Estamos en un tiempo tan crispado que incluso las críticas fundadas son desdeñadas con mal humor, independientemente de su importancia. Cuando el Secretatio General de Vox, Javier Ortega Smith alcanzó su nivel de incompetencia y felicitó a la neo-Stasi de la izquierda por haber delatado a no se quién en “La Sexta”, se adujeron cosas que no tenían absolutamente nada que ver con lo que se discutía, como si los que se hizo en el pasado fuera garantía de lo que se hace en el presente. Algo similar he escuchado respecto de las críticas hacia la estrategia de Vox en Cataluña, donde el impacto electoral de Vox en la sociedad catalana ha sido prácticamente nulo, quedando la respuesta al independentismo en manos de Ciudadanos. El discurso de rechazo de plano a las autonomías no ha calado en la sociedad catalana y habría que preguntarse por qué. No hay duda de que es importante obtener diputados en Andalucía o en Ciudad Real, pero la crisis que afronta la nación española tiene lugar sobre todo en Cataluña y, después, en País Vasco, lugares ambos donde Vox apenas ha tenido incidencia. Sería buena cosa preguntarse cual es el motivo y cual debe ser la estrategia de futuro. ¿Debe esto tomarse por crítica personal o, peor aún, como una ofensa? Hacerlo o no creo que es cuestión de inteligencia. El hecho es que la respuesta contra el independentismo ha quedado en manos de una socialdemocracia o de un liberalismo, de carácter los dos radicalmente mundialistas. Ciudadanos, el PP, el PSC, etc, tienen todos una concepción de España individualista y cosmopolita, por lo que son responsables de la situación creada. Ellos son responsables de la pérdida del sentido nacional en nuestro país. ¿Merecen por tanto encabezar la respuesta nacional en Cataluña? Decididamente no.

 

La razón del fracaso catalán de Vox está en entender que el problema se debe a una mala opción en la forma del Estado. De ahí que piensen que acabar con el Estado de las autonomías es motivo suficiente para terminar con el problema. Desde luego una u otra forma de Estado puede haber contribuido, pero el problema es más bien de orden ideológico y no político: durante décadas se ha inoculado en la sociedad catalana, primero, un odio cerval a España y, segundo, se ha introducido una falsificación del pasado. El Estado de las Autonomías solo es responsable en la medida en que se han dejado en malas manos los resortes que han permitido el aluvión de propaganda. Y respecto de esto no es enteramente ajeno el Estado Central, que ha contribuido por activa o por pasiva a los mismos fines que los que pretenden dinamitarlo.

 

La única manera de contrarrestar el problema que tratamos aquí, no es con la supresión de una determinada forma de organización estatal. Esto es una solución pobre y cortoplacista. El verdadero enemigo del independentismo es reivindicar Cataluña desde posiciones no independentistas. Es necesario sacar al pueblo catalán del estado de alienación en que se encuentra y por el que muchos creen que para ser catalán hay que ser independentista.

 

Esta estrategia la inició hacia 2010 la hoy disuelta Plataforma per Catalunya (PxC), aunque sin el apoyo mediático del que goza hoy Vox. Con la PxC se emplearon las armas habituales de nuestro corrupto régimen político: el silencio, el ninguneo y la persecución. En algunos lugares como El Vendrell, el PP llegó a hacer causa común con la ERC para aislar políticamente a la Plataforma. ¿Por qué? Pues porque el catalanismo, genuinamente hispánico, que la Plataforma difundía, no era ni liberal ni socialdemócrata si no identitario. La Plataforma, contra viento y marea, consiguió introducirse en el entramado rural de la Cataluña profunda. La estrategia apuntaba maneras porque quería devolver Cataluña a lo que siempre fue: una parte entrañable de España. Además quería y podía hacerlo desde abajo. Frente a esto, la estrategia de “autonomías fuera” entró en Cataluña igual que un elefante en una cacharrería, demostrando muy poca inteligencia de entrada y, a posteriori, cosechando un fracaso total en la arena política de aquellos lugares en los que se discute más intensamente la identidad nacional.

 

Frente a esto uno puede enfadarse y quejarse pero no va a cambiar un ápice el fundamento real de la crítica. A ver si alguien se entera de que, hoy, ya no es suficiente con blasonar de patriota. Quizás si lo era en el siglo XVI pero ya no. Hoy no basta con decir que queremos España y ya está. Para muchos, una bandera nacional, gritar viva España y poner canciones folklóricas es suficiente. Pero todo esto solo demuestra lo mal que estamos. Los tiempos, nos guste o no, nos están preguntando qué tipo de hombre queremos y qué tipo de sociedad queremos. Y llevaría otro artículo explicar que España solo es compatible con determinados modelos de sociedad y de persona. Desde luego España no puede sobrevivir en la globalización liberal, por dura que sea la retórica antinacionalista de los liberales. España solo sobrevivirá gracias a una respuesta popular e identitaria.