A veces hemos intentado reflejar en estos editoriales la manera lamentable como la sociedad occidental ha decidido inmolarse, hacerse picadillo despacito, dando la espalda a la Fe verdadera, al sentido común y a la madre naturaleza, para entregarse en brazos de ideologías aberrantes. Nuestro objetivo está claro: que la generación de nuestros bisnietos, ojalá que de nuestros nietos, recupere la sensatez de nuestros abuelos y vuelva a ser faro y referencia de otras civilizaciones menos afortunadas.
 
Esta sociedad es capaz de deglutir con una notable normalidad dos hechos tan aberrantes como los que les voy a relatar. En Pontevedra, una madre ha sido condenada a dos meses de cárcel y la prohibición de acercarse a menos de 200 metros de su hijo de diez años. El motivo es que fue denunciada y juzgada por haberle dado un par de bofetadas a su retoño después de que éste se negara a ducharse, hábito más que recomendable. En Godella, una antigua manifestante del 15-M, feminista radical y consumidora de drogas, ha matado a sus dos hijos, de 3 años y de cinco meses, después de que la abuela de los niños avisara de que la asesina no estaba en condiciones mentales para criar a los pequeños. Nadie la hizo caso.
 
Como decimos, lo terrible es que las dos noticias pueden darse en el mismo espacio y tiempo, y no solamente porque el amor y el odio, la sensatez y la demencia, se dan en el ser humano casi al mismo tiempo, sino porque los poderes públicos, las instituciones y finalmente también los partidos políticos han hecho leyes tan aberrantes y absurdas, han llenado la cabeza de las pobres gentes de ideas tan completamente descabelladas, que en el fondo ni siquiera debe extrañar que se produzcan hechos tan abominables como estos.
 
Que metan en la cárcel a una madre por darle dos cachetes a su hijo demuestra que nos han agilipollado despacito, como dice la canción, que somos carne de cañón de esta tropa de illuminati que nos gobierna o nos ha gobernado. A todos nos han calentado, nos han lanzado la zapatilla, nos han cruzado la cara o nos han dado un capón a tiempo, y no solamente no fue motivo de trauma, sino que hemos subido a nuestros padres a los altares por hacerlo, porque sin aquellas enseñanzas, o sea castigos, ahora seríamos como los 350 que asientan sus reales en el Parlamento.
 
Igualmente, las generaciones anteriores a la nuestra no hubiesen permitido nunca que dos porreros compulsivos, que desayunan farlopa y cenan anfetaminas, y que vivían en una casa okupada en medio del campo, tuviesen en sus manos las vidas de dos bebés indefensos, porque antes que permitir eso, los abuelos ya se habrían ocupado de atender a las criaturas y poner a sus padres a buen recaudo. No se puede dar una bofetada a un hijo, pero si se le puede criar respirando marihuana, dándole maltratos continuos para finalmente conducirlo a una muerte oscura y terrible, atroz y salvaje, sin que ninguna administración pública mueva un dedo para impedirlo. También se puede abortar, naturalmente.
 
Así somos. Así estamos de la azotea. Nos han embrutecido porque nos hemos dejado embrutecer, porque muchos ciudadanos sienten adoración por su partido político, al que consideran su pequeño oráculo de Delfos, su única brújula moral. El marxismo y el liberalismo, y las taras de ambas, están detrás del nuevo Orden Mundial que desde hace años ha tomado el control de nuestras vidas. Esto ya no es relativismo moral. Esto es un frenopático gigantesco del que, como no escapemos pronto, lo tendremos difícil para estrenar el siglo veintidós. Como tantas otras cosas, en nuestras manos está evitarlo.