En los cuarenta años que llevamos de presunta democracia, las urnas nos han deparado mejores y peores gobiernos, dirigentes más aptos y menos aptos. Lo que no consigue mejorar la democracia es la calidad del pueblo español en su condición ciudadana. La España que fue imperial, la de los Austrias y los primeros borbones, la España que echó a navajazos de la piel de toro al ejército más poderoso del mundo hace apenas dos siglos, hoy no está ni se la espera. Porque lo que la democracia nos ha robado, simple y llanamente, es el alma nacional.
 
Los partidos políticos no están interesados en que haya ciudadanos libres y responsables, con verdadera conciencia de que en nosotros reside la soberanía nacional. Los partidos son fábricas de esclavos morales. Y muchos españoles, ojalá no fuesen la mayoría, sienten por su partido algo muy parecido al fervor amoroso. Una apasionamiento que nubla la razón y que te convierte, si no estás prevenido, en un esclavo moral, incapaz de tener juicio crítico sobre las cosas, incapaz de decir que una cosa está mal, sabiendo que está mal, sólo porque la han hecho los tuyos. O los que se supone que lo son.
 
En esta emisora han llamado oyentes para pedirnos que no seamos críticos. Que no seamos independientes. Una de las pocas virtudes humanas realmente venerables, de las pocas cosas que de verdad demuestran nuestra dignidad como hijos de Dios, el deseo ardiente de ser sinceros y honestos con nosotros mismos. Pues no. La partitocracia ha engendrado ciudadanos que repudian el espíritu independiente, porque lo que anhelan es la esclavitud de la secta. La esclavitud de "lo malo conocido", que termina siendo lo nefasto conocido. Y esos españoles no quieren periodistas que les digan la verdad: quieren lacayos de lo que ellos piensan.
 
El resultado de ser así, esa mezquindad humana multiplicada por 40 millones, da como resultado un sistema político repugnante, donde casi siempre ganan los peores, los menos aptos, los más mediocres, los más traidores, los menos patriotas, los más mentirosos y corruptos. Las cúpulas de los partidos no hacen nada por regenerarse porque siendo así de malos tienen engatusados a sus votantes potenciales. Izquierdas y derechas se pelean como hace un siglo, esgrimiendo sus mentiras de siempre, mientras perdemos la fuerza de antaño, nuestro potencial como pueblo, la capacidad objetiva para arreglar los problemas reales de la gente.
 
Y así hemos llegado hasta aquí. Con Pedro Sánchez hemos tocado fondo, en efecto. Es, con diferencia, el peor inquilino que ha habido en el Palacio de La Moncloa. Y lo peor de todo es que probablemente sea mejor que el siguiente. Porque la política no se mejora con forofismo barato, los partidos no se regeneran con vítores, aplausos y cerebros en off, sino con lo contrario: con altura moral para exigir ejemplaridad. Con independencia de criterio para no ser cómplices de la mediocridad, ni de la felonía, ni de la alta traición. Los partidos se regeneran cuando los súbditos se comportan como ciudadanos.
 
El PP está muy dolido porque cree que VOX le ha robado parte de su festín electoral. Es lo que piensan algunos maridos engañados de los terceros en discordia, después de haber estado años sin cuidar las flores del jardín. La culpa es siempre de los demás. Hoy, la culpa es de VOX, como hace años era de Alternativa Española, del toro que mató a Manolete, o de quien toque. Porque lo que jamás van a reconocer sus dirigentes, ni por desgracia tampoco sus votantes, es que no tienen brújula, ni proyecto, ni ideas, ni ambición. Que están muertos en vida, como lo estuvo la UCD hasta que desapareció. Pero lo fácil es echar la culpa al vecino del quinto.
 
Pedro Sánchez no va a romper España, porque él no puede romper absolutamente nada. España, a pesar de los españoles de hoy, está muy por encima de personajillos de tercera regional. Ni él, ni sus socios comunistas, ni los enemigos internos de la nación española, podrán lograr sus objetivos de siempre, porque España es tierra de María y de Santiago Apóstol. De dioses con minúscula, como Pizarro, Hernán Cortés, el Gran Capitán o Juan de Austria. Es tierra de Isabel y Fernando, del emperador Carlos y de Felipe II. Es tierra de conquistadores. Pasarán estos cuatro años, pasarán lentamente eso sí, y luego vendrán otros ojalá algo mejores. Pero los que deberíamos hacer examen de conciencia en este tiempo no son ellos, sino nosotros. No son los que reciben los votos, sino los que votan.
 
Todos los pueblos que han sido grandes lo fueron no por adorar la democracia como al becerro de oro, tampoco por ser los perritos falderos de los políticos de turno. Los pueblos que han sido grandes lo fueron porque tuvieron un proyecto colectivo, un alma nacional, la hermandad de compartir cosas mucho más elevadas y admirables que las ideas políticas. El valor, la Fe, la identidad, el compromiso compartido de defender una frontera común. Eso es lo que diferencia a las naciones eternas de los pastos donde comen las cabras. Y eso es, exactamente eso, lo que diferencia la España de nuestros ancestros de este lodazal de mezquindades en que nos hemos ido convirtiendo voto a voto.