Tras la liberación de Ortega Lara, ese hurón ponzoñoso de ETAsuna, Floren Aoiz, del que no sé ni me importa si sigue envenenando el aire o está ya en los brazos de Satanás, escupía el desafío, barruntaba la venganza y fijaba el plazo: “Después de la borrachera viene la resaca”. Así fue. Miguel Ángel Blanco fue secuestrado y asesinado.

 

Utrilsky, el primer jefe de la Cheka, acuñó la regla básica para generalizar el terror: “Lo esencial es que cada hombre viva con la certeza de que puede ser asesinado en cualquier momento”. He ahí la socialización del terror, tan barato como eficaz, que ya había ensayado siglos antes el Cardenal Richelieu al afirmar, y ejecutar, “dadme seis líneas sobre el hombre más honrado de Francia, y encontraré una razón para ahorcarle”. He ahí lo que el brazo armado del separatismo español, la Organización Socialista Abertzale Euskadi Ta Askatasuna, más conocida por el siniestro acrónimo ETA, hizo hace 22 años con Miguel Ángel Blanco.

 

De ese cruce político entre el separatismo tribal de Sabino Arana y los chekistas del Soviet nace ETA. Mientras ellos sembraban fuego nosotros cosechábamos la cenizas. Poco a poco y muerto a muerto completamos el ajuar de nuestra dote de derrota, de mansedumbre y desolación, y mientras nos arrodillábamos para trenzar una plegaria o mascullar una maldición nos olvidábamos de que quien crea el clima moral, necesario para todo asesinato, es tan culpable como el sicario que aprieta el gatillo. Ese cómplice, ese culpable es el separatismo en todas y cada una de sus manifestaciones, modalidades y organizaciones políticas y sociales, periodísticas y “culturales”.

 

Hace 22 años, al igual que hoy, al igual que siempre desde hace 22 años, los druidas del Sistema nos acunan con su lengua vieja y seca como una alpargata polvorienta, con la nana de la enérgica condena y de la unánime repulsa. Y con esa impotente milonga escenificamos esa singular forma de hipocresía y de autocompasión que se llama la arrogancia de los débiles y que, sobre todas las cosas, es estúpida, porque nuestro sufrimiento, nuestro dolor colectivo jamás atravesó las armaduras de ETA y nunca atravesará las de ETAsuna. Lo acabamos de comprobar, otra vez, con la repugnante entrevista a Otegui en TVE.

 

Hace 22 años, tras la espontánea y efímera reacción popular contra los asesinos de Miguel Ángel Blanco, rápidamente emasculada y embridada por el Sistema, nos negamos a utilizar nuestro dolor y nuestra rabia como instrumentos de nuestra voluntad, y acabamos cayendo en esa perversión que hace confraternizar al esclavo con el amo y a la víctima con el verdugo, y de buen grado acabamos aceptando el diálogo y la negociación previos al triunfo de ETA. Veintidós años después ETA está en las Instituciones y a Miguel Ángel Blanco lo tuvieron que exhumar y trasladarlo a Galicia porque sus asesinos profanaban su tumba en Ermua, todos los días ¿Quién ha vencido? ¿Quién ha sido derrotado? Los cobardes y los gilipollas, o sea la mayoría, creen que ETA fue derrotada. A los separatistas les da la risa floja y a Otegui, la risa patibularia.