Sodomía es la práctica de relaciones sexuales de cualquier tipo entre personas del mismo sexo, sean hombres o mujeres; bueno, y bi…, trans… y… no sabemos qué novedades nos deparará el futuro pues cosas veredes, amigo Sancho, que faran fablar las piedras.

A los que tal cosa practican se les denomina genéricamente como sodomitas, claro que nuestro magnífico idioma admite otros apelativos igual de válidos como son: marica, invertido, maricón, mariposa, mariposón, afeminado, ahembrado, amujerado, mujeril, bujarrón, cangrejo, cundango, puto, lesbiana, tortillera, arepera, cachapera, marimacha y bollera.

Que dicha práctica es contra natura no lo discute nadie… menos los sodomitas, claro. Por ser contra natura todas las civilizaciones consideraron siempre a la sodomía como especialmente abominable, siendo rechazada e incluso penado hacer alarde y ostentación de ella, considerándola perversión sexual, vicio o enfermedad mental. Sólo algunas contra-culturas como las precolombinas, especialmente primitivas y bastante degeneradas, la aceptaron y permitieron públicamente; causa del horror de nuestros ancestros que vieron cómo aquellos se daban por el tralará de manera sistemática y públicamente antes, durante y después de sacrificar a sus semejantes, demostrando el nivel de civilización del que alardean, entre otros, López Obrador.

En Occidente fue como hemos dicho hasta que en la década de los 70 del siglo pasado los Estados Unidos decidieron eliminar tales consideraciones. A partir de entonces la sodomía ha logrado su reconocimiento generalizado, incluso institucional, incluido un pretendido derecho de los sodomitas a legalizar sus uniones y adoptar niños.

Más aún, desde hace tres décadas se ha elevado la sodomía a la categoría de alternativa sexual normalizándola de manera que se permite, se subvenciona e impone incluso su exhibición pública; y no sólo eso, sino también su enseñanza hasta en los centros escolares. Además, se persigue cualquier posibilidad de rebatirla o de oponerse a ella.

Lo que se ha buscado con lo dicho, y sin duda se ha conseguido, es su expansión, aunque para lograrlo se utilicen formas y métodos intolerantes y totalitarios, vulnerando los derechos civiles y religiosos de quienes se oponen a ella.

La principal razón de lo dicho, y no se engañen, no es reivindicar un pretendido derecho a practicarla, lo que ya han conseguido de sobra, ni a no ser discriminados, lo que en realidad no fueron nunca, al menos de manera masiva, sino sólo particular. No, la razón única y fundamental es que los sodomitas saben que al ser la sodomía contra natura les impide reproducirse, por lo que en realidad están abocados a la extinción a no ser que… la exhiban, enseñen e impongan para atraer a otros, especialmente a las nuevas generaciones, que siempre son el futuro, al tiempo que más débiles e inmaduros como son niños y jóvenes.

Nuestra civilización, tan decadente en muchos aspectos, confundiendo libertad con libertinaje, ha optado por admitir y dar categoría de normal a lo que no lo es, de natural a lo que es anti-natural. Quien de forma privada y en su intimidad quiera dedicarse a darse por el ano, allá él. Pero a lo que nadie tiene derecho es a hacer ostentación y exhibición pública, menos aún a la enseñanza, y peor obligatoria, de sus intimidades. Es decir, a agredir y violentar la sensibilidad y la conciencia, las creencias y la libertad de los demás; tampoco las autoridades y mucho menos con fondos públicos.

Cada uno con su trasero, pandero, pompis, posaderas, nalgas, cachas, suelo, fondo, ano u ojete puede hacer lo que considere, que para eso dijo el Gallo que "hay gente pa tó", y allá ellos con las consecuencias en este barrio y peor aún en el otro, pero a lo que nadie tiene derecho es a restregárnoslo por la cara. Eso es lo que tenemos que reivindicar nosotros, lo que tenemos que conseguir y es lo que las autoridades de todo tipo deben impedir y nosotros obligarles a ello; que ya está bien. Si no lo hacemos, no nos quejemos de que nos den.