Las Bienaventuranzas no son proverbios ni consejos relativos a cuestiones materiales o administrativas, sino a conductas y actitudes de orden espiritual y santificante, que resumen con toda sapiencia la pedagogía, el espíritu que impregna todo el conjunto evangélico.

Esto es pensar en cristiano, adecuando nuestro pensamiento y nuestra voluntad al espíritu de lo trascendente y lo sobrenatural santificante.

Así, interpretar tópicamente la pobreza de espíritu con la pobreza material, es ignorar que la única contraposición que tienen las pobrezas de espíritu es con los soberbios, los rebeldes, los irredentos, los irracionales prepotentes, no con los famélicos, ni necesariamente con los heredados, que pueden muy bien ser unos desesperados y amargados revanchistas.

Puede parecer paradójico que para ser pobre de espíritu (evangélico), hay que ser muy rico de alma, porque la esencia de esta pobreza es la humildad que se traduce en reconocimiento y aceptación de la realidad, lo mismo cuando nos favorece que cuándo nos perjudique… Ahí está el resumen más perfecto de pobreza de espíritu en la respuesta de la Virgen al arcángel Gabriel:

“Hágase en mí, según tu palabra”.

La sencillez de la aceptación a los designios superiores a nuestros cálculos o conveniencias egoístas es la disponibilidad ante lo más justo o más conveniente, según los designios divinos.

El soberbio es el fanático irracional endiosado que tiene como lema el “non serviam”, o el “seréis como dioses” (del Paraíso). De ahí el pecado, que preceptiva a la condenación eterna.

Nada tiene que ver esa bienaventuranza con marxistizar o depauperar el sublime Evangelio en lucha de clases…, ni lucha de partidos políticos, como si se tratase de filosofía socio-política o de fundación de una ONG, como pretende el Padre Ángel García, traspasando el Cuerpo Místico de Cristo a fundaciones filantrópicas o a protagonismos y notoriedades de cara a la galería liberal, ayuna de sobrenaturalidad, cuyo único resultado a lo sumo no es la proyección de la persona humana a su plenitud humanística en la perfección moral, sino en el contento de lo inmediato, del pan para hoy -y seguiremos sin solucionar el problema-, con hambre para mañana.

Este no es el camino acorde con la mentalidad de Cristo, sino la lucha por lo inmediato como único fin, silenciando o negando el fin último del hombre.

El Padre Ángel, que acusa a sus superiores de “deserciones masivas de católicos porque la Iglesia no está con los pobres”, demuestra que el primer desertor es él, que por estar con los famélicos, no está con la riqueza espiritual (ni con la riqueza justa y honrada de los pobres de espíritu), y para colmo de su ultramundalidad, organizar en su parroquia un “sentido” homenaje al político socialista y homosexual declarado, Pedro Zerolo.

El fruto de su mundalidad solo puede ser el disparate, el absurdo, la herejía o el sacrilegio.

El Padre Ángel no acabará con los famélicos, ni les hará ricos del alma.