Estamos desde hace meses a vueltas con la formación de Gobierno. Los sesudos analistas de los medios de comunicación ensayan explicaciones, posibilidades, apaños y componendas; los partidos con el potencial adecuado subastan sus votos -diez votos por un ministro, quince por un vicepresidente...- esperando alcanzar sus poltronas preferidas. Los que no tienen suficiente fuerza, exigen presupuestos hinchados para su corral, concesiones para su aldea, "gestos" para sus seguidores.

Y en todo este batiburrillo, quizá se nos está pasando por alto lo fundamental del asunto que, a mi modo de ver, es que llevamos desde hace cuatro años sin Gobierno efectivo.

Hagamos memoria: en diciembre de 2015 las elecciones generales ofrecieron un resultado con el que el partido más votado -el PP entonces- fue incapaz de formar Gobierno. Saltó a la arena el maletilla Sánchez, y tampoco fue capaz de obtener el beneplácito del Congreso. Durante todo este tiempo, existió un Gobierno en funciones, limitado y constreñido a la gestión de lo más básico, y la cosa desembocó en la convocatoria de nuevas elecciones.

Esas nuevas elecciones se sufrieron en junio de 2016. De ellas salió, tras muchos cambalaches, un Gobierno débil del PP, sin el mínimo soporte para hacer nada eficaz y que tuvo que ir parcheando las situaciones que surgían sin tomar ninguna medida para encarar el futuro. Ni siquiera para aplicar de forma adecuada el artículo 155 de la Constitución contra el separatismo catalán.

En mayo de 2018 una nueva tanda de cambalaches y de alianzas contra natura consiguió la aprobación de una moción de censura que hizo caer el Gobierno de Rajoy y encumbró a Sánchez a la única aspiración de su vida: la Moncloa.

Pero si Rajoy lo había tenido difícil, el Gobierno de Sánchez lo tuvo aún más complicado. Conseguido el objetivo de desbancar al PP, poco tenían en común los aliados, y al cabo de unos meses ese Gobierno tuvo que adelantar elecciones ante la imposibilidad de volver a poner de acuerdo a los antiguos socios.

Se volvieron a sufrir elecciones generales en abril de 2019, y este es el momento, ya casi a mitad de septiembre, en que aún no hay constituido Gobierno, ni -según los entendidos- se espera que se consiga en los plazos establecidos, lo que nos abocaría a nuevas elecciones en noviembre.

Es decir: llevamos cuatro años sin Gobierno. Al menos, sin un Gobierno que pueda tomar decisiones sin mirar antes a todos los rincones de donde pueda sacar un voto; sin un Gobierno que pueda adoptar medidas en previsión del futuro que se anuncia; sin un Gobierno que sea capaz, siquiera, de aprobar unos Presupuestos Generales del Estado de los que tantas cosas dependen.

Muchos pueden pensar que estamos mejor sin Gobierno; que cuantas menos leyes absurdas se aprueben, mejor. Y no seré quien discuta esta opinión en lo que se refiere al día a día; la gestión cotidiana de los asuntos habituales. Pero sin Gobierno efectivo -bien por estar en funciones, bien por resultar inoperante por su incapacidad de aprobar planes necesarios aunque impopulares- el futuro nos volverá a coger en las nubes, discutiendo sobre quién es más demócrata, más progresista o más feminista. O -disculpen la forma de expresarme- más gilipollas.

De esto ya tuvimos una muestra con el Gobierno de Rodríguez Zapatero; un Gobierno que, aunque con mayoría suficiente, fue absolutamente inútil -porque lo era su cabeza- en la prevención frente a la crisis que entonces se veía venir. Recuérdese que su medida especial, lanzada a bombo y platillo, fue aquel demencial "plan E", con el que en muchísimos casos se gastó más dinero en la publicidad que en la inversión efectiva.

No es, por tanto, un problema de mayorías suficientes, minorías mayoritarias, negociaciones, pactos o componendas, por las que los analistas políticos con voz en los medios de comunicación se desgañitan y tan felices hacen a los charlatanes. El problema es, sencillamente, que el sistema no funciona.