La fiesta del 20 de noviembre es un marco litúrgico espléndido para el doble culto a ese Cristo Rey instaurador de toda realidad terrenal y espiritual bajo sus banderas de Señor de los señores y Rey de reyes, y por obligada Señoría, el aniversario del martirio del profeta patriota español, José Antonio Primo de Rivera, así como del providencial Caudillo Francisco Franco, de aquel Glorioso Alzamiento Nacional del 18 de julio del 36.

 Doble culto, digo, porque aquella empresa cívico militar no tuvo otra ambición que la defensa a perpetuidad del reinado social de Cristo en España y en la catolicidad, amenazada de su extinción por las fuerzas ateas enemigas de todo lo sobrenatural y deificante. Fue esa proeza que la Divina Providencia nos trae durante aconteceres históricos con milagrosos signos defensivos del bien y la verdad.

Esa ambición de tinte exclusivo de eternidad dignificante de una nación y una religión única, santa, católica y apostólica fue una cita imborrable ya en la historia del catolicismo nacional y universal, por lo que el gran Pío XII condecoró a Franco con la medalla de los Caballeros de Cristo y la contienda militar en tierra nacional fue calificada de “Undécima Cruzada” por el mismo Papa.

Solo quienes viven a espaldas del mundo de la fe no captan estas sutilezas reduciéndolo todo a la paupérrima visión terrenal de una pelea de gallos, trasunto repetible actual del quítate tú para ponerme yo.

En guerra civil (solo así llamada por esa ralea que la perdió), se dirime una cuestión temporal e intrascendente, duradera para un par de generaciones.

En cruzada religiosa se dirime una cuestión totalmente opuesta por defender lo intemporal y lo trascendente al resto de generaciones, como es el concepto religioso de la sociedad nacional y universal.

Al fin, ¿qué es el patriotismo? Esa virtud cristiana derivada del 4º. Mandamiento de la Ley de Dios que la teología moral católica lo estudia y define como el “deber del ciudadano con su patria”. ¡Patria!, de “páter”, padre en latín, padre de los padres a quiénes el ciudadano se debe por múltiples vínculos y que esa misma teológica doctrina precisa en cuatro puntos:

  • La piedad, como culto y veneración a la patria como principio básico de nuestro ser, educación y gobierno, respetando sus símbolos y enseñas.
  • La justicia social, como bien común para todos sus miembros dentro de un orden que garantice su estabilidad y progreso integral.
  • La caridad,cuyo recto orden prefiere el compatriota ante el extranjero, como se prefiere al miembro familiar antes que al desconocido, rechazando toda invasión ilegal.
  • La gratitud, por los bienes patrimoniales y servicios públicos que esa patria dispensa en la defensa de sus miembros que la mantienen e integran.

Contra este sentimiento esencialmente patrio ya circuló en el pasado siglo la fantasiosa y egoísta postura de quiénes evadiéndose de sus deberes de correspondencia hacia sus padres y patrias, se declaraban “ciudadanos del mundo”, algo así como si hubiesen caído de las estrellas con las botas puestas, educados, mantenidos y gobernados por fantasmas. Visión absurda, atea e irracional de los mismos descerebrados que tienen pánico a toda norma que exige responsabilidades y dependencias a principios superiores.

Tal postura anárquica ya la condenó Pío XII en su encíclica Humani generis (1950). Como se ve, nada nuevo que hoy no encontremos también en la pseudo intelectualidad de los desertores y de las enseñanzas tradicionales, como los eternos hijos pródigos que al fin mendigan un empleo o una ayuda familiar hasta prolongados años de dependencia paterna.

El patriotismo, como condición humana, obligada, no podía estar desligado de la doctrina moral con sus consecuencias lógicas en la familia y la sociedad nacional.

Otra derivación trascendental es concebir la patria no como nación. Nación es el lugar donde se nace, lo cual puede ser visto como una circunstancia ajena a la voluntad y consciencia del nacido. En este caso, la Nación sería una localización anónimamente geográfica, donde se vive con la única preocupación elemental de la lucha por la supervivencia, en ese plano meramente instintivo que incluiría la lucha de todos contra todos, la ley de la selva insolidaria y atomizada, ajena a los fines fraternales colectivos de progreso integral y aportación al bien común. Así, el pago de impuestos sería una opresión tiránica y los deberes de Defensa Nacional serían deber de… otros.

Por eso, quien no entiende el patriotismo como virtud religiosa, tampoco lo entiende como virtud humana y natural.

No es lo mismo sentirse integrados en una gran familia a la que se pertenece y se defiende, que sentirse como individuo que sobrevive atomizado y egoísta, ajeno al entorno al que se debe, del que depende y al que ha de procurar un bien integral para todos sus hermanos.

No es lo mismo la filiación que la orfandad; como no es lo mismo el domicilio que la intemperie, ni el propietario acomodado que el mendigo desprotegido.

Al fin, el orden divino, sapientísimo y justísimo, se impone desde la razón y desde la fe como revelación consiguiente. Nada es casual en la creación divina, como nada es nuevo en las ocurrencias de los enemigos del orden, de lo bello y de lo bueno. Que cada quien coseche sus consecuencias, pero sin derecho a quejarse, ni a mendigar a los buenos cuando se rieron de ellos. Hay mucho hijo pródigo.