Indra divinidad, rey de los dioses y señor del Cielo. Dios primordial de la religión védica. Dios de la guerra, la atmósfera, el cielo visible, la tormenta y el rayo. Indra empresa, lo es todo. Indra Sistemas S.A., un monstruoso engendro con magníficas y apetitosas relaciones con el Estado. Indra omnipotente, omniabarcante, omnisapiente. Brinda servicios de consultoría sobre transporte, energía, telecomunicaciones, servicios financieros. Su clave de bóveda: la guerra. Es la mayor empresa armamentística de España. Todo en Indra es poder. Y un titánico negocio. Uno de sus magnos mercadeos durante las últimas décadas: el negocio electoral.

 

Chupándose las pollas

Posee Indra sórdidos vínculos con gallifantes relevantes. Sociatas, peperos y separatas, las tres ineludibles columnas del pútrido Régimen del 78. Indra también ejecuta favores muy especiales a personalidades que se hallan en la segunda línea de batalla. Secretarios de Estado o tenientes generales de las Fuerzas Armadas españolas, muchos de los cuales esbozan la lista de la compra del ejército español. Indra sabe mucho de (nutritivas) puertas giratorias.

Hidra bicefálica. Una única opresión con dos cabezas: Estado y Gran Capital. El principal accionista es el Leviatán. Con su aciaga SEPI. Luego, Corporación Financiera Alba, sociedad controlada por el Grupo March. Por supuesto, fondos buitres: Fidelity Management Research, del amigo Soros, of course. Después, particiones pequeñas de la tarta. Más fondos rapaces y adiciones plurales. Te meas de risa. Apiñados, apretujados, felicísimos, alacridades de mozo. Poderosos, muy poderosos, impunes, se sorben las pollas como campeones. Dicho sea metafóricamente.

Cómo hacer un suculento pucherazo

Los mendas llevan varios decenios acarreando el negociete electoral en nuestra patria. En España y más allá. Chanchullos, pasteleos e insidiosas intrigas en medio mundo. Los algoritmos, animalitos, se rebelan indómitos. Los pobrecitos de Indra no saben cómo remediarlo. Acumulan pufos electorales cojonudísimos en medio orbe terrestre. República Dominicana, Argentina, Ecuador, Venezuela, Nicaragua, Angola. Y los que no pudieron ser comprobados, como nuestro pasado 28-A. Fascinantes pucherazos. No me toques las bolas, Indra. No vuelvas a tangar al personal. Se os ve a la legua. Qué aseadito os lo trajináis.

Cuatro sencillos pasos. Uno. Se deforman patrones de imágenes del acta escaneada de cada urna. Una por colegio electoral. Dos. Se encubre cada imagen cifrada de cada IP enviándolo a un único servidor. Tres. Raudo, en menos de centésimas de segundo, se modifica y se vuelca a un servidor ignoto y escurridizo, ubicado allende los mares, donde el software altera sistemática y sutilmente las cifras. Cuatro. Se vuelve a volcar al servidor central de recuento en España. La rehostia. Un farde telita. Bocao que tiene el zorro. Templanza majetones, que se os nota demasiado.

Bipartidismo, porque sí

Pues nada, que nos agenciáis un chute de realidad, gambeteáis, tiráis millas y convertís  el blanco en negro y el negro en verde Thunberg. Que nadie ose vincularos tampoco con la hipercorrupción del Sistema, en esta ocasión pepera. Lezo y Púnica. Nos conviene nuevamente el degenerado bipartidismo (con el colgajo separatista de propina). Indra se pone a la noble tarea con fervor indeclinable. Seguid con vuestros truquis de las pelotas. Vuestras épicas componendas con los algoritmos. Habitamos en la edad del algoritmo. Armamento de destrucción matemática. Machos, cómo os molan las armas. 

Si ya la vida en España era (y es) estafa, con franquismo o sin él, en la era del Big Data, juguetitos electrónicos en tan malas manos solo pueden concluir en estafas – espirituales, intelectuales, morales- aún más mayúsculas. Las decisiones que condicionan nuestras vidas no están forjadas por humanos, sino por modelos matemáticos. Perfectamente manipulables. Los humanos solo colocan sobre el paño su infinita y desatinada ansia de poder. Y la de Cum Fraude es excesiva. Los patrones algorítmicos que se utilizan en la actualidad son opacos, descontrolados e irrefutables, incluso cuando están equivocados. Y sirven a la perfección, desde luego, para consumar un fraude electoral de tres pares de cojones. O de mil. La hermosa y proteica polisemia de los cojones. En fin.