¿Qué es Europa? No, no es una pregunta retórica y aún menos formulada al sur de los Pirineos, donde un rebaño de papanatas “europeístas”, integrado por todos los hierros y por todas las marcas del viejo mester de progresía, que ni siquiera sabe qué es España ni qué ha representado España en la configuración de Europa, ni en la fragua, ni en la forja, ni en la universalización de la cultura y la civilización europeas, lleva lustros intoxicando a los españoles con una idea de Europa radicalmente opuesta a la realidad histórica del Viejo Continente hasta 1945, año en el que Europa entrega su primogenitura política y cultural al naciente imperio Norteamericano y la mitad oriental de su cuerpo social y geográfico al feroz imperio Soviético.

 

Europa, el murmullo de una palabra que desliza por nuestros labios el susurro de las memorias compartidas desde las murallas de Troya hasta nuestros días. Europa, todo lo que a los europeos nos viene dado con la leche materna, todo lo que ha pasado a formar parte del tejido de nuestro modus vivendi y de nuestro modus operandi, incorporando a un marco de propósito y significado el pasado y el futuro a través del pensamiento y de la acción. Europa, el aliento de la Historia arremolinándose en torno a nosotros en términos de milenios.

 

Atenas, Roma y Jerusalén. Sócrates, Julio César y el Cristianismo. La Filosofía griega que enseña al hombre a pensar y a buscar, la geometría de la lógica y de la razón, la ciencia y el análisis. Grecia, la libertad por la que merece la pena morir defendiendo a la Patria, pues sin ella no hay libertad. Grecia, la aparición del hombre libre, ni aristócrata ni plebeyo: el ciudadano.

 

Roma, el Estado, el Derecho y el Imperio. Roma, las leyes para vivir fuera de la humillación, para vivir con respeto. Las leyes por encima de la espada y del dinero. Roma no sólo gobernaba, también transformaba. El poder de sus ideas se imponía no solo con la espada, sino con la toga y el Derecho, con la Ingeniería, la Arquitectura y la Agronomía. Tan es así que cuando Roma cayó toda la Europa togada se sometió al gobierno de los bárbaros, pero los bárbaros se sometieron al Derecho Romano y al Cristianismo. Amaneció entonces la Edad Media, fecunda fusión de la energía de los pueblos del norte del Rin y de la brillantez intelectual del sur de Europa.

 

Jerusalén, desde donde la Cruz del Gólgota surca el Mare Nostrum universalizándose a través de Europa en las velas atlánticas de España. El Cristianismo como hilo conductor y eje vertebrador del hombre nuevo y de la nueva Europa, desde el Edicto de Milán hasta su expulsión expresa de los tratados de la Unión Europea.

 

Atenas, Roma y Jerusalén, los principios cronológicos y morales del Viejo Continente, cuna de todo lo bueno, lo bello y lo justo que ha brillado en la Humanidad. Europa como el Muro de Adriano, que marcaba y anunciaba el orden romano como una fortificación de piedra y de leyes, de principios y de valores. Esa, y no otra, es la auténtica Europa. La UE es otra cosa, una sucursal higienizada del Bazar de Estambul que los mercaderes, que a su costa se enriquecen, quieren convertir en una lonja de esclavos y de inmigrantes sin romanizar.