Sólo hay una cosa más triste que adorar la democracia actual, y es adorar a un partido político. Máquinas perfectas de robar conciencias, aparatos de poder para satisfacción de sí mismos que desaparecerían en pocas horas si los pueblos tuvieran 100 gramos de espíritu crítico. Pero los partidos y sus dirigentes se aprovechan del entontecimiento ciudadano, y los programas basura de TV hacen el resto. El resultado de esta medianía de democracia son unas instituciones llenas de mediocres que se miran con delectación el ombligo mientras nosotros aplaudimos.
 
La única razón por la que somos críticos con este sistema purulento es por amor a la Patria. Única y exclusivamente por eso. Ni nos mueve ninguna nostalgia, ni tenemos interés particular en denostar lo que ya está suficientemente autodenostado por la vía de los hechos y de los resultados. Cuarenta años de presunta democracia le han supuesto a España perder oportunidades en lo económico, potencia en lo tocante a la sagrada unidad nacional, y altura de miras en lo moral. Estamos tirando piedras a nuestro propio tejado, como siempre han hecho los tontos.
 
Si no nos importase la Patria, diríamos esa cosa tan popular de "el pueblo es sabio y nunca se equivoca". Si la Patria nos importase lo mismo que a los políticos, aceptaríamos sin rechistar lo que saliera de las urnas. Pero hemos de repetir alto y claro que el Bien y el Mal existen, como existe la moral objetiva, y que el pueblo español volvió a equivocarse el 28 de abril, por la sencilla razón de que lo que necesita España en estos momentos no es una agrupación de socialistas, comunistas y golpistas separatistas. No necesita un cónclave de traidorazos que sólo desean una cosa más que llenarse los bolsillos, y es destrozar cualquier resto de verdadera civilización en España y de paso en Europa.
 
Nosotros no hemos venido al periodismo a dar palmitas a la democracia, ni a santificar las urnas, sino a analizar qué es lo mejor para los intereses colectivos de los españoles, defendiendo aquello que siempre nos ha hecho grandes y fuertes como pueblo. No hemos venido a aplaudir lo malo solamente porque lo malo ha sido votado por una minoría suficiente. Para eso ya están los palmeros del Sistema, que se lo llevan crudo, por cierto, por decir lo que la mayoría quiere escuchar.
 
Nosotros tenemos un compromiso con la Verdad, y otro compromiso con España y los españoles. Y nada ni nadie nos va a apear de ese compromiso, aunque siga habiendo españoles partidarios del célebre "¡Vivan las cadenas, muera la libertad!" que gritaban al rey felón, Fernando VII, tras su regreso de Francia. Aquellos españoles que, igual que los de ahora, preferían lo malo conocido que darle brillo a la neurona y empezar a hacerse preguntas incómodas. Nada provoca más inquietud en los cobardes que el desafío de enfrentarse a una verdadera libertad.
 
Nosotros apoyamos apenas un par de opciones políticas, evidentemente minoritarias, que de manera bastante clara defienden la unidad nacional, con matices distintos, y algunos de los valores y principios que han hecho de la civilización occidental un espacio común de paz, progreso y desarrollo humano. Son los valores que emanan del cristianismo. Aquellos otros partidos que han decidido dar la espalda a esos valores, o que directamente los rechazan, son contrarios a los intereses nacionales y por tanto no los podemos considerar aceptables, por muchos votos que reciban en las urnas. Como la Historia ha acreditado en numerosas ocasiones, las mayorías se equivocan continuamente. Y por supuesto, nosotros no vamos a aplaudir mientras una multitud enfervorizada pide a gritos que liberen a Barrabás.