separatista del Frente Popular.

 

La decisión de enterrar en el Valle, con permiso de las familias, a combatientes de los dos bandos convirtió al monumento en un canto a la reconciliación nacional, lograda desde muy pronto por el régimen de Franco, lo que permitió al país reconstruirse con sus propios medios, sin depender como el resto de Europa de la intervención militar y financiera useña o soviética, y frente a una hostilidad internacional que buscaba arruinar a España y  sembrar hambre masiva. Gracias a esa reconciliación en paz, que en vano intentaron alterar  pequeñas minorías fanatizadas e irreconciliables, España se convirtió en uno de los países más prósperos del mundo, apto para una democracia no convulsa, aprobada mediante un referéndum “de la ley a la ley”, desde los logros históricamente magníficos del franquismo y contra cuantos querían reimplantar los desastres de la república y  el frente popular. Los  cuales, desde entonces, no han cesado  de corromper y degradar la democracia.

 

Por estas razones, Juan Carlos I decidió que los restos de Franco fueran inhumados en el Valle de los Caídos, que es el lugar justo y adecuado para su tumba. Y del que no deben salir. No podemos permitir pasivamente y en silencio la criminal provocación de los mayores enemigos de la libertad y aspirantes a disgregar España en unos cuantos estaditos impotentes y juguete de otras potencias. Es el gran desafío político de esta hora.