No se vive la fe católica, aun íntegra, en la misma categoría moral en el nivel de la espiritualidad, ni de la misión que cada católico está llamado a vivirla. De ahí la parábola de los talentos, donde se piden frutos proporcionados a los talentos y circunstancias en que el fiel se desenvuelve.

Por eso la Iglesia en su Santoral califica a unos de mártires, de apologetas, doctores, vírgenes o confesores. Estos últimos, no es que se dedicasen a encerrarse en un confesionario para absolver y dirigir moralmente a los penitentes, sino que llevaron una vida ejemplar, o en grados de virtud heroica, hasta el punto de haber sufrido persecución por confesar su fe, incluso con tormentos, penurias o sufrimientos, aunque no hubiesen llegado al martirio.

En el caso de la vida particular, familiar, misión de trayectoria pública y social del Caudillo Francisco Franco, hay que señalar y reconocer públicamente que correspondió a los planes providenciales de salvar no solo a España de una invasión anticatólica, demoledora de la Santa Tradición y el ser de España, sino de la Catolicidad ante el peligro diabólico del comunismo que iba a atenazar a Europa, empezando por el cono sur europeo, según los satánicos planes de Lenin y con ello, la salpicadura a la cristiandad con la supremacía militar marxista, como se demostró en las patrias del Este, que no lograron librarse de sus botas antihumanas.

Calificar la vida moral de este sabio y perspicaz Caudillo en aquellos momentos decisorios para el mundo de CONFESOR, es el adjetivo más justo, lógico y conveniente, tras la trascendencia histórica vista a distancia, que es como mejor cabe deducir las consecuencias.

Veamos, siguiendo el principio evangélico de “por sus frutos les conoceréis”:

 

1º. - Fue herido gravemente en África, con perforaciones intestinales que pudieron costarle la vida, antes del Movimiento Nacional, pero sobrevivió.

2º. - Fue apartado de la vida familiar durante mucho tiempo por su consagración a la causa, tan urgente, y ya en Canarias tuvo que estar custodiado, tanto él como su familia, durante las 24 horas del día, por las graves amenazas de muerte que se vertían contra él y los suyos. Sacrificios innegables, heroicos.

3º. - Stalin envió un agente para asesinarle. La Providencia le libró de ese atentado y de otros que también tuvo, lo que demuestra haber sido elegido como instrumento preparado por Dios ante aquellos momentos decisivos para España y para el Mundo.

4º. -  Con el don de inteligencia y consejo, libró a España de participar en la conflagración europea de la segunda Guerra Mundial, que hubiera hipotecado a España en la miseria total. Otro don del Cielo, nada frecuente para quien se siente y sabe con poder absoluto político, que siempre lo usó para servir y no servirse, haciendo el milagro de poner en pie a una Patria arruinada por la Cruzada de Salvación Nacional (provocada por la rojería masónica y marxista), con tan pocos medios militares y económicos.

Con una conciencia de heroica catolicidad, que ya intuyó en Canarias (donde había sido arrinconado por el gobierno republicano como elemento “peligroso”), antes de ser nombrado Caudillo por presión de los Generales Mola y compañía, como figura competente y de prestigio universal –el General más joven de Europa-, para tal Levantamiento de autodefensa nacional, en su intensa religiosidad, avivada precisamente por aquellos ruinosos presagios de la segunda república y la persecución religiosa del 34, que se arrastraba a cotas intolerables y de trascendencia de aniquilación total.

Él llevó a la nación española a ser la octava potencia mundial.

5º. -  Pio XII le condecoró con el “Cordón de la Orden Superior del Cristianismo”, y declaró aquella guerra como la “Undécima Cruzada” y le reconoció como “el estadista preferido entre los estadistas cristianos”… Y hasta lloraba al tener que firmar sentencias de criminales de guerra, reduciendo al 50% las condenas de muerte.

Solamente permitió la ejecución de los generales cabecillas responsables de las mayores barbaridades cometidas en aquel rio revuelvo del Frente Popular.

6º. - La construcción de la mayor Cruz del mundo como signo de reconciliación nacional, de respeto incluso para los enemigos caídos en el otro bando y confesión pública de la Consagración de España a la catolicidad y al sentido religioso de la sociedad en todas sus instituciones, como había hecho Alfonso XIII consagrando España al Sagrado Corazón, que también hizo más tarde el Generalísimo, a la vez que firmó un Concordato con la Santa Sede, defensa de la consiguiente catolicidad, es pública confesión de un ferviente hijo de la Iglesia, como así fue siempre reconocido por el Vaticano, incluso por Pablo VI, que adverso al régimen y partidario de la desacralización de España y su Gobierno, acabó reconociendo: “Yo, con este hombre me he equivocado” (al leer el ferviente y cristianísimo Testamento de Franco).

7º. - La reconstrucción de 20.000 templos, más seminarios y conventos quemados o destruidos por los rojos, y obras de arte sacro restauradas e insustituibles de nuestro riquísimo patrimonio, ya dan por sí misma la intencionalidad de aquella Cruzada, guerra de ideología religiosa y no vulgar pelea de gallos.

Una guerra civil sería una lucha política con finalidad temporal e intrascendente, un par de generaciones, a lo sumo. Por el contrario, una Cruzada busca las finalidades opuestas: es trascendente e intemporal para todas las restantes generaciones por su exigencia religiosa, moral, social, humanista y vital, en todos los aspectos del cristiano vivir.

8º. - La creación de la seguridad social, en sapientísima previsión de futuro, ha hecho que tantos pueblos de España aún subsistan, más las creaciones faraónicas de pantanos, carreteras, universidades laborales, obras benéficas… Sería interminable en unas improvisadas pinceladas de páginas de revista exponer todo lo que construyó el régimen, en beneficio y provecho del pueblo español.

Ahí estuvo la multitudinaria asistencia el día de su entierro, del pueblo español, agradecido, que lloró con emoción y pena en colas interminables de día y de noche, con saludos militares e imperiales, la asistencia de decenas de Jefes de Estado y de Gobiernos extranjeros para manifestarle su respeto y admiración, así como las concentraciones anuales en la Plaza de Oriente, escuchando su voz< de padre, inseparable de su pueblo, un pueblo que caminó bajo su égida, aún en situaciones de precariedad, compartidas familiarmente, con un mismo destino esperanzado de la Una, Grande y Libre España secular, tierra de María Santísima, cuna de héroes, de santos de artistas y de místicos.

Si la proeza de los Reyes Católicos evangelizó a medio mundo, extendiendo la lengua española a todo el orbe, la significación de la obra de Franco no tiene menor importancia para el mundo católico en particular, y para el mundo libre en general.

9º. - Franco no edificó el Valle de los Caídos para él. Fue su sucesor, Juan Carlos, quien ordenó enterrarle allí, y ahora como “gratitud” a tal privilegio, oculta la defensa del gran Caudillo al que le debe el Trono, y el retorno de los Borbones a la Corona de España…

Juan Carlos le elogió en vida y ahora le olvida y traiciona, como traicionó a su padre, y como perjuró contra los Principios del Movimiento de Julio del 36.

La transición convirtió así el cambio en ruptura con el pasado católica de nuestra Patria.

  El diabólico liberalismo atenaza al Estado y a la Monarquía Borbónica, negando los sacrosantos derechos de Dios.

Confieso, sin rubor, haber llorado abundantemente leyendo las elogiosas homilías de nuestros Obispos, a la muerte del Caudillo.

¿Se atreverían ahora a decir lo mismo de la historia e innegables heroísmos martiriales y civiles militares de la epopeya de Franco…?

El enemigo de Dios y de las Patrias, no descansa, como nos advirtió Franco, y como el Divino Maestro nos dijo: “Los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz”.

          Lo verdadero es eternamente nuevo.

          La Catolicidad tiene que tener a Franco en los Altares.

          ¡Viva Cristo Rey!