Tenía estampa pero carecía de sustancia, como todos los maniquíes de pasarela de su partido, hecho a imagen y semejanza de sí mismo y a mayor gloria de esa entelequia en la que creyó con más fuerza que en la realidad esencial e histórica de España, que no es su etéreo Centro, el grial pagano de todos los adanes de la política, sino lo que Menéndez Pelayo sintetiza magistralmente en la oración que, como el Credo del Concilio de Nicea, nos enseña qué somos, quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde debemos ir: “España, espada de Roma, luz de Trento, martillo de herejes, patria de San Ignacio. Esa es nuestra unidad y nuestra grandeza. Y no tenemos otra”. Albert Rivera no sabe quién es Menéndez Pelayo, pero aun así le parecería un “facha” por invocar un pasado que él ignora y aferrarse a dos mil años de Historia; porque el pobre Albert no cree en el pasado, sólo en el futuro, sin detenerse a meditar que lo único que tenemos, que realmente podemos decir que es nuestro, es el pasado con el que construimos el presente. El futuro, Albert, no existe. El futuro es esa frase que los taberneros españoles grababan en las garrotas que coronaban las barras de sus negocios: “Hoy no se fía. Mañana sí”.

Albert Rivera no era un líder, era un fetiche. Hoy ya no es ni eso. Se ha convertido en un juguete roto que anticipa el destino de los demás fetiches que, a duras penas, se mantienen sobre la pasarela de C,s con una sentencia de liquidación por derribo así que el presente (siempre el presente, Albert) nos vuelva a castigar a todos con otra decadente bacanal electoral. Con investidura o sin ella.

Albert Rivera se despidió, como manda el protocolo de esta España tan blandita, entre lágrimas. Los integrantes del coro de plañideras, tan adultas como infantilizadas, lloraban porque se les ha roto el juguete y, por lo tanto, se les ha terminado el jueguecito a todos así que el presente arranque unas cuantas hojas más (pocas, muy pocas) del calendario. Si sobre Pedro Sánchez ha caído la maldición de la profanación, sobre Albert Rivera ha caído la maldición, versificada por Blas de Otero, de todos aquellos que, como el fetiche roto de C,s, anhelan la pureza inexistente de la equidistancia: “Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quien no toma partido, partido hasta mancharse”.

Albert Rivera no quiso mancharse ni de rojo ni de azul, por eso se volvió transparente. Y la gente deja de comprar, de comer, de beber y de votar, lo que carece de olor, de sabor y de color. O sea, la insustancial esencia de la nada.