La fuerza de los símbolos magnetiza incluso a quien los desprecia. Las lambdas de Esparta en los escudos de sus guerreros en formación anticipaban el peán de la victoria antes de trabar combate. Tal era el respeto y el terror que infundía en el enemigo el símbolo, sólo el símbolo de Esparta. Durante siglos, millones de hombres en todo el orbe no percibían la grandeza del Imperio español hasta que en su horizonte ondeaba la Cruz de San Andrés, el símbolo de España, la bandera de sus legendarios Tercios.

Los símbolos tienen más fuerza que las coordenadas espacio-temporales porque en ellos vive la Historia, y su inercia es más poderosa que la dialéctica del presente, sobre todo cuando su discurso es una impostura. Emasculados por esa impostura, encogidos bajo la lluvia y menguados en su capacidad de convocatoria, los druidas del separatismo catalán cumplimentaban el rito ante el monumento a Rafael Casanova. Hay algo sucio en todos ellos que va más allá del puro egoísmo: mezquindad. Son mezquinos hasta la náusea.

En el momento cumbre de ese basurero que es la Diada separatista, de súbito comenzó a sonar el peán de la Victoria, el Himno Nacional que, al igual que un análisis de ADN es capaz de certificarle a cualquier hijo de puta la identidad de su padre, le recordó a la chusma allí congregada que España no sólo es el pasado y el presente de Cataluña, es el futuro, y que ellos, verdugos del presente, acabarán tiritando de vergüenza y temblando de miedo, como la han hecho siempre en el pasado, cuando los símbolos de España se alcen otra vez en las manos y en las voces de los únicos catalanes con legitimidad y derecho a serlo: los españoles.