El idioma español es muy rico en refranes, dichos y frases hechas. Por lo general, esos proverbios son verdaderos compendios de sabiduría popular, y así lo reflejó Cervantes por boca de Sancho Panza. Otras veces, sin perder su carácter certero, son mortíferos torpedos lanzados contra la línea de flotación de algo o alguien: es el caso de aquel que alude al maestro Ciruela, que no sabía leer y puso escuela, cuyo significado puede entenderse tirando de ese escueto adagio que alude a lo atrevida que es la ignorancia.

 

Como si de unos vulgares testigos estuviéramos hablando, los magistrados que componen la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo han depuesto. Y por medio de su todavía humeante deposición —tan humeante que aún no conocemos su contenido íntegro—, han avalado la medida estrella de Pedro Sánchez al frente del Ejecutivo que preside: exhumar los restos del General Franco, que, desde su enterramiento el 23 de noviembre de 1975, descansan a los pies del altar de la Basílica del Valle de los Caídos.

 

Sin duda alguna, se trata de una resolución fundamentada en estrictos términos de imparcialidad jurídica. Para despejar cualquier sospecha al respecto, sólo hay que observar las togas de las seis ilustrísimas señorías que han intervenido en su evacuación: tres llevan bordadas un puño y una rosa; dos lucen un escudo compuesto por un enchufe coronado por la inscripción “cuarto turno”; y en la otra, el blasón de tela cosida lo conforma una gaviota con la cabeza gacha. Informaciones apócrifas sostienen que en el ribete de todas ellas también hay zurcidos una escuadra y un compás.

 

Una vez expelida y conocida la decisión judicial, las reacciones no se hicieron esperar: la izquierda lloró alborozada por ver ganada una guerra ochenta años después de haberla perdido; los separatistas se relamieron de gozo por intuir más cercano el día de su ansiada independencia; la derechita cobarde se puso de lado, no la fueran a tildar de franquista; y la veleta naranja esbozó una sonrisa a lo Mona Lisa, como no sabiendo ni contestando, sino todo lo contario. Por añadidura, la Iglesia católica exteriorizó su ingratitud hacia aquél a quien todo le debió en el pasado, guardando un silencio que le resultará suicida en el futuro; y lo que es peor, cuando algún jerarca ha abierto el pico, más valdría que nos tapáramos los oídos.

 

Al amparo de la Ley de Memoria Histórica aprobada por el gobierno socialista del siniestro Zapatero, y no derogada por el pusilánime Partido Popular del felón Rajoy, se construyó un argumentario oficial sobre el asunto de marras: en pleno siglo XXI no era posible mantener en un mausoleo a un dictador que se había alzado en armas contra la Segunda República, un sistema que garantizaba como nunca antes había sucedido en España los derechos y libertades de los ciudadanos; no resultaba admisible que en el interior de un edificio perteneciente a Patrimonio Nacional se acogiera a un tirano que, sólo gracias al apoyo nazi y fascista, logró salir victorioso de la guerra civil por él provocada; y no podía tolerarse que continuara a la vista de cualquier ingenuo turista la tumba de un déspota que, una vez instalado en el poder, aplastó con mano de hierro a todo el pueblo español a lo largo de cuatro décadas.

 

Tiempo después, en base a esa misma Ley de Memoria Histórica, y al abrigo de tal versión de la Historia, el Congreso de los Diputados aprobó lo que ahora el Tribunal Supremo ha ratificado, con los votos a favor de todos los partidos —incluido, cómo no, Ciudadanos— y la sola abstención del PP. Convendría que no olvidara esto ninguno de los que, dentro de apenas un mes, volverán a depositar su papeleta en una urna.

 

Hasta aquí el relato de los hechos. Y como guinda del pastel, en una rueda de prensa improvisada desde hacía meses, la erudita Adriana Lastra celebró con lágrimas en los ojos la noticia, mientras reprochaba a VOX ser “una fuerza de extrema derecha heredera del Dictador” a la que “le hace falta alguna clase de democracia”

 

¿A qué tipo de lecciones de democracia se refería la intelectual socialista cuando clavaba su lúcida mente en VOX? Ciertamente, la expectación es máxima por asistir a su docencia democrática. Así que, mientras ésta llega, y aun a fuer de fracasar en el intento, hagamos el laborioso ejercicio de escudriñar su cerebro y razonemos por dónde pueden ir los tiros de su pensamiento.

 

Quizás, la emocionadísima Adriana Lastra quiera impartir su magisterio explicándole a VOX la insurrección armada que su PSOE preparó en agosto de 1930 para derrocar la monarquía e instaurar un régimen republicano, y que, tras haberse puesto en marcha en Jaca en diciembre de ese año, finalmente fue aplastada por las tropas gubernamentales, no sin antes haber dejado un reguero de sangre por el camino. Por cierto, en 1931, lo primero que hizo el alcalde de la coalición republicano-socialista de Madrid, Pedro Rico, fue cambiar el nombre a la Plaza de Isabel II por el de Fermín Galán, uno de los militares sublevados en Jaca contra la legalidad a la sazón vigente.

 

Puede que la ilustrada Adriana Lastra desee aclararle a VOX por qué su PSOE se echó a la calle el 14 de abril de 1931 exigiendo por la fuerza la proclamación de la república y el exilio de Alfonso XIII, pese a que dos días antes los partidos republicanos habían cosechado una amplísima derrota en las elecciones municipales celebradas. Por cierto, es célebre la fotografía de la Puerta del Sol tomada ese día en la que un muchacho subido al capó de un taxi enarbola la bandera tricolor, que a los pocos minutos sería colocada por él mismo en el balcón del ministerio de la Gobernación sito en la propia plaza; aquel joven era el teniente de Ingenieros Pedro Mohíno Díez, y el 24 de agosto de 1936, siendo ya capitán, sería fusilado por el bando republicano.

 

Tal vez, la muy feminista y cultivada Adriana Lastra anhele contarle a VOX las razones por las que su PSOE, representado por su diputada Margarita Nelken, luchó hasta la extenuación para que las mujeres no pudieran votar en las elecciones generales de noviembre de 1933. Por cierto, al final, el sufragio femenino fue aprobado y las derechas terminaron ganando aquellos comicios.

 

Posiblemente, la experimentada Adriana Lastra tiene la intención de justificarle a VOX los motivos que llevaron a su PSOE a desencadenar la revolución de octubre de 1934 contra el gobierno legítimo de España, una sangrienta rebelión que se saldó con centenares de muertos y la destrucción de un importantísimo volumen de nuestro patrimonio artístico, especialmente en Asturias. Por cierto, que el llamado por el gobierno central para sofocar aquella feroz revolución y defender la legalidad republicana fue un tal Francisco Franco.

 

Lo mismo, la sabia Adriana Lastra pretende esclarecerle a VOX cómo su PSOE, integrado en el Frente Popular, consiguió crear un clima de violencia extrema durante la campaña de las elecciones de febrero de 1936, y cómo se las gastó luego para manipular sus resultados, tanto en el momento del escrutinio de los votos como posteriormente al revisar y anular arbitrariamente decenas de actas que en un principio habían sido obtenidas por diputados del centroderecha. Por cierto, un mes antes de aquellas votaciones, Largo Caballero —insigne socialista y secretario general de la UGT autodenominado el Lenin español— advertía sin tapujos en un mitin celebrado en Alicante: “Quiero decirle a las derechas que, si triunfamos, colaboraremos con nuestros aliados. Pero, si triunfan las derechas, nuestra labor habrá de ser doble: colaboraremos con nuestros aliados, pero tendremos que ir a la guerra civil declarada. Que no digan que nosotros decimos las cosas por decirlas, que nosotros lo realizamos”.

 

Acaso la voluntad de la versada Adriana Lastra sea el clarificarle a VOX la deriva de su PSOE durante la primavera trágica que precedió a la guerra civil, una contienda fratricida cuyo desencadenante último fue el asesinato de José Calvo Sotelo, líder de la oposición monárquica. Por cierto, un magnicidio perpetrado a manos de los escoltas del líder socialista Indalecio Prieto, ese adalid de la concordia entre españoles que, al igual que Largo Caballero, sigue teniendo una estatua en Nuevos Ministerios, muy cerca de donde se erigía otra en honor al Caudillo antes de ser retirada el 16 de marzo de 2005 para homenajear a ese arquetipo de los derechos humanos que fue Santiago Carrillo.

 

Probablemente, la instruida Adriana Lastra muestre interés por exponerle a VOX los honrosos hitos alcanzados por su PSOE durante la Guerra Civil a través de sus milicias: proezas como su participación en la matanza de la casi totalidad de los 1.500 defensores del Cuartel de la Montaña en fecha tan temprana como el 19 de julio de 1936; hombradas como su intervención en los asesinatos de 32 presos políticos en la Cárcel Modelo de Madrid el 22 de agosto de 1936, entre los que se encontraban Melquíades Álvarez, ex presidente del Parlamento, Julio Ruiz de Alda, héroe de la aviación española que pilotó el Plus Ultra, y Fernando Primo de Rivera, hermano del fundador de la Falange; o epopeyas como su control directo sobre decenas de las 226 checas que existieron sólamente en la ciudad de Madrid, como la de Agapito García Atadell o la situada en la calle Marqués de Riscal. Por cierto, ambas organizadas y supervisadas por el ministro de Gobernación, el también socialista Ángel Galarza, y en las que se detuvo, se expolió, se torturó, se violó y se asesinó a centenares de hombres y mujeres cuyo imperdonable delito cometido consistía en ser católicos, simpatizar con los partidos de derechas o, simplemente, poseer alhajas, dinero en metálico o cualquier objeto de valor.

 

Y ya puesta, la docta Adriana Lastra no tendría que limitarse a su PSOE, y podría extender su cátedra hacia VOX narrándole las hazañas de sus socios naturales, esos que hicieron presidente a su jefe Sánchez: odiseas como el genocidio perpetrado por los comunistas en Paracuellos del Jarama a finales de 1936; heroicidades como la gloriosa actuación de los gudaris vascos en agosto de 1937, cuando tomaron las de Villadiego y se rindieron sin pegar un tiro a las tropas de Mussolini en Santoña; o gestas como la terrible persecución religiosa que se vivió en la idílica Cataluña del president Companys.

 

¿Son éstas las lecciones de democracia que va a darle Adriana Lastra a VOX, o su paupérrimo nivel de estudios no le alcanza para conocer nada de lo aquí traído a colación? ¡Ay, con la maestra Ciruela, que todavía quiere poner una escuela!

 

Que nadie se lleve a engaño: la exhumación de los restos de Franco es sólo la punta del iceberg de lo que se nos viene encima si no le ponemos remedio a tanta abyección; un remedio para el que sabemos que no podemos contar ni con el Partido Popular ni con Ciudadanos, a quienes el implacable juicio del tiempo los condenará por su cobardía e irresponsabilidad. Entre tanto, la Ley de Memoria Histórica seguirá siendo una perversa herramienta al servicio de la izquierda y destinada a revertir la Historia más reciente de nuestra Nación mediante su total manipulación. Hoy, los focos apuntan a Franco; mañana, las miras se desplazarán hacia la institución a la que él dejó en herencia este cotarro que es España; y no tardará el día en llegarle el turno a quien únicamente se dedique a recordar sucesos como los resumidos en estas líneas, por no acomodarse a los dictados de la corrección política.

 

Cuando arribe ese día, que Dios nos pille confesados… si para entonces Dios aún está de nuestra parte.