Comenzaremos con algunas perlas de pensamiento feminista, por obra de algunas militantes históricas. En estas citas se retrata el verdadero rostro del feminismo, más allá de la cortina de propaganda que lo oculta, para confundir a inocentes y desprevenidos mentales que aún no se han enterado de cómo están las cosas.

 

El hombre es un muerto viviente, un pedazo insensible, incapaz de dar o recibir placer o felicidad.

Valerie Solanas (1936-1988), Lesbiana y feminista radical, autora del Manifiesto S.C.U.M.

 

Quiero ver a un hombre golpeado, ensangrentado, con un zapato de tacón clavado en la boca, como una manzana en la boca de un cerdo.

 

Andrea Dworkin (1946-2005), Lesbiana y feminista radical

El macho es un animal doméstico, que si es entrenado con firmeza, puede ser adiestrado para hacer la mayoría de las cosas.

Jilly Cooper (1937-2013), Periodista y feminista radical

 

Mostrando las jetas de las tres autoras de las citas, aún hoy iconos históricos del movimiento feminista, no pretendo estropearle a nadie el desayuno o el café, sino aportar información útil: en efecto, ahora y siempre, el rostro es espejo del alma.

¿Chifladas, desequilibradas, fanáticas? Desde luego. Pero muestran sin pudor lo que verdaderamente pretende el movimiento feminista. Auténticas, genuinas, casi cándidas, sus palabras libres como el viento dicen la verdad desnuda; no tienen la prudencia que habitualmente muestran las militantes más equilibradas, que esconden por motivos tácticos sus verdaderos objetivos de dominio y castración mental sobre los hombres.

In vino veritas se solía decir. In dementia veritas diremos hoy a propósito de las radicales del feminismo; representan una especie de estética expresionista del movimiento, que a través de la exageración dice la verdad.

¿Qué tiene que ver todo esto con nosotros? Mucho. Las Dworkin, las Solanas, las Cooper están aquí, nunca se han marchado. Sus eslóganes los vemos, hoy, por todas partes: escritos por las calles, en foros de internet, en manifestaciones feministas, en boca de niñatas ignorantes y fanatizadas hasta un punto inverosímil. Sus palabras, codificadas en lenguaje jurídico, las encontramos en legislación infame como la Ley Integral de Violencia de Género. Sus pensamientos acerca del varón, sin ser expresados abiertamente, son los que inspiran las sentencias de la justicia anti-masculina y la actitud de los tribunales especiales creados para perseguir al enemigo de género.

Vemos también a las Dworkin, a las Solanas y a las Cooper en boca de profesoras que sistemáticamente machacan el cerebro de sus alumnos; como esa profesora de lengua en Canarias que ha tenido la mala fortuna de ser grabada y denunciada, mientras soltaba perlas de pensamiento feminista del mismo tenor que las anteriores. Sus lecciones eran (son) una orgía de supremacismo hembrista, un aquelarre filtrado a través de los milenios de una divinidad femenina ancestral sedienta de sangre, un Niágara de bilis antimasculino cuyo objeto es aplastar psicológicamente a sus alumnos varones aprovechándose de su posición de poder. Que si los hombres deberían ser castrados selectivamente, que si la identidad del hombre es su miembro viril, con una larga serie de otras sandeces y vulgaridades típicas de la propaganda feminista.

¿Broma? ¿Discusión hipotética o semi-seria como algunos han intentado disfrazar la cosa? Puede ser pero también bromeando se dicen las verdades. Además, no hace falta decir qué pasaría si un profesor varón se atreviese a hacer broma, o discusión hipotética y semi-seria, sobre (por ejemplo) la mutilación genital femenina.

Reconoceremos a esta profesora el mérito de ser partidaria de la no-violencia. En efecto no quiere castrar físicamente a los hombres, ni siquiera a los adolescentes, sino hacerlo sólo selectivamente y al nacer. Es todo un detalle por su parte, la señora es todo corazón. Aunque también debe de ser estrógenos y otras hormonas, que descompensadas han alterado su ya precario equilibrio. Sin embargo esto es irrelevante: in dementia veritas.

Creo poder afirmar que el episodio, aflorado casi por casualidad y que ha recibido escasa atención, es sólo la punta del iceberg de propaganda que nuestros hijos reciben en sus clases, que el caso ha solamente levantado una punta del velo que esconde la miseria del material humano que los adoctrina en las escuelas. Además, si esto sucede en una clase de lengua, podemos imaginar lo que sucede en los basurtalleres dedicados a cuestiones de género. Bien es verdad que los daños son limitados porque los chavales no hacen mucho caso, las cosas les entran por un oído y les salen por el otro. Pero en alguna medida estos mensajes y este ambiente acaban calando en ellos.

De las numerosas perlas soltadas por la profe de lengua me quedo con una en particular: con eso de que aquellos hombres que no tengan huevos, estarán felices porque no los han conocido. Sin duda de manera involuntaria, con esta frase reconoce el fracaso del feminismo; porque nos está diciendo que el feminismo necesita para triunfar un mundo de castrados, que para sustituir la patria con la “matria” como grotescamente propone para la salvación de la humanidad, la premisa necesaria es abolir la masculinidad.

Ahora bien, el hombre nunca ha intentado hacer esto con la mujer, ni ha fantaseado con nada parecido. Aunque aceptáramos la falsa y tendenciosa versión que nos da el feminismo de la historia humana como milenaria opresión de la mujer, aunque apurásemos hasta las heces la copa de sus deformaciones en mala fe, tendríamos que admitir que el hombre jamás ha pretendido abolir la feminidad en la mujer. Si acaso todo lo contrario. Es el feminismo el que pretende destruir la masculinidad, lo que nos lleva a una conclusión inmediata: que el matriarcado y el dominio de la mujer sólo son posibles sobre un mundo de esclavos.

Precisamente éste es el sello de su fracaso, un sello que las feministas se han puesto ellas mismas en plena libertad y emancipación de su voluntad. Con ello reconocen, expresándola de manera insuperable, toda la miseria del movimiento feminista.