Cuando uno piensa en la tan manida superioridad moral de la izquierda, cuando analiza si existe una base solida que lo sustenta, llega a la conclusión en que nada es lo que parece. La izquierda se ha construido un relato basado en la mentira y en la falsedad, un relato que sería fácil de desmontar, si aquellos que tenían la obligación de haberlo combatido, hubiesen hecho lo que era su obligación. En lugar de ello, miraron a otro lado sin ser conscientes de que esto podría afectar incluso a su propia supervivencia.

 

El socialista Pedro Sánchez, el presidente en funciones que pertenece a una organización con 140 años de historia, el PSOE, de la cual se siente muy orgulloso, anunció en un debate electoral televisado para todos los españoles, que uno de sus objetivos prioritarios para esta legislatura será la de ilegalizar la Fundación Nacional Francisco Franco, la formación de un gobierno que él considera progresista, con comunistas y el apoyo externo de independentistas e incluso de Bildu, los amigos de aquellos que asesinaron en España a mas de 1200 personas.

 

Lo cierto es que son muchos los que se asustan ante la posibilidad de un gobierno de socialistas y comunistas, con el apoyo de independentistas y amigos de terroristas, y se ofrecen a eso que denominan una abstención patriótica para evitarlo, sin entender que Pedro Sánchez no necesita a nadie para cometer sus fechorías, como ha quedado sobradamente demostrado en los últimos meses. Sánchez es igual de malvado en solitario que en compañía. Esos que nos hablan de abstenciones patrióticas, han sido los culpables de habernos conducido hasta aquí, han sido la coartada que necesitaba la izquierda para hacernos creer que tenían una superioridad moral de la que en verdad carecen.

 

La izquierda española se siente demócrata y amante de la libertad, de su libertad. Creen tanto en la democracia y en la libertad, que desean ilegalizar a los que no piensan como ellos, a los que discrepan del pensamiento único que desean imponernos y cercenar todo tipo de libertades individuales, que ellos no consideran imprescindibles para una sociedad sana.

 

Siendo esto preocupante, lo peor es que existen personas que consideraremos medianamente formadas que compran este discurso. Se consideran demócratas y sin embargo son partidarios de ilegalizar fundaciones, asociaciones o partidos políticos que no piensan como ellos. Desean construir una democracia donde las únicas alternativas sean los que ellos validan.

 

España tiene un serio problema que no ha sido combatido. Desconocemos la historia de terror, odio y crimen de organizaciones como el PSOE, que ahora nos dan lecciones de moral, tienen en su haber. Desconocemos que fueron los que iniciaron una salvaje persecución religiosa que se llevo por delante a cerca de 8.000 religiosos, entre obispos, sacerdotes, frailes, monjas y seminaristas, que fueron responsables de cerca de 75.000 crímenes cometidos en retaguardia durante nuestra guerra civil, y que fueron los principales expoliadores de nuestras arcas públicas. Muchos de sus actuales dirigentes, votantes o simplemente simpatizantes, desconocen la historia de su organización. Me niego a pensar que si en verdad la conocieran, permanecieran ni un minuto más en ella. Nunca han perdido perdón por el daño y el dolor causado. Minimizan sus crímenes, negando la mayor y despreciando a las víctimas. Se inventan su propia historia, su relato, para blanquear su imagen y su pasado. Carecen de honestidad o de cualquier otro tipo de honradez para reconocer que algo, en algún momento, hicieron mal o se equivocaron. Si alguien merece ser ilegalizado en este país, son ellos, son el PSOE.

 

Ahora, en pleno siglo XXI, han cambiado de métodos, pero la finalidad es la misma, cercenar la libertad de pensamiento, limitar la libertad política y prohibir toda discrepancia y todo ello aderezado en nombre de una democracia en la que no creen si los resultados no les son favorables.

Estamos en la hora en la verdad, en la encrucijada de nuestras vidas, combatir la mentira o dejarnos arrastrar por el pensamiento único que nos desean imponer, sobre todo por aquellos, que dado su pasado de odio y crimen, no están legitimados para ellos.