Me gusta la Navidad, me gusta mucho. Me gustan los mercados navideños, los adornos de las ciudades, la excusa para ver a buenos amigos y reencontrarse con la familia, acordarse de los seres queridos que ya no están con nosotros y la dulce melancolía que todo lo embarga. Solemos olvidar con facilidad el autentico significado de la navidad, sustituyéndolo por compras, comilonas y tiempo de ocio. La Navidad es mucho más que todo eso. Conmemoramos el nacimiento de Cristo y todo lo que ello significa. Es tiempo de perdón, es tiempo de acercamiento, es tiempo de paz.

Lástima que algunos confundan la generosidad y el perdón con la debilidad. Que confundan la paz con la imposición y que crean que perdonar es olvidar. Admiro profundamente a las personas generosas, aquellas que dan más de lo que tienen, aquellas que ayudan sin importarles lo que reciben a cambio, aquellas que no preguntan ni desean compensación, solo actúan de manera correcta.

En España tenemos gran facilidad para olvidar y eso que, siendo puristas, en ocasiones podría ser una virtud, cuando hablamos de un país, es un profundo defecto, es un terrible error. El perdón es quizás el mayor acto de generosidad posible, pero el perdón no puede ni debe estar reñido con la justicia.

Cometemos un grave error cuando perdonamos y causamos injusticia. El perdón no puede generar ni injusticia ni dolor. España tiene derecho a perdonar, pero no tenemos derecho a cometer injusticias. España está liberando a criminales y asesinos. España está actuando de forma irresponsable con su errática política penitenciaria. España homenajea a genocidas. España ensalza la injusticia. Eso no es perdonar, es traicionar. Tendemos con facilidad a confundir los términos. Los voceros profesionales, los contertulios de salón, colaboran activamente a tergiversar el lenguaje y los conceptos. Se puede ser profundamente anti comunista y ver injusto el bloqueo a Cuba, como así lo demostró España en los años 60 y mediados de los 70. Se puede ejercer la generosidad pero sin perder tus convicciones ni caer en la injusticia. Esto, que sería fácilmente entendible, no pasa en España.

Nos piden que perdonemos crímenes y asesinatos recientes y que revivamos acontecimientos de hace más de 80 años. Los que tapan los crímenes más cercanos son los mismos que desean enfrentarnos por nuestro pasado. Nos exigen olvidar lo más actual y recordar una historia que se ajuste a sus intereses. Nada es por casualidad y mucho menos, nada es por piedad.

Gobierno, fiscales, jueces, partidos políticos y agentes sociales, ni son justos ni sin generosos. Su motivación busca siempre una compensación, un interés, que en la mayoría de los casos, pasa por seguir manteniendo unos privilegios. Nada importa con tal de no perderlos. Vestir las decisiones de generosidad cuando en el fondo, se está siendo tremendamente injustos con otros, es faltar a la verdad.

Me produce nauseas, arcadas profundas, cuando en nombre de la paz se manipula y se engaña a una población ya de por sí muy dada a creerse con facilidad todo lo que se le cuenta. Damos como buenas decisiones, aceptamos cuestiones que perjudican gravemente a otros, pero nos convencemos de que es lo mejor porque así nos lo han vendido o así queremos creerlo.

Es tiempo de paz, de justicia, de generosidad, pero es también tiempo de no olvidar. Sí al perdón, sobre todo al divino, pero nunca al olvido. El que olvida con facilidad, no es de fiar. El que olvida a sus mártires no merece respeto, y el que se deja manipular, es cómplice de la injusticia.