Si ven ustedes estos días un punto limpio, con un trasfondo de mucha categoría porque es el Ayuntamiento de Barcelona, sepan que en realidad no es tal, no es un almacén de muebles usados, ni tampoco el vertedero municipal. No es un improvisado basurero para que el consistorio barcelonés saque los trastos viejos de los concejales separatistas, esos destrozones de la política. Eso que ustedes ven ahí, y que parece un punto sucio, es lo que Ada Colau entiende por un portal de Belén. Con Jesús, nuestro Señor, aislado en un estante, con la Virgen encerrada entre cuatro tablas, y con San José con el bastón en la mano, seguramente pidiendo paciencia mejor que fuerza, en tan bochornosa situación.
 
Estos cuarenta años de presunta democracia han servido, sobre todo, para una cosa: para que los partidos políticos se crean los dueños de todo. A ellos todo se les permite, las corruptelas, los excesos, por supuesto la mediocridad de sus dirigentes, por supuesto un descontrol absoluto de sus cuentas...Todo. Y también que cuando llegan a las instituciones, se crean con derecho a hacer lo que les place, guste o no guste a los ciudadanos. Si además, resulta que una señora llega nada más y nada menos que al ayuntamiento de Barcelona teniendo como único mérito haber sostenido pancartas anti-desahucios durante un par de años, tenemos una fotografía perfecta de la España actual.
 
Si cuando vamos al mercado no nos conformamos con la peor fruta o el peor pescado, si cuando vamos a un concesionario de coches exigimos la máxima garantía, si no toleraríamos a un médico negligente, a un mecánico incapaz, ni a un profesor ignorante, ¿por qué en cambio nos conformamos con esta insultante mediocridad en la política?, ¿por qué hemos de aceptar de buen grado que quienes nos gobiernan sean mucho peores que los gobernados? Me dirán que la democracia tiene sus reglas, y que ellos han sido elegidos en las urnas, pero cuando se ideó el sufragio universal nadie dijo que quienes se dediquen a representarnos han de ser los más torpes y amorales de la clase. En eso, digámoslo claramente, el sistema representativo no nos representa.
 
Podemos decir, sin posibilidad de equivocarnos, que a ningún ciudadano de Barcelona le gusta el adefesio de portal de Belen que Ada Colau ha puesto frente al ayuntamiento, y que además le ha costado a los vecinos casi 100.000 euros. No le gusta ni a los creyentes ni a los no creyentes, ni a los agnósticos, a nadie. Y a pesar de ello, tengan ustedes la completa seguridad de que ni la alcaldesa, ni sus concejales, ni los ediles de la oposición, ni por supuesto el arzobispado de Barcelona (que jamás osaría enfrentarse a una administración pública), ningún poder de la Ciudad Condal, va a dar la orden de retirar toda esa basura y poner un portal de Belén como Dios manda. Que además, no costaría nada, porque según el PP ya hay un belén dentro del consistorio, sólo tendrían que sacarlo afuera.
 
Miren, hacer un portal de Belén con unos muebles viejos es una falta de respeto a Dios nuestro Señor. Meter al niño Dios en un estante, como si fuese un reloj, es un pecado casi con categoría de delito. La única intención que tiene este esperpento pagado con dinero público es violentar la paz de las personas de bien y ofender los sentimientos religiosos de los españoles, que es lo que la izquierda hace siempre que puede, habitualmente con la comprensión o al menos el pasotismo del resto de fuerzas políticas. Al contrario de lo que piensa el señor Bou, concejal del PP barcelonés, lo más grave de esta historia no es que haya costado 100.000 euros; lo peor con diferencia es que supone un insulto a los cristianos cometido por una institución pública.
 
Con los colegas de la señora Colau, Pablo Iglesias y compañía, acaba de firmar Pedro Sánchez un acuerdo de gobierno. Unos profanan restos humanos de un jefe de Estado, y los otros sacan al niño Dios a la calle metido entre tablones. Unos y otros han sido votados en las urnas, efectivamente. Pero unos y otros están socavando las bases de la convivencia y de la paz social, con lo que eso conlleva. Haciendo de su capa un sayo, actuando con soberbia y maldad, y aprovechando que el pueblo español sigue dormido, o entretenido con el black friday y las rebajas. Cuando queramos despertar, a lo mejor no nos dejan poner ni un portal de Belén como Dios manda.