A finales de octubre de 1807, España y Francia firmaron el Tratado de Fontainebleu. Una alianza extraña entre dos países que siempre se han llevado como el perro y el gato, pero que se justificó en aras de un bien superior: aislar a ese enemigo común que era Inglaterra. Con el fin último de llevar a cabo un bloqueo continental contra los productos ingleses, nuestros políticos decidieron abrirle las fronteras al ejército de Napoleón posibilitándole así la invasión de Portugal, tradicional aliada de los británicos. Pero hete aquí que mientras un padre llamado Carlos y un hijo conocido como Fernando se despellejaban mutuamente, la coyuntura fue aprovechada por el general corso para avasallar a toda la Nación española. El resto, ya sabemos cómo terminó.

Desde hace años, la situación política por la que atraviesa España es ciertamente preocupante. Sin escarbar mucho en el tiempo, bastaría con remontarnos a los tiempos de la sacrosantizada Transición —esa pócima vendida como un dechado de soluciones a nuestros males seculares que pronto se rebeló como ponzoñosa fuente de futuros conflictos— para encontrar en ella los antecedentes inmediatos del actual panorama; aunque decir esto en un país que ha elevado a los altares a mediocres como Suárez o a… como Carrillo —me ahorro la querella— sea poco menos que una blasfemia.

Pero no contentos con tener que aguantar lo que han dado de sí estas tierras, encima ahora hemos de soportar que nos propinen lecciones de nosequé políticos que anteriormente han fracasado en sus maisons de origen. Y es que son ya meses los que lleva un francesito socialista con aires de emperador —dejémoslo en salmonete, por el color del partido que le ha dado vela en este entierro— impartiendo su magisterio a los españoles sobre qué es la democracia y quiénes son antidemócratas, sobre qué siglas han de reputarse como constitucionales y a quiénes hay que endiñarle el mochuelo de inconstitucionales, sobre qué pactos son los viables y a quiénes ha de practicárseles un cordón sanitario…

Mire, señor Valls —que a él me refería, por si nadie se había dado cuenta—: tendría usted que nacer cien veces antes de venir aquí a darnos una clase de cinco minutos de lo que sea. Su oportunismo en Francia se acabó el día que fue vencido en las primarias de ese Partido Socialista al que estaba afiliado desde los 17 años, y ahora quiere importarlo a este lado de los Pirineos. En su propósito, hay que reconocerle el mérito de haber encontrado el mejor altavoz posible: el que le proporciona ese partido de vendehúmos que no tiene rubor en sentarse a dialogar a escondidas con la extrema izquierda podemita pero que pone líneas rojas a quienes defienden inequívocamente en cualquier rincón de España ni más ni menos que aquello que se vitorea en el himno de nuestra queridísima Guardia Civil; esto es, la indisoluble unidad de la Nación española, la Monarquía parlamentaria como forma política del Estado, la misión garante y defensora de nuestras Fuerzas Armadas y, en definitiva, el imperio de la ley.

Con sus posiciones excluyentes, el señor Valls y el partido que le cobija han de saber que se han convertido en cómplices de muchas cosas. Por ejemplo, en cómplices de una dictadura: la misma que pretende imponernos como dogma irrefutable los postulados liberticidas de esa ideología de género que saquea el erario poniendo como excusa el sufrimiento de las mujeres, como demuestra el dato de que en Comunidades como Andalucía tan sólo se destina a las víctimas de violencia el 3 % del dinero presupuestado presuntamente para luchar frente a ella, difuminándose el 97 % restante entre sueldazos a amiguetes colocados a dedo, subvenciones a lobbys feministas de extrema izquierda, ayudas a sindicatos y demás mamandurrias —por cierto, ninguno de esos colectivos tocados con la barita mágica del dinero público alzó la voz para defender a Inés Arrimadas cuando una mujer le deseó que fuera violada en grupo; tampoco cuando ese autodefinido feminista que es Pablo Iglesias confesó a Juan Carlos Monedero que azotaría a la periodista Mariló Montero hasta que sangrara—. Pero, claro, a quien osa decir esto se le tacha de machista y se le acusa de justificar el maltrato a las mujeres, pese a que muchos de los que así piensan sean mujeres y estén a favor de endurecer las penas —incluso con la cadena perpetua— a esos cobardes asesinos indignos de vivir en sociedad.

Igualmente, con sus posiciones propias de la izquierda a la que siempre se han plegado mamporreramente, el señor Valls y la veleta que le cobija han de saber que se han convertido en cómplices de esa ideología radical escondida detrás de la eufemísticamente llamada ley de memoria histórica —que no es otra cosa que el intento de criminalizar a la media España que no se resignó a morir a manos del Frente Popular—. A los centenares de asociaciones que viven del dinero previamente esquilmado de nuestros bolsillos poco les importan sucesos como los del 7 de noviembre de 1938 —fecha del bombardeo de Cabra por la aviación republicana que causó 109 muertos civiles, entre ellos 12 niños— ni mucho menos efemérides como las de otro 7 de noviembre, pero de 1936 —cuando las hordas rojas empezaron la matanza de miles de indefensos ciudadanos en Paracuellos del Jarama—. Para eso no hay memoria: sencillamente porque para esa legislación cainita y para los cientos de entidades que comen y beben a costa de los contribuyentes españoles todos esos muertos ni siquiera existen. Pero, obviamente, quien por no comulgar con ruedas de molino expresa este parecer es que es un peligroso fascista al que hay que acallar y arrinconar; de ahí que, en un futuro no muy lejano si Dios no lo remedia —porque está claro que el salmonete francés no lo va a remediar—, correrá el riesgo de dar con sus huesos en la cárcel por ello.

La veletita cobarde se ha quedado descolocada con la irrupción de VOX. Ya no es capaz de engañar por la derecha a ninguno de los votantes desencantados con la suicida política seguida por el PP durante la última década, así que ha optado por quitarse la careta que algunos medios de comunicación se habían obstinado en colocarle y han pasado a mostrar su verdadera faz: la del partido de izquierdas que realmente es. El pasado 2 de diciembre se abrió en Andalucía la oportunidad histórica de darle al PSOE una patada en su tafanario, para lo cual es necesaria una alianza que tenga como objetivo ese interés común; sin embargo, desde entonces los de Rivera han seguido a pies juntillas los dictados de ese socialista francés que han adoptado como gurú y están empeñados en transformar esa alianza necesaria en papel mojado tan pronto como se consume el cambio de gobierno.

Algo así ya hizo Napoleón en 1808 con el Tratado de Fontainebleu firmado unos meses antes. Siete años tardó el bravo pueblo español en quitarse de encima a la Grande Armée; muchísimo más del tiempo que precisará VOX para convertirse en la úlcera de Ciudadanos. Las papeletas que inundarán las urnas el próximo mayo revelarán que en la España de 2019 no hacen falta ni un Napoleón ni cien mil hijos de san Luis, sino sólo unos principios firmes y la voluntad de llevarlos a la práctica.