Hace unas semanas, Andalucía, mi tierra, ha vuelto a ser noticia por el bochornoso caso de los ERE. Una vergüenza más que echarnos a nuestras espaldas. De esta forma, los andaluces nunca podremos desprendernos de los tristes tópicos que nos acompañan desde hace mucho tiempo, y que nos tienen marcados como las divisas de las ganaderías a los toros de lidia, es decir, hasta la muerte.

Pero lo que se ha hecho es lo que llamo macrojusticia, es decir, algo que se queda en las altas esferas, aunque lo que yo deseo de verdad es que alguna vez se haga microjusticia, o sea, que se juzguen los pequeños casos, para que, de esta forma, los andaluces normales y corrientes, podamos desquitarnos de las humillaciones constantes de que hemos sido objeto durante todos estos años, mientras contemplábamos, atónitos, cómo nuestros gobernantes habían convertido nuestra tierra en una vulgar casa de fulanas. Voy a intentar explicarlo con un caso concreto.

Yo sé de un pueblo, de cuyo nombre no quiero acordarme, en el que había un militante socialista, sano como un roble, que se jactaba, en público, de ser prejubilado de Mercasevilla, sin haber visto la Giralda en su puñetera vida, decía el colega. Lo decía con un descaro imponente, y, como además, el buen señor tenía cierta afición a las copas, cuando éstas hacían su efecto, la misma frase la pronunciaba con diversas variantes, a saber: yo soy prejubilado de Mercasevilla (esta primera parte era fija, por evidente), para luego añadir las modificaciones, siendo su favorita la de “y sólo he visto la Giralda por Canal Sur Televisión”, que por cierto, lo de Canal Sur venía aquí que ni pintiparado.

Y ya se pueden imaginar ustedes cómo nos podíamos sentir algunos que, a pesar de todo, aún hoy, seguimos conservando la dignidad. Porque por aquella época, yo acudía cada mañana a mi puesto de trabajo, con problemas de salud, y en medio de un ambiente laboral crispado… y crispado precisamente por compañeros de partido del de la Giralda, miren ustedes qué casualidad. Mejor dicho, del de la no Giralda, porque no la había visto nunca. O mientras nuestros hijos (los dos míos, sin ir más lejos), no tenían trabajo, y cuando por fin lo consiguieron, no sin dificultades, tuvieron que irse fuera de Andalucía, porque aquí, en su tierra, no había trabajo para ellos.

Pero sí había trabajo para los hijos de los compañeros de partido del de la Giralda (o de la no Giralda), y no sólo trabajo, sino también prejubilaciones para sus allegados, y dinero, mucho dinero, para poder gastárselo, entre otras cosas, en cocaína y en putas.

Yo no digo que en el PSOE no haya gente honrada, no. Es un partido muy numeroso y hay personas íntegras, y yo las he conocido. Pero ello no me priva de hacer pública la vergüenza que, como andaluz, he sentido, al ver en los telediarios a mi tierra otra vez mancillada, por una clase política infame, que ha mangoneado en las últimas décadas a esta pobre región como si fuera su cortijo, igual que lo hacían los señoritos de antaño, aunque con menos clase que ellos, y con mucha menos vergüenza que ellos.

Como no me puedo privar de expresar la alegría que sentí el 2 de diciembre de 2018, al conocer los resultados de las elecciones autonómicas celebradas aquel día, y comprobar que, por fin, tras muchos años de tratarnos a los andaluces como si fuéramos menores de edad, los ciudadanos de esta tierra ponían a quienes nos habían gobernado durante décadas mirando para la Giralda, para que la vieran en condiciones, y no sólo a través de Canal Sur Televisión, como decía el colega prejubilado de Mercasevilla, sin que se le cayera la cara de vergüenza, porque no tenía, vergüenza digo, porque cara tenía un montón.