En 1938, Hitler se encontraba en el apogeo de una estrategia territorial con la que hacía y deshacía sin resistencia alguna lo que le salía de sus mismísimos. El 12 de marzo había perpetrado el Anschluss —la anexión alemana de Austria— y a finales de septiembre ambicionaba hacer lo propio con la región checoslovaca de los Sudetes. En aras de que la tensión suscitada no fuera a más, el 30 de septiembre se reunieron en Múnich los líderes de Alemania, Reino Unido, Francia e Italia, que acabarían firmando un acuerdo que ponía en bandeja la ocupación germana de la zona, tal y como terminó sucediendo el 10 de octubre. Antes de su consumación, el día 5, Churchill había espetado al primer ministro británico Chamberlain una frase histórica: “Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra. Elegisteis el deshonor, y tendréis la guerra”.

Desde antes de la llegada al poder de Zapatero la izquierda española retomó una deriva guerracivilista que parecía haber abandonado durante la Transición, haciendo suya la calle a la menor escusa —valgan como ejemplos las manifestaciones contra la guerra de Irak o por lo del Prestige— valiéndose de la intimidación y la violencia sobre instituciones, personas y cosas. Su cosmovisión cainita de hacer política se materializaría finalmente en 2007, a través de la llamada Ley de Memoria Histórica.

Una ley que —pese a que el Partido Popular habitó la Moncloa durante casi siete años, cuatro de ellos con mayoría absoluta— todavía sigue vigente y que ahora el nuevo Frente Popular que conforma el gobierno de Pedro Sánchez se ha aprestado a modificar para darle una vuelta de tuerca más, pretendiendo sacar a Franco del Valle de los Caídos.

Pero que nadie se lleve a engaño: no se trata sino de uno más de los muchos pasos que vendrán a continuación, que en eso no se esconden. El diputado de ERC Gabriel Rufián —el azar es caprichoso con los apellidos que le tocan a cada uno— así lo ha dicho en Telecinco: “Nosotros dinamitaríamos el Valle de los Caídos, pero nos conformamos con que saquen a Franco”. Como el azar también es caprichoso con la inteligencia que Natura da a cada cual, y encima Salamanca no ha prestado nada, con esa frase su insigne señoría se desdecía de lo que segundos antes había expresado en la misma entrevista: “No sólo hay que echar o sacar al franquismo de mausoleos, sino también del Congreso o del Senado. Principalmente, me refiero a según qué sectores de la derecha de este país, a la extrema derecha de este país, como pueden ser el PP, Vox o Ciudadanos”.

Y es que ése es el verdadero objetivo que se encierra detrás de esta primera astracanada que se está escenificando mediante la exhumación de los restos de Franco. A día de hoy, el fascismo que dicen querer aniquilar lo representa el general que venció en contienda a los secuaces de un Frente Popular que únicamente perseguía convertir a España en un satélite de Stalin. Mañana, como ayer, fascista será el que acuda a la basílica de Cuelgamuros simplemente a rezar. Y dentro de un mes, será señalado con el dedo asesino de la cheka todo aquel al que los voceros de la ideología que más muertos ha provocado en la historia de la Humanidad tengan a bien pulverizar.

Mientras tanto, el PP y Ciudadanos miran de perfil. Los unos ya han confirmado que no serán ellos quienes defiendan ese edificio y a la persona que hay enterrada en su interior; y los otros nadan en la ambigüedad que acostumbran creyendo que así contentarán a su electorado, que desde luego debe de estar encantado sosteniendo con sus impuestos a profesionales de la sinecura y la mamandurria cuyo actuar se resume en el dolce far niente de la abstención.

Sólo Vox —el extraparlamentario partido de Santiago Abascal— está saliendo en defensa de esa España que no se resiste ni se resistirá a morir. Por el contrario, Casado y Rivera están jugando a ser los tontos útiles de la democracia española, los Kerenski de turno que todo déspota necesita para justificar sus tropelías. Sin embargo, ambos han de saber que, con esa conducta omisiva, la Historia sólo les otorgará el mismo deshonor que Chamberlain se ganó a pulso ante Hitler en septiembre de 1938. Esperemos que tal deshonor no vaya acompañado, como entonces, de una guerra.