Yo nunca he escondido mi ideología conservadora, lo cual, desde luego, me ha reportado algunos sinsabores, pero por otro lado me ha permitido tener la conciencia tranquila, y eso es muy importante, sobre todo para dormir bien.

En consonancia con lo anterior, hay gente de mi entorno que se cree que me gusta Vox, y que estoy contento con su fulgurante ascenso. Y se equivocan quienes así piensan. Yo suelo responder a las personas cercanas a mí que me hablan de esa forma, que a mí dicho partido político, ni me vox ni me viene, es decir, que me da igual. Creo que es un partido como los demás, contaminado por los mismos vicios de origen que todos, y que su permanencia en el panorama político español será inversamente proporcional a las tonterías que hagan sus dirigentes, es decir, que cuantos más disparates protagonicen Abascal y sus colegas, menos tiempo durará Vox, y si no, al tiempo, valga la redundancia.

Es verdad que este partido político ha tenido el acierto de posicionarse ante algunos problemas de los que aquejan a España con valentía, y eso le ha permitido conectar con un amplio sector de la sociedad que estaba huérfano de representación, porque lo del Partido Popular es como para estar llorando unos cuantos días, o semanas, o meses, o años.

Pero como decía con anterioridad, los dirigentes de Vox tienen que cuidar bastante las formas, porque muchas veces, en la política, como en la vida, las formas son tan importantes como el fondo, o incluso más. Y la verdad es que hasta ahora el panorama no invita desde luego al optimismo: la imagen, patética, de Iván Espinosa de los Monteros, riéndose a mandíbula batiente con Pablo Iglesias y con Inés Arrimadas, es un monumento al disparate, una oda a la estupidez, que yo no sé si el dirigente de Vox habrá valorado en su justa medida.

No quiero que se me malinterprete: en la vida tenemos que ser correctos y educados; en consonancia con lo anterior, el saludo no se le debe negar a nadie, en circunstancias normales, claro está. Pero de ahí a hacer el tonto hay una distancia muy corta, y si no se tiene clara la diferencia que existe entre la cortesía y la gilipollez, se corre el riesgo de quedar en evidencia, que es lo que le ha pasado a Iván Espinosa de los Monteros.

Porque este señor debe saber que para que él esté en el Congreso de los Diputados, muchos ciudadanos de este país han dado un paso adelante, han dado la cara por su partido, se han señalado, en definitiva, en circunstancias, a veces, nada favorables, sobre todo en los pueblos pequeños, donde se conoce todo el mundo, y donde los mecanismos de venganza (sí, he dicho venganza), contra quienes declaran abiertamente ser de derechas, son muy sutiles. Como un caso que yo conozco, en un pueblo de mi entorno, donde un hombre se ha destacado como miembro de Vox, y su mujer ha tenido que cerrar el negocio con el que ayudaba a mantener a su familia, porque ya no entraba nadie por la puerta.

Detalles como este debería conocerlos el señor Espinosa de los Monteros, para no hacer el panoli delante de las cámaras de televisión, es decir, para aprender a comportarse de forma seria y coherente.

Claro que al hombre tampoco le ayudan las circunstancias, porque llamarse Iván, apellidarse Espinosa, y de los Monteros, y además de Simón, todo eso junto, tiene un tufillo a señorito rancio que echa para atrás, y de señoritos ya estamos cansados en este país, porque si los de antaño eran odiosos, por déspotas, los de hogaño no se quedan atrás, por repelentes.

Ya sé que uno no elige ni su nombre ni sus apellidos, pero sí puede elegir sus acciones, y seleccionarlas bien, para no hacer el ridículo, pues de lo contrario, otros sí pueden irse de su partido, y mandarlo a hacer puñetas, me refiero a Vox, que es un partido como los demás, contaminado por los mismos vicios de origen.