Son imbéciles, clínicamente imbéciles. Y como todos los imbéciles, engalanan su “victoria” sobre el cadáver del soldado y el estadista más grande que ha habido en España con retórica grandilocuente y dialéctica pseudodemocrática. Son imbéciles. No adjetivo. Diagnostico.

La psiquiatría distingue diversos tipos de imbéciles, siendo los principales, por ser los más comunes: el imbécil intelectual, el moral, el emotivo y el impulsivo. En Pedro Sánchez y en su banda gubernamental en funciones convergen los cuatro imbéciles esenciales de la bibliografía psiquiátrica. El imbécil intelectual es el que no tiene idea alguna de la falsedad de sus razonamientos ni de sus contradicciones. El escaso o nulo discernimiento de los imbéciles intelectuales encuentra su morboso y tenaz sustitutivo en la voluntaria perseverancia en lo que han “entendido”, en la insolente obstinación en deseos y opiniones carentes de fundamento y en la absoluta inaccesibilidad a argumentos de razón. El peligro social del imbécil intelectual con mando en plaza reside en su granítico empecinamiento porque su voluntad (su capricho, por mejor decir) le parece inquebrantable, es pétreo en sus opiniones y no admite ni lecciones ni contradicciones, siendo muy poco o nada lo que sabe de cierto.

La imbecilidad moral se manifiesta ante todo en el aprecio de sí mismo que tiene el imbécil (soy el más guapo, el más demócrata, el más “tolerante”, el más feminista… en el caso que nos ocupa), en su elevado delirio de grandeza y en su desmedida ambición, que no está en relación con sus dotes y dones naturales ni con su productividad profesional y laboral. El imbécil moral es ajeno a todo conocimiento de su escaso valor y de su inferioridad espiritual. Entre todas las formas de manifestarse la imbecilidad moral, la más grave, triste y patética, y de peores consecuencias, es la falta de sentimientos, envuelta en quincalla sentimentaloide, y de principios morales. El imbécil moral con mando en plaza es muy rumboso en su ambición para hacer dóciles y serviciales como esclavos (magistrados del Tribunal Supremo, por ejemplo) al mayor número de potenciales o reales adversarios, a los que acaba comprando mediante una equilibrada combinación de pródigo soborno y miedo.

La imbecilidad emotiva está caracterizada, sobre todo, por un absurdo y anacrónico deseo de venganza sobre hechos ocurridos y hombres que vivieron mucho antes de que el imbécil emotivo, moral e intelectual viniera al mundo. Así, el imbécil vivito y coleando se empeña en cobrarse venganza hoy de la Reconquista, del Descubrimiento y Conquista de América o de la victoria Nacional en la Guerra Civil, ochenta años después de su término y cuarenta y cuatro años después de la muerte del invicto General que acaudilló la victoria. Finalmente, la imbecilidad impulsiva tiene como característica esencial la aparición súbita de actos de violencia no necesariamente física, pero siempre desproporcionada, innecesaria, inoportuna, impertinente y arbitraria, como amenazar con una ley ad hoc a todo aquel que lleve la contraria al imbécil con mando en plaza o cerrar caprichosamente los recintos en los que vive y palpita la Historia que el imbécil cree poder cambiar, como el Valle de los Caídos.

Como verá el curioso lector estamos rodeados de imbéciles clínicos, que tienen mando en plaza porque millones de imbéciles sociales, con “derecho”, como el tonto machadiano, a despreciar todo cuanto ignoran, así lo han decidido.