El olvido es el bálsamo de los cobardes. El olvido es el vino de los tibios. Un vino en el que no está la Verdad, un vino con el que no se puede colmar el Cáliz de la Consagración, porque el vino de los tibios y de los cobardes jamás se convierte en la Sangre de Cristo. En la Sangre del Perdón. Sólo los fuertes perdonan. Los débiles, los tibios y los cobardes, olvidan. Que es lo que acaba de hacer la Iglesia Católica española en la Eucaristía del Centenario de la Consagración de España al Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles.

 

Cuando Alfonso XIII accedió a presidir, hace un siglo, la Consagración de nuestra Patria al Corazón de Jesús, la masonería española ni lo olvidó ni se lo perdonó. Con la paciencia que solo se amasa en la venganza, la masonería esperó doce años sin olvidar ni perdonar a Alfonso XIII. Doce años tardaron en construirle la carretera que llevó al Rey al exilio, a España al apocalipsis de la II República y a los católicos y a la Iglesia a las catacumbas y al martirio. Monseñor Osoro y sus druidas de la tolerancia y del perdón sin enmienda, lo olvidaron porque en ellos es más fuerte, sin duda, el miedo a los sicofantes de la corrección política que la evocación de la sangre derramada, de las vidas entregadas y los cuerpos torturados hasta la muerte en defensa de la Verdad, en defensa del Vino que corre por las Venas de Cristo. Ellos prefieren emborracharse con el vino del olvido.

 

El 7 de agosto de 1936, un pelotón de milicianos socialistas y anarquistas, borrachos de revolución, de marxismo y de barbarie, trasladaron el escenario del Gólgota al Cerro de los Ángeles y fusilaron al Corazón de Jesús. Fusilaron a Cristo y después derribaron la oración en piedra, la columna que izaba al Hijo de Dios hasta los cielos de España para abrazar y perdonar, como en la Cruz del Gólgota, a todos los hombres. También a los que le acababan de fusilar. Monseñor Osoro y sus druidas de la amnesia “conveniente”, también lo olvidaron en la Eucaristía del Centenario porque los sicofantes de aquel pelotón de fusilamiento están demasiado cerca de sus sotanas. Y como donde hay Perdón no hay olvido, lo circunstancialmente conveniente para la Iglesia es el olvido, a ver si se obra el “milagro” y los herederos de aquel pelotón de fusilamiento nos “perdonan” los mártires de antaño y se “olvidan” de nuestro patrimonio de hogaño. Que es de lo que realmente se trata. Por eso cada vez hay más cardenales, obispos y curas como Osoro y el “padre” Ángel y menos pastores como los Padres Huidobro y Santiago Cantera. ¡Viva Cristo Rey!.