Fotografía: Russell Ronald Reno.

Uno de los innumerables memes que han circulado durante la última campaña electoral pedía  el voto para VOX en términos de “valores”: éstos aparecían en una tabla para cada una de las opciones políticas mayoritarias. La tabla resultante asignaba un código según el cual cada partido estaría más o menos de acuerdo con cada uno de los “valores”. El ganador era, naturalmente, VOX, por lo que es de presumir que el meme fue elaborado por alguien de dicho partido. Cual será mi sorpresa al ver, en la lista de valores la “libertad económica”.

En un grupo de amigos pregunté que  qué se entendía por “libertad económica” y alguien me respondió, más o menos, que “que no te frían a impuestos” y que no pongan “trabas a los emprendedores”. Esto, desde luego no es una definición porque a lo sumo dice lo que la “libertad económica” no es –impuestos altos y una gran cantidad de trabas para los emprendedores- pero no dice qué es lo que sí es.

La argumentación está en la línea, completamente infundada, de que los excesos en algo justifican la ausencia total de ese algo; por ejemplo, el abuso en los impuestos justifica pedir la supresión de los mismos. Quizás por eso, muchos entienden que la desregulación del mercado –anclado en la estúpida y supersticiosa idea de que el mercado reparte justicia de manera innata- es lo que debe entenderse por “libertad económica” y regularse por la única ley real: la ley de la oferta y la demanda.

Todo esto me dio que pensar en el último libro de R. R. Reno. ¿Que quién es Russell Ronald Reno? Pues un tipo bastante interesante: se trata de un episcopaliano convencido, que se convirtió al catolicismo en 2004. Desde abril de 2011 dirige la revista “First Things”, una publicación de carácter ecuménico, cristiano, y conservador, de algún modo ligado al neoconservadurismo y al sionismo estadounidenses. La revista goza del mayor prestigio en los EEUU y desde luego resulta fundamental en el mundo intelectual anglosajón.

Pero lo que quería comentar aquí es el último libro del susodicho R.R. Reno: Return of the Strong Gods: Nationalism, Populism, and the Future of the West (El regreso de los dioses fuertes: nacionalismo, populismo y el futuro de occidente). En sus páginas Reno sostiene una tesis del mayor interés: el orden nacido de la última posguerra mundial se ha edificado en torno a la “sociedad abierta”, de manera que ésta sea el único baluarte para evitar el retorno de los “dioses fuertes”; principalmente, la nación y la religión tradicional (hay que decir que el texto adolece de una cierta confusión entre “nación” y “nacionalismo”). La conclusión de Reno es esperanzadora para muchos y terrorífica para otros: es necesario retornar a los “dioses fuertes” para recrear la solidaridad social.

Pero lo que aquí importa es señalar la génesis de la “sociedad abierta”. Según Reno, desde 1945 todo aquello que era sólido en la tradición occidental ha sido ridiculizado, minado y arrastrado por el fango. Reno muestra el papel que han jugado en todo esto la escuela de Frankfurt, Vattimo, Focault y Derrida.  Pero, para sorpresa de muchos, junto a los anteriores, el autor señala el papel de Friedrich Hayek, que asume como suyas muchas de las premisas de la “sociedad abierta”. Según Reno, “ellos (la izquierda y la derecha) permanecen unidos en su búsqueda de la sociedad abierta, distinguiéndose solo por el enfoque y el énfasis” y sigue diciendo: “Estos proyectos –desregulación económica y cultural- no están en contraposición” porque juntos vienen a confirmar el “consenso de posguerra”.

El problema es que ese consenso no puede asumirse o rechazarse solo en parte porque, en realidad, cada parte –economía y cultura- es consecuencia de la otra, de modo que ambas se soportan y resultan inconcebibles sin su contraparte. La consecuencia de ese mutuo apoyo la vemos en el paradigma de la “sociedad abierta” de Karl Popper para quien, convertida la “sociedad abierta” en una especie de ideal incuestionable, la metafísica conduce necesariamente al totalitarismo, lo cual legitima toda resistencia. De ahí que nuestros líderes, en el afán de impedir el retorno de los “dioses fuertes” hayan devenido fanáticos con un sentido mesiánico e hipermoralista de su misión; de ahí también que todos los subproductos del marxismo cultural, desde La Sexta hasta los “fiscales del odio” pasando por “El País”, se arroguen el derecho incuestionable de aparecer como centinelas que vigilan la ortodoxia de la sociedad abierta. Reno yerra al final, cuando propone que hay “una crisis del consenso de posguerra, de los dioses débiles de la apertura y la debilidad y no una crisis del liberalismo, de la modernidad o de Occidente”. El autor, posiblemente a causa de su formación anglosajona convencional, no indaga la procedencia histórica de la “sociedad abierta” precisamente en la modernidad, a cuya apoteosis ha contribuido de manera decisiva el liberalismo, tanto clásico como actual (neo). Acierta Reno, sin embargo, en que hoy la cultura empieza donde acaba la cultura de masas, la cual es imprescindible, desde el punto de vista del mercado libre, para que éste se expanda hasta los últimos confines del planeta y, desde el punto de vista de la desregulación cultural, para que la cultura de masas nos unifique a todos en un mundo único. Desregulación económica y desregulación cultural, por tanto, se valen ambas de la cultura de masas como modo de imponer la sociedad abierta.

La conclusión, tanto de la reflexión de Reno como de la que hacemos aquí, es que lo que hoy se considera vulgarmente como “libertad de mercado” no es si no un pilar esencial de la sociedad abierta y que se trata en realidad un contravalor destinado a hacer mucho daño en nuestras sociedades. Por lo tanto, la “desregulación económica”, planteada vulgarmente como una deificación del empresario y una crítica unilateral, destructora y caricaturesca contra todo lo que procede del Estado es inseparable de la sociedad abierta y de su crítica letal de cuanto ha generado lealtades y solidaridad entre los hombres. Frente a esa fuerza disgregadora se alzan los dioses fuertes. Bienvenidos sean.