Roma no paga traidores; España, sí. Les paga y los ceba con el patrimonio y los recursos de los leales. De los siempre leales extremeños. Los chulos del separatismo vasco-catalán abofetean a diario el rostro de España, y España se postra ante ellos en actitud oferente. Como las putas de Babilonia, se abraza a las rodillas de los que le llenan la cara de salivazos y hematomas gimoteando el perdón por no haber satisfecho, con la largueza exigida, las demandas de los matones de chapela y barretina que, con los bolsillos llenos de dinero, transferencias e infraestructuras, abandonan el burdel de la Moncloa escupiendo por el colmillo y dejando en el salón del Consejo de Ministros el inconfundible aroma de la orina y el miedo. El perfume de todos los cobardes.

Mientras los matasiete del separatismo vasco-catalán viven en la opulencia que la “puta España” les regala sin pudor y sin decoro gracias a la extorsión consentida de la deuda histórica y el hecho diferencial, los leales extremeños tienen que trasladarse a la Villa y Corte de Babilonia en las acémilas jubiladas de la Renfe, porque para ellos, que conquistaron el mundo para ofrecérselo a España, no hay recursos ferroviarios. La tierra en la que descansa el César Carlos y habita la Patrona de la Hispanidad, la Virgen de Guadalupe, tiene, gracias a los eunucos del serrallo gubernamental madrileño, unos trenes que son el desecho ferroviario de la India y de Pakistán.

Los hampones del separatismo y sus matones parlamentarios de la “puta España” se solazan en la alta velocidad ferroviaria mientras los españoles patanegra de Extremadura, cuyos centauros labraron un imperio siguiendo la ruta del sol, tienen que viajar a Madrid en los jamelgos que la Renfe les endosa porque sabe que los descendientes de los dioses extremeños no van a traicionar a España vendiendo su amor a una patria ingrata a un partido separatista, a cambio de un AVE digno de Cortés y de Pizarro, de Orellana y de García de Paredes.