Es maravilloso el espectáculo de los periodistas de todos los medios, casi sin excepción, narrando con emoción y entusiasmo los pactos post-electorales para formar gobierno a nivel local, regional y nacional. Alguno parece que esté narrando la final de Roland Garros. Probablemente ninguno o casi ninguno de ellos, ni por supuesto sus oyentes o espectadores, ha caído en la cuenta de que esos pactos, casi siempre a escondidas, sin luz ni taquígrafos, con acuerdos inconfesables, no son otra cosa que un mercadeo repugnante con la soberanía nacional. 
 
Hasta que alguien con autoridad real nos diga lo contrario, y esperemos que Felipe VI no sea quien lo haga, los ciudadanos acudimos a la urnas para que gobierne el partido que gana las elecciones. Esa ha sido siempre la regla número uno de la democracia parlamentaria. Si no fuese así, ¿para qué iban a gastar los partidos dinero y esfuerzos en procurar hacer la mejor campaña electoral posible?, ¿para qué las noches electorales, los balcones en Génova y en Ferraz, para qué tantas pugnas y diatribas? La única regla que da sentido a la democracia representativa es que las mayorías tienen poder sobre las minorías. 
 
Pero miren ustedes por donde, esto es como los partidos de fútbol en el recreo, cuando éramos chavales, donde, a falta de árbitro, los jugadores cambiaban las reglas del juego en plena contienda. Y ya los penalties no se tiraban desde el punto de penalty, sino un poco más atrás, ni el fuera de juego se respetaba, porque era una lata. En nuestra democracia pasa lo mismo. Los partidos han decidido ahora que ya las mayorías no tienen prioridad para conformar gobiernos, y que las unión de las minorías, o sea de los perdedores, vale más que ganar las elecciones. Y a todos nos parece bien, claro.
 
Estas reuniones a escondidas de unos y de otros para negociar sus apoyos, sin el menor sonrojo, reconociendo ante la prensa que apoyarán a un candidato o a otro dependiendo de la tajada que se lleven a su terruño, sin el menor miramiento a los intereses generales de los españoles, sin el menor respeto al espíritu de la Constitución, sin atender ni de reojo a la voluntad de los españoles expresada en las urnas...Esas reuniones a las que van reporteros en prácticas y que comentan los sesudos analistas políticos, esos engoladores de voz profesionales, sentados en sus cómodas poltronas, a tanto la hora, no pueden producir otra cosa, en cualquier español decente, que un asco incontenible.
 
España no se merece esta caterva de inútiles que nos malgobiernan, ni los que mandan ni los que quieren mandar. No se merece que mercadeen con la soberanía nacional. Esta nación milenaria que ha sido la luz de Occidente y el muro de contención de los herejes, no se merece que esta panda de desarrapados mediocres trafique con nuestros derechos y libertades, y de paso deje nuestra imagen, nuestra Historia y el bien ganado prestigio de nuestros ancestros a la altura del betún. No nos lo merecemos. Ni esa clase política nefasta, ni la clase periodística que levita con estas tomaduras de pelo colectivas que sufrimos los españoles.
 
Es vergonzoso que el Gobierno de España vuelva a estar en manos de un individuo que le ofrece mesa y mantel, en el banquete de la democracia, a los enemigos declarados de la nación española. Vergonzoso que el líder de Ciudadanos siga jugando a ser la "casta fiore" del sistema, y que abomine de todos, de los que están a su derecha y a su izquierda, como si la virtud política se hubiera encarnado en Albert Rivera. Es inaceptable que todo lo que podamos hacer los españoles por nuestra patria sea votar cada cuatro años, y el resto del tiempo, ver, oír, callar y tragar. ¿Hasta cuándo?
 
Nosotros no comulgamos con ruedas de molino. España no necesita pactos, ni secretos ni públicos. Esta nación ha perdido ya demasiados años en estos juegos florales de la partitocracia, no solamente improductivos sino alienantes para el pueblo español. Mientras los privilegiados que viajan en coche oficial mercadean con nuestra dignidad nacional, los pensionistas son cada vez más pobres, los jóvenes cada día tienen menos futuro, y los trabajadores acuden cada mañana a su oficina a ganarse la miseria con la que malviven, salvo honrosas excepciones. A ver cuándo "pactan" para evitarlo.