Soy independentista. Además una independentista acérrima, Irracial, intolerante y nada permisiva.

Soy de familia catalana. Mis ancestros paternos eran oriundos de aquellas tierras y mis apellidos proceden de familias donde el hermano mayor era el «hereu» y el pequeño no tenía ni voz ni voto. Sí. Mi padre hablaba el catalán pero sentía el castellano. Español, con bigote franquista y orgulloso de su bandera roja y gualda.
Mis venas llevan sangre catalana, pero yo hoy me siento separatista. Separatista de un colectivo violento, inmerso en el más absurdo de los complejos, me siento amante de muchos y repudiada por unos pocos.

Harta de esta gente ignorante, de su incapacidad para dejar en paz a su propio pueblo, harta de ver como se aprovechan del buen hacer de quienes les vieron nacer. Cansada de darles importancia, cuando hay personas en nuestro entorno más cercano que sufren en silencio. Rota de dolor por sentir que sus vidas giran en torno al deseo de vivir en guerra, cuando los que les tememos sólo deseamos vivir en paz.

Hoy me siento separatista de un pueblo que no me quiere por sentirme española, por amar a mi patria y por sentir escalofríos al escuchar el himno de mi país. Separatista de todos los que en vez de trabajar para vivir, malgastan el tiempo a base de gritos de un español muy mal hablado...

Amo a España, admiro todos y cada uno de sus rincones, de norte a sur, de este a oeste, sus islas, su historia, su cultura. Quero una tierra unida, y por los que nos sentimos tan españoles y separatistas de todos ellos, por los que amamos nuestro pueblo yo quiero luchar, quiero dar mi alma entera a la Nación que quiero para mis hijas, a la patria que me vio nacer, y no voy a cesar en mi empeño, por todos los que nos sentimos así, lucharé hasta sentir que ya no me queda aliento.