Nairobi, capital de Kenia. Punto cero del horror. Presente y futuro. Los pasados 12, 13 y 14 de noviembre, fiesta-farsa de la de la ONU. La cumbre fue organizada por el Fondo de Población de Naciones Unidas. Detrás, las grandes multinacionales abortistas: Planned Parenthood y Marie Stopes. Financiado todo ello por Ford Foundation, Johnson & Johnson, Philips y World Vision. El pretexto de esta reunión keniata: rememorar los 25 años de la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo de El Cairo. Objetivos desnudos: aborto masivo e ideología de género en vena. El principio del fin.

Exterminio en masa

Desde aquella cuchipanda cairota, aplicación minuciosa de biopolíticas neomaltusianas. La meta, la diabólica agenda 2030 de la criminal ONU. Muy sencillo de entender. Eufemismo utilizado: salud sexual y reproductiva. El aborto, método de planificación familiar, dicen. Traducción gélida y exacta: exterminio de millones y millones de habitantes de nuestro planeta. Utilizando para ello la depravada salud estatal, las gloriosas SS (Seguridad Social), ridícula coartada para continuar medicalizando/sometiendo a las inermes masas. Lean correctamente. Prosigan. La clave: 1400 millones de abortos durante los últimos treinta años. Desde que se ha ido legalizando masivamente por todo el orbe terrestre, desde los ochenta del pasado siglo, un genocidio sin fin. Y esto tan solo es el inicio. Esencialmente porque está perfectísimamente planeado.

Se trata, grosso modo, de reducir drástica y espantosamente la población mundial. Masacre de seres humanos en el seno materno. E imparable homosexualización de nuestras sociedades. Dos formas de infecundidad. Por supuesto, añadan, futuras legislaciones sobre la eutanasia. Sobran viejos, las pensiones están caninas. Agreguen a eso, la teledirigida basura (ideológica, mercantil, mediática, educativa, alimentaria, hormonal…) que nos circunda y que esteriliza a gran parte de la población. El asunto deviene tenebroso y lóbrego. Una (muy) pudiente y recóndita cábala de expertuzos, nodo de múltiples intersecciones, decretando una atroz dictadura planetaria. Provocando las mutaciones políticas que estime oportunas. O, cuando convenga, reduciendo a la miseria a quien ose cuestionarles. Moldeando a la población mundial como si fuese dúctil plastilina. Esta élite psicópata nos advierte que nada debemos saber de nuestro futuro más próximo. Mejor, según ellos, permanecer en la indocta ignorancia. Una élite, por otra parte, que carece de cualquier legitimidad ética. Son, esencialmente, escoria humana. Además de ser una élite que no se representa más que a sí misma. A mí, por lo menos, jamás. Non serviam.

Todo se perderá como lágrimas en la lluvia

Las naciones se perderán como lágrimas en la lluvia, convertidas en meras cáscaras vacías sin soberanía de ningún tipo. La inmigración masiva e incontrolada será la nueva repobladora de esas tierras concluyentemente perdidas. La agenda globalista se irá acelerando tan feroz como paulatinamente. La resistencia será cada vez menor. Sus nuevas paranoias cuajarán con asombrosa sencillez. Cambio climático y digitalización. Más tarde, transhumanismo. Un mundo infame para vivir en él.

Carezco de fe. Pero, a veces, anhelaría escuchar alguna palabra de consuelo del inane ectoplasma que aparenta regir el Vaticano, Pancho I de la Pampa. Detesto el crimen bajo todas sus formas. Y esto es, sin más, brutalísimo genocidio. Sin matices. Eso sí, sobre todas las cosas, amo la libertad, lo más sagrado. Me aferro a pequeñas resistencias. Diez naciones han enseñado los dientes. Estados Unidos, Bielorrusia, Brasil, Egipto, Haití, Hungría, Polonia, Senegal y Uganda. Y Santa Lucía, isla caribeña tan parva y tan ignota. Pasado el tiempo, tras el interregno de Trump, colocarán a otro fantoche de estirpe clintoniana. Y se agotarán las postreras y exiguas esperanzas de un mundo que se nos escapa (y escapará) irreversiblemente de las manos. En fin.