1982, curiosamente, el año del Mundial de fútbol celebrado en nuestro país, ingresamos en la OTAN. Exactamente, el 30 de mayo, bajo el mandato de Calvo Sotelo. Fuimos la decimosexta nación en hacerlo. Dos años antes, el gobierno de UCD ya había dado comienzo a las conversaciones formales para una inmediata incorporación. Ese ingreso en la Organización para el Tratado del Atlántico Norte, aparentemente un sistema de alianzas militares del bloque del Oeste capitaneado por Estados Unidos, en oposición al bloque del Pacto de Varsovia filosoviético, suscitó el rechazo de amplísimos sectores de la convulsa sociedad española del momento.

 

La clave, como tantas oscuras cosas, estuvo en el PSOE. Su ascenso al pináculo del poder. La convocatoria de un referéndum que iba a confirmar, o no, nuestra permanencia en la OTAN. Felipe González pidió el sí. Fervorosamente. Hasta hacía bien poco, su oposición a la OTAN era absoluta. Cómo no recordar el celebérrimo “OTAN, de entrada, NO”. Felipe González, cinco años antes, en la comisión de exteriores del Parlamento. Sic. “Nuestro partido no asume la decisión de integrarse en la OTAN, y, por consiguiente, estará en contra de la misma, con las consecuencias históricas que tenga mantener una coherencia lógica entre lo que decimos y lo que pensamos hacer”. Las inauditas contorsiones, equilibrismos y acrobacias del poder. El peso de la púrpura lo llaman.

 

 

Arqueamientos

 

Pululaba en los aledaños del PSOE, durante aquellas témporas, la siguiente octavilla. En ella se puede leer lo siguiente: "Los riesgos de ingresar en la OTAN son evidentes; la cesión de soberanía que conlleva, también. Ninguna persona responsable puede negar la trascendencia de esa decisión, que afecta directamente a la vida de 36 millones de ciudadanos. Por eso, nos amparamos en la Constitución y exigimos la celebración de un Referéndum, cuyo resultado respetaremos como demócratas".

 

Tantos años después podemos continuar elucubrando acerca de la extrema (y extremada) retorsión socialista. La responsabilidad del (buen) gobierno exige extirpar sarampiones juveniles se decía. También es cierto que para ciertos militantes se abría un futuro personal preñado de lujo y oropeles que no convenía desdeñar. Otros, el pragmatismo más romo de nuevo, relacionaban la entrada en la Comunidad Económica Europea con la permanencia en la OTAN: siameses tácitos.

 

Donde dije digo, digo Diego, tan español. Llevado al culmen, un decenio después, con la elección de Javier Solana como secretario general de la OTAN. Todo, fue agitación y propaganda socialista para permanecer donde nadie tenía demasiado claro que tuviéramos que habitar. Felipe chantajeando con dimitir.  Escamoteando lo obvio: la OTAN, además de somatizar el militarismo y el belicismo dentro de las entrañas de la patria, incluía dictaduras también, véanse las muestras de Portugal, Grecia y, sobre todo, Turquía. Muchas firmas de “reconocidos” prebostes durante aquellos días. Jaime Gil de Biedma, Amancio Prada, Juan Marsé, Luis Antonio de Villena, Blanca Andreu, Santos Juliá, José María Guelbenzu, José Miguel Ullán, Assumpta Serna, Álvaro Pombo, Adolfo Domínguez, Sancho Gracia. Apena ver ciertos nombres. Como el del eximio Rafael Sánchez Ferlosio (que luego tuvo el magnífico buen gusto de arrepentirse). Inolvidable José María García, tan seguido entonces por las huestes futboleras, con súbita aparición en un programa televisivo de máxima audiencia para hacernos condueños, sin venir a cuento, de su enfoque propicio a las tesis del Gobierno.

 

Papeletas o papeleras

Una formidable alucinación. Leamos la papeleta. “El Gobierno considera conveniente, para los intereses nacionales, que España permanezca en la Alianza Atlántica, y acuerda que dicha permanencia se establezca en los siguientes términos: la participación de España en la Alianza Atlántica no incluirá su incorporación a la estructura militar integrada. Se mantendrá la prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en territorio español. Se procederá a la reducción progresiva de la presencia militar de los Estados Unidos en España. ¿Considera de acuerdo con los intereses generales de España la permanencia en la Alianza Atlántica, según la posición del Gobierno arriba indicada?". Hasta ahí

 

La palabra OTAN eludida. El Gobierno no sólo ni calificaba a la OTAN en un referéndum del que dependería la permanencia de España en la OTAN, sino que, al exponer en un prefacio la posición del Gobierno intentaba ligar los intereses partidistas con el interés general. Esa sinécdoque tan socialista. Cataluña y Euskal Herria (tierra del euskara, en puridad etimológica) votaron en contra. En principio, estas dos regiones eligieron lo esperado. Pero en el resto de las provincias españolas, salvo en el valioso caso de Las Palmas de Gran Canaria, ganaron los malabáricos. Las pastueñas y delirantes teorías del partido gubernamental.  Quedó derrotado un mundo. Incluso se habló de amaño electoral. Tiene su lógica. Un giro de la opinión pública española demasiado espectacular. Pero al menos existían tres cláusulas o salvaguardas que hacían concebir ciertas esperanzas. Las tres condiciones propuestas, leídas antes en la papeleta, triste e inexorablemente, fueron, son y serán, ostensible y flagrantemente, quebrantadas por las disparejas administraciones que se han ido sucediendo desde aquel malhadado 12 de marzo de 1986. Hasta hoy. En fin.