“Si un hombre no está dispuesto a pagar un precio por defender sus ideas, o sus ideas no valen nada o no vale nada él”

Ezra Pound, poeta norteamericano

Esta es la pequeña historia, verídica y reciente, de un amigo mío que sí ha pagado un precio por mantener sus principios. Y como todo el que sacrifica algo por mantenerse firme en su idea, merece estima y respeto por ello.

Es profesor y ya tuvo algún problema en otro colegio, no por ser una persona problemática que no lo es, sino por motivos ideológicos: por expresar puntos de vista no ya disidentes, sino simplemente no del todo alineados con la corrección política. De hecho, es gracias a él que he conocido la verdadera medida del adoctrinamiento y la tiranía ideológica progre que hoy existe en los colegios, incluso en los privados y religiosos.

Pero no son estos los motivos por los que ahora ha perdido su empleo. El motivo ha sido la negativa a dar sus datos biométricos (huella dactilar) para el fichaje a la entrada y salida del trabajo. Fichaje que se podría hacer igualmente con una tarjeta o un código alfanumérico, pero la dirección se empeñó en la huella dactilar; tras un largo tira y afloja durante el cual mi amigo se ha quedado solo (al principio algunos se opusieron, pero terminaron pasando por el aro ellos y su dedo) la situación se ha resuelto con el despido.

No todos comprenderán la decisión de mi amigo. Pero de quienes pasan por los aros y se comen caramelos envenenados en nombre de la comodidad o de la seguridad, no cabe esperar que comprendan, ni esta ni otras cosas. Por ejemplo que los datos biométricos son un paso más en un sistema para tenernos cada vez más controlados y vigilados. ¿Para qué, además? No se trata de un centro de investigaciones militares, de una base de misiles o una sede de los servicios secretos, es sólo un maldito colegio donde todos se conocen.

El gesto de mi amigo no será por tanto entendido por muchos. Seguramente no por los adoradores de ese becerro de oro (o de plomo) que es la vida fácil y cómoda, la despreocupación alegre propia de esa mentalidad de esclavos que yo llamo el principio del papanatas: “no me importa que me controlen porque no tengo nada que ocultar”. Sin embargo su actitud, comprendida o no, es una pequeña y obstinada defensa de trinchera, una trinchera que nos pertenece a todos.

Podemos considerar excesiva y rígida la actitud de mi amigo, podemos pensar que habría podido ceder “un poquito” y aceptar escanearse el dedo; después de todo no es un sacrificio tan grande, no es una información tan sensible. Quizá sea así en efecto, pero en ese “un poquito” también puede estar el diablo, porque suele estar en las cosas pequeñas.

Personalmente, en esa situación yo probablemente habría aceptado lo de las huellas, pero no por ejemplo un chipsubcutáneo. Sin embargo, ¿quién puede asegurar que mi posición es más razonable que la suya, dónde está la frontera de lo admisible? Quizá él haya visto más lejos que yo, quizá haya entendido con más claridad que siempre se debe presentar batalla y no hay que ceder posiciones al enemigo. Entra dentro de lo posible, en efecto, que dentro de unos años yo pierda mi trabajo por negarme a la implantación de un chip subcutáneo y porque los demás me han dejado solo, como ahora han dejado solo a mi amigo.

Entusiastas de la tecnología, gozad de vuestra esclavitud.