No está de más aclarar a nuestros leales y queridos lectores los puntos orientativos para mejor comprensión de las contradicciones con que actualmente nos vemos perplejos y dispersos.

La novedad de tal Concilio es que elabora un nuevo Cristianismo, a medida de “la edad nueva que hoy vive el género humano” (C-S4), incluso en el orden espiritual, a pesar de reivindicar que la fe no ha cambiado, se transforma con el “aggiornamento” espiritual que trastoca los vínculos dogmáticos al son de las modernidades (si antes la Iglesia salvaba al mundo, ahora el mundo salva a la Iglesia. Pablo VI).

La inversión de fines. La nueva relación entre el cristiano y Dios se resume en la idea del “servicio del hombre”, deificando al humano. De ahí la gratuita y huera “dignidad del hombre”, aún sin méritos personales conquistados: soberbia humana del “non serviam” satánico (no te serviré).

La verdad religiosa se reduce a la conciencia subjetiva y por su propia luz sentimental o interesada, poniendo el error a la altura de la verdad tras un falso respeto, sin creer en la autoridad única del Dios que revela, dogmatiza y enseña. Y así la “tradición viva” no es la vivencia de la Tradición, sino la evolución del dogma, que por eso deja de ser dogma.

La liturgia se ha convertido, por tanto, en una expresión personalista y subjetiva, al gusto de cada personalidad, y por eso ya no hay una Misa única, ni música seria, ni gestos o formas igualitarias.

La “participación activa” no es la participación fervorosa que deseaba San Pío X (canonizador de la Misa exenta de todo error), sino la asamblea como actor del rito, no de la Cruz sino de la Cena, en donde esa asamblea se ofrece a sí misma.

La Iglesia, así renuncia a ser la única sociedad de salvación, convirtiéndose en “signo” de la presencia invisible de Dios, alejándonos de la Iglesia visible a la que se pertenece por el Bautismo, la profesión católica y la obediencia a sus legítimos Pastores.

La presentación de la Humanidad como el Reino hacia el cual se concentran las “religiones” (yo siempre digo “credos”, porque religión solo puede ser una).

Así, se trata de que converjan los intentos de la “socialización de todas las cosas” (distribución de las riquezas) y los derechos del hombre, la paz mundial -aún sin justicia-, visión liberal del laicismo del Estado), dando a la Iglesia del Concilio una finalidad política.

Hay que señalar que “la unidad del género humano” no es una idea cristiana, sino un esquema gnóstico de tradición masónica y de la que Theilard de Chardin hizo un objeto teológico antes del Concilio.

La unidad religiosa del género humano, para favorecerla, la Iglesia ha de arrepentirse de su pasado y entrar en diálogo con todos los credos, como si de un tratado comercial, militar o administrativo se tratase y como si el dogma fuese elástico y convencional.

De ahí la creencia de que hasta los no cristianos ya están salvados, porque tienen “semillas del Verbo”, y están así unidos a Cristo sin imposición de dogmas.

Prohibidas las condenas. ¡Todo es respetable!

La Encarnación del Hijo de Dios realiza “en cierto modo” la identificación de todo hombre con Cristo (GS 22). Así, la cuestión fundamental de la salvación o de la condenación pierde su urgencia. En adelante la Pastoral conciliar se ahorrará el pecado original y la caída de la naturaleza humana. La salvación se convierte así, en una toma de… “conciencia”.

         

¿Conclusión? El Vaticano II aparece como una ruptura radical con la Tradición católica en estos cuatro puntos:

  • Falsa libertad religiosa, que confunde la inmunidad externa de practicar una creencia, con la libertad de conciencia, que trata de hacer respetable cualquier concepción de fe a gusto del consumidor, cómo que no hubiese una única religión verdadera.
  • A cuenta de esto, falsa liturgia, falsificada a gusto de cada improvisador (según se reza, así se cree).
  • Falso Ecumenismo, por lo que se hacen “respetables” todas las creencias, sin pedir conversión de los herejes a la verdadera religión, dándoles a entender que todos los credos son igualmente salvíficos.
  • Falsa Colegialidad, que hace que la Iglesia que Cristo fundó como monárquica, ahora la conviertan en la práctica como democrática, donde el Papa está condicionado y mediatizado por las Conferencias Episcopales, perdiendo su autoridad individual en sus declaraciones doctrinales.

 

Así se explica que el nuevo Obispo de Roma haya hecho elogios como “reformador” a Lutero, que fue el mayor heresiarca y odiador de la Iglesia Católica, a la que llamó prostituta y denuestos de lo más satánico que podamos suponer.

 

De tales polvos, nos vienen estos lodos. Gracias a la Verdad eterna e invencible de Dios, “las puertas del infierno, no podrán contra Ella”.

Mientras tanto, resistamos “firmes en la fe”.