Los apóstoles del pensamiento único dominante nos dedican permanentemente una serie de calificativos –en general muy poco ocurrentes– a todos los que no comulgamos con sus ruedas de molino y no nos dejamos arrastrar por ese tsunami de estupidez y maldad que han provocado, calificativos que en general a mí me resbalan, aunque no siempre. Que me llamen “facha”, ultraderechista o, por supuesto, franquista son “medallas en mi pecho, como dijo Santiago Abascal en el glorioso acto de presentación en sociedad de Vox en Vistalegre (Madrid) en octubre de 2018. Que me llamen xenófobo, racista, homófobo o machista empieza a molestarme, porque no soy ninguna de esas cosas y, además, me parece que cualquiera de esas actitudes, comportamientos o formas de pensar son éticamente inaceptables e incompatibles con mi moral católica, aunque lo disculpo en atención a la indigencia mental de los que lo eructan. Sin embargo, hay un término que he leído en estos días que ha sido usado por un rufián con el mismo apellido refiriéndose a Vox, “REACCIONARIO”, que me ha hecho reflexionar. Al leer ese apelativo, un clásico ahora un poco en desuso, he sentido cierta nostalgia y me he puesto a pensar si soy o no reaccionario y he concluido que sí, que efectivamente soy “reaccionario” y a mucha honra.

Reacciono contra el perverso pensamiento único dominante, que nos está idiotizando y convirtiendo en autómatas sin alma, sin corazón y sin agallas. Y reacciono contra la dictadura de la estulta corrección política que coarta nuestra libertad ideológica, de expresión y hasta de pensamiento, y que nos fuerza a adoptar estrambóticas y completamente artificiales actitudes y pautas de comportamiento hasta en los actos más ordinarios de nuestras vidas.

Reacciono contra los que se arrogan de una superioridad moral de la que carecen por completo, los que se llaman a sí mismo “progresistas” cuando el único “progreso” (sic) que ofrecen conduce a la ruina económica y moral de las personas que se creen sus patrañas y los siguen.

Reacciono contra la epidemia de relativismo que pone en cuestión nuestros principios más básicos y fundamentales, hasta la propia definición de lo que es el bien y lo que es el mal, confundiendo y desorientando a las personas y llevándoles por el camino que quieren los tiranos que nos han inoculado ese virus.

Reacciono contra la mentira, eso que ahora llaman ‘post verdad’ (el propio término es falso en sí mismo): la mentira al reescribir la historia tergiversando o directamente inventando los hechos a su conveniencia; la mentira al decir lo contrario de lo que se piensa y de lo que se pretende hacer; la mentira al utilizar permanentemente eufemismos para ocultar o manipular la realidad (“interrupción voluntaria del embarazo”, por ejemplo), entre otras muchas.

Reacciono contra la hipocresía, como la de aquellos que se escandalizan porque un hombre dirige un piropo a una mujer y en cambio no dicen nada cuando en sus admirados países islámicos siguen manteniendo a las mujeres ‘cosificadas’ como en la Edad Media; o la de los que llaman “dictador” a Viktor Orbán pero se callan, cuando no defienden, en cuanto a Maduro, a Morales o a Castro; o la de los que acaban con el “Toro de la Vega” en Tordesillas (Valladolid), una tradición centenaria, porque el toro “sufre”, y en cambio felicitan a los musulmanes cuando celebran el ‘Eid al-Adha’ (Fiesta del cordero), en la que en nuestros pueblos y ciudades se sacrifican públicamente miles de corderos sin ningún tipo de control sanitario ni de ningún tipo.

Reacciono contra los que quieren acabar con nuestra cultura, nuestra forma de vida, nuestro esquema de principios y valores, en definitiva  nuestra civilización, a base de dinamitar todo lo que tenga que ver con nuestras tradiciones, de imponernos costumbres que no son nuestras y de fomentar la entrada masiva y sin control de personas procedentes de otros ámbitos culturales, otros entorno geográficos, otra moral y otra forma de vida, especialmente musulmanes, para destruir lo que hemos sido, somos y queremos seguir siendo. Y reacciono contra los cretinos que, sin darse cuenta de las consecuencias y con objeto de parecer “modernos”, defienden sistemáticamente que todo lo nuevo es mejor que lo que ya existe y que todo lo que viene de fuera es mejor que lo que nosotros tenemos.

Reacciono contra los que bajo el disfraz de “liberales”, “progresistas” o “demócratas” están permanentemente coartando nuestras libertadas individuales hasta en los actos más cotidianos del día a día: en España estamos ya cerca de que todo lo que no esté prohibido sea obligatorio. Reacciono también contra los que pretenden prohibir a los demás lo que a ellos no les gusta (veganos, antitaurinos, anticaza, etc).

Reacciono contra la traición, la deslealtad y la cobardía de los que le deben todo a las generaciones que entre 1940 y 1975 salvaron e hicieron grande a España y que ahora los insultan y los vilipendian, o simplemente presencian sin inmutarse como otros lo hacen. Y reacciono contra los que profanan las sepulturas o el honor, la reputación y el buen nombre de personas que lo dieron todo por España, ya sea retirando sus nombres de las calles, retirándoles honores justamente conseguidos o simplemente ocultando sus méritos y adjudicándoles palabras o hechos que nunca dijeron o hicieron.

Reacciono contra una sociedad que asiste impávida, cuando no lo jalea, al asesinato cada año en nuestra nación de casi 100.000 criaturas no nacidas. Reacciono contra cualquier decisión sobre el final de la vida de las personas que signifique adelantar su muerte, contra la eutanasia, contra la eugenesia y contra todo lo que tenga que ver con ello. Y reacciono contra cualquier alteración del orden natural de la vida (selección de embriones, manipulación genética, vientres de alquiler, gestación subrogada, etc.) que destruye la dignidad humana y nos lleva a una sociedad de laboratorio en la que a largo plazo solo quedarán los que se ajusten al modelo que desean las élites del “nuevo orden mundial”, como en la Alemania nazi.

Reacciono contra los que están contaminando el cerebro de los niños y de los jóvenes con ideologías criminales, inmorales y destructivas, que hasta se enseñan en los colegios, como la ideología de género o la sexualidad libertaria y promiscua, carente de cualquier sentimiento noble.

Reacciono contra los que hacen todo lo posible por destruir a la familia, y con especial inquina la familia cristiana tradicional –la única a la que se puede llamar familia en sentido estricto–, célula esencial de cualquier sociedad y que es la que la da estabilidad, continuidad y progreso, fomentando e incluso primando económicamente otros modelos de convivencia, algunos de los cuales (como el mal llamado “matrimonio” homosexual) son demostrablemente perniciosos para las nuevas generaciones.

Reacciono contra los que tratan por todos los medios de destruir a la Iglesia, de arrinconar a los católicos (si no de exterminarlos, como hicieron hace 83 años) y de acabar con el sustrato y la tradición cristiana de España y de toda Europa. También reacciono contra los que se mofan o hacen escarnio de nuestras creencias y nuestros actos de culto, contra los que profanan con impunidad nuestros objetos sagrados y templos y contra los que atacan o humillan a las personas consagradas.

Reacciono contra todas las injusticias, como el hecho de que las personas que invaden ilegalmente nuestra Nación, muchas veces asaltando violentamente nuestras fronteras, disfruten de ayudas y prebendas vetadas a muchos españoles que, por cualquier circunstancia (jubilación, desempleo de larga duración, invalidez total o parcial, personas dependientes a su cargo, etc.) están sufriendo penurias, a veces extremas, sin que nadie les ayude. Y reacciono contra la discriminación y el agravio comparativo que supone que por el hecho de ser distinto (ser homosexual, ser madre soltera, pertenecer a cualquier raza distinta a la caucásica o a cualquier religión distinta a la católica, etc.) se tengan ventajas sobre los que no pertenecemos a ninguna de esas minorías.

Reacciono contra los que intentan subyugar a la mitad de la población, los varones, con falsos relatos que los presentan como maltratadores, abusadores sexuales o delincuentes de cualquier otro tipo, en potencia o directamente declarados, y contra los que legislan discriminando al varón frente a la mujer solo por el hecho de serlo. También reacciono contra los que intentan hacer pagar a los varones de hoy los agravios y los abusos cometidos por los varones de hace décadas, o de hace siglos, contra las mujeres de entonces, que es verdad que los ha habido y que son muy tristes, injustificables y execrables, pero que no debemos pagar nosotros.

Reacciono contra la nefasta estructura territorial de nuestra Nación, las corrosivas Autonomías, que crea diferencias artificiales entre los españoles, que nos empobrece y que terminará destruyendo la unidad de España, un bien moral por el que han luchado muchas generaciones de españoles desde hace al menos cinco siglos y sobre la que no puede disponer alegremente ninguna generación, ni aunque existiera un “consenso democrático” absoluto, que no lo hay.

Reacciono contra los golfos como el propio Rufián (¡qué nombre tan adecuado!) que no contentos con vivir como marajás sin dar palo al agua a costa de los Presupuestos Generales del Estado, es decir, de los impuestos que pagamos tú, yo y todos los españoles, se dedican exclusivamente a complicarnos la vida, destrozarnos el futuro y a enriquecerse, ellos y sus amigos.

Y reacciono contra unas cuantas cosas más, cosas que hace 15 o 20 años nos hubieran parecido inimaginables pero que hoy son el pan nuestro de cada día… aunque no las voy a seguir listando para no atormentar más de la cuenta al que me lea.

SÍ, DEFINITIVAMENTE SOY REACCIONARIO, MUY REACCIONARIO, y lo seguiré siendo, cada vez con más ahínco si Dios me da fuerzas, hasta que consigamos cambiar este mundo de insensatez, perversidad y mentira al que nos están llevando de forma inexorable salvo que, precisamente, empecemos todos a REACCIONAR.