Es frecuente últimamente que nuestro tiempo de asueto se vea constantemente interrumpido por el comportamiento inapropiado de esos seres a los que antes llamábamos hijos o críos —según fueran nuestros o no—, mutados ahora a la categoría de peques o trastos. Como la cretinez no hace distingos entre clases sociales, el peque o trasto actual lo mismo puede atender al nombre de Borja que al de Libertad; al césar lo que es del césar, pues en eso hay que reconocer y garantizar el inalienable derecho glandular de los progenitores a nominar a sus criaturas como mejor les venga en gana.

¿Que los peques o trastos pasan corriendo a nuestro lado, tirando la mitad del whiskorro con el que en ese momento estamos haciendo la digestión? Al padre de Borja —pongámosle Queco, que Dios sabe de qué será hipocorístico semejante cursilada— nuestra tranquilidad le importa un pimiento; él sólo se escandaliza por el nefasto ejemplo que le estamos dando a su retoño: resulta intolerable que ingiramos alcohol delante de sus naricitas, se ve a la legua que nos censura desde la mesa de al lado mientras absorbe un traguito de su poleo. El padre de Libertad —le pega algo así como Txuki, con tx y k, por supuesto—, al comprobar que el whiskorro que bebemos es un Macallan, colige que somos unos señoritos y sólo se aflige porque su vástago ha dejado nuestro vaso medio lleno: a los fascistas ni agua, se lee en su mirada.

Entretanto, los peques o trastos siguen haciendo de las suyas. En realidad, las suyas no son acciones de su propia cosecha, sino reproducciones reflejas de lo que llevan metiéndoles entre ceja y ceja durante años sus papis y mamis —que así se dirigen entre ellos unos y otras—: esos niños son dignos aprendices de la nada, ese libre albedrío mal entendido que no representa sino la ausencia de la más mínima autoridad paterna. Vamos, igualico que los perros de Pavlov… pero al contrario.

Al cabo de la enésima fechoría, por fin se alza una voz que paraliza momentáneamente a los peques o trastos: “¡Cuidado, Borja! Como tires otra copa va a venir la bruja mala y verás”. Pero Borjita no ve a ninguna meiga a su alrededor, y persiste en sus trece. “Libertad, mira que aparece la bruja mala y…”. Mas Libertad se pasa por el forro el anacoluto materno y a la perversa hechicera, se da media vuelta y continúa dándonos por saco.

Esa educación nihilista inculcada por los papis y mamis a sus peques o trastos recuerda peligrosamente a la neolengua orwelliana. En 1984, el Partido llega a la conclusión de que puede controlar la mente de los ciudadanos a través de la implantación y uso de un nuevo idioma. El método es sencillo: lo que no forma parte de la neolengua no existe y, por tanto, no puede ser pensado. Basta con no traducir a la neolengua aquello que el Partido no quiere que cavilen sus súbditos —que como tales los trata— para que su conducta sea encauzada unidireccionalmente. Con todo, lo peor es que uno no es consciente del lavado de cerebro que se le viene encima.

Llevemos eso al caso que nos ocupa. ¿Qué nociones de urbanidad se les están transmitiendo a los peques o trastos por parte de sus papis y mamis? Aproximadamente, las mismas que ganas tiene un servidor de que le golpeen en el bajo vientre. La neoeducación es la bandera pedagógica de la progrez, que consiste precisamente en desdeñar todos los valores tradicionales que durante siglos nos han permitido relacionarnos civilizadamente. Para ello, se vale de tácticas tan avanzadas como la del avestruz: quien tiene autoridad no ha de ejercerla; ya vendrán otros —llámese bruja mala o papá Estado— para actuar en su nombre.

¿Responsabilidad individual? Eso no aparece en el diccionario de neolengua para papis y mamis progres.