Cuando éramos normales, un hombre podía abrir la puerta o ceder el paso a una mujer, sin miedo a que ella le mirase con ojos acusatorios por comportamiento machista. Cuando éramos normales, podías darle un pescozón a un niño, aunque no fuese familiar tuyo, en la certeza de que su gamberrada lo merecía y de que los padres del chico le darían otro cuando le tuviesen delante. Cuando éramos normales, ninguna mujer decente y normal iba sola de madrugada con cinco hombres bebidos, y por tanto no tenía luego que preocuparse de que la juerga acabase, por ejemplo, en abuso o en violación.
 
Pero la inmadurez de la gente y la labor manipuladora de las fuerzas masónicas anticristianas han logrado que el mundo de hoy sea, como alguna vez he dicho, un manicomio gigante. Un mundo donde las víctimas son rechazadas y los verdugos aplaudidos, donde se censura a los patriotas y se apoya a los traidores, o donde, en fin, cualquier mequetrefe, sin oficio ni beneficio, puede ocupar las más altas magistraturas simplemente enseñando a los demás el carnet de demócrata. Como reconoció en su día el inefable Rodríguez Zapatero, si él ha llegado a presidente, cualquiera lo puede hacer.
 
Esta semana, VOX ha sacado a la luz el caso de un joven, Borja, que por defender a una mujer que estaba siendo atracada y golpeada en la calle, se enfrenta a dos años de cárcel y una multa de 180.000 euros. Parece que en su disputa con el ladrón (que tenía varios antecedentes penales), éste recibió un puñetazo, se golpeó contra el suelo y falleció. El partido que dirige Santiago Abascal ha recaudado más de 100.000 euros, que ya ha entregado a este chico para que la multa se le haga un poco más llevadera, aunque dice renunciar al indulto porque aceptarlo sería reconocer su culpabilidad. 
 
Cuando éramos normales, los delincuentes eran delincuentes, y las personas honradas, personas honradas. No éramos todos iguales. Si una persona honrada demostraba el coraje y la gallardía de enfrentarse a un delincuente para defender a otra persona, el delincuente tenía todas las de perder, como es lógico. Porque las leyes están para defender a las personas decentes y honradas, y para castigar a los delincuentes, y no al revés, o al menos así era cuando éramos normales. Ahora, entras a defender a una señora que está siendo brutalmente asaltada, y acabas tú en la cárcel.
 
Este caso demuestra hasta qué punto los cínicos y los cretinos se han hecho con el control de nuestra civilización, equiparando moralmente a los malos con los buenos, a los canallas con los decentes, a las víctimas con los verdugos. En su permanente obsesión por ser garantistas de los derechos de los reos, se olvidan de que ellos eligieron libremente delinquir, eligieron la opción del mal, y su acción ocasionó un perjuicio, en este caso mayúsculo, a una víctima inocente. Qué poco duele el dolor de una víctima, y en cambio qué dispuestos están algunos a sacar la cara siempre por la gentuza.
 
Cuando éramos normales, estas cosas no era necesario explicarlas. Cuando éramos normales, hasta nuestros abuelos, que no fueron a la escuela, sabían que el castigo era para los malos y el premio para los buenos. Hoy vivimos en un mundo de pura esquizofrenia. Donde un maestro no puede casi ni regañar a un alumno travieso. Donde a la promiscuidad y a la aberración moral se le llama "libertad sexual", y donde reparar una agresión callejera puede llevar a la cárcel antes al que repara que a quien agrede. Lo dicho, nos merecemos lo que nos pase, porque Dios nos regaló el entendimiento y nosotros hemos preferido la barbarie.