No hay vileza que le sea ajena. Buscad en el catálogo de traidores que ensucia como el vómito de un cerdo la historia democrática de España, y difícilmente encontraréis uno como él. Apuntaba maneras desde que era un cachorro de Zapatero estabulado en el PSOE, donde se ganaba la pitanza sin más oficio que el de su militancia. Era un don nadie fatuo, al que el azar de unos naipes barajados por los burlangas socialistas le colocaron    al frente de un partido sin brújula que buscaba entre su escombrera humana un líder capaz de echar del poder a alguien tan sucio y tan blando, tan cobarde y tan melifluo como Rajoy.

Y lo encontraron. Encontraron a Pedro Sánchez, en cuyos predios levantan sus jaimas los mercenarios de la política que, sin más talento que el de la untuosa adulación y con la complicidad de sus comisarios de los Medios de Comunicación, son capaces de transformar la basura retórica del líder en un ejemplar afán de diálogo para hacer deseable la solución final de España en la Cataluña de los corsarios separatistas. Porque de eso se trata, que no os engañe su alquimia dialéctica capaz de mutar la traición en ejemplar ejercicio democrático, de acomodar la vileza en la tolerancia y de mudar la abyección en la placidez del diálogo. Se trata de hacer que España muera en la vertebración de la República Independiente de Cataluña, presentándonos su cadáver como el grial del ecumenismo democrático.

A eso ha ido Pedro Sánchez a la lonja separatista de la Generalitat catalana, poniéndose de hinojos ante el delincuente inhabilitado que sigue ejerciendo de chulo del burdel hispanicida. A eso ha ido, a bendecir con el vómito de su traición el nihil obstat a Quim Torra.