Dentro de pocas semanas saldrá a la luz una serie de libros acerca de la figura de Blas Piñar, a quien podemos considerar perfectamente como uno de los grandes profetas de la política española en el siglo XX. Porque con esa lucidez que sólo tienen los más grandes, los verdaderos estadistas, Piñar supo anticipar hechos que han ocurrido bastantes años después, y que entonces, en la nunca bien ponderada Transición, liberales y marxistas calificaban como "exageraciones de un exaltado". Hoy vemos que su talento profético tenía una precisión milimétrica.
 
Las naciones que no saben honrar a sus jefes de Estado, las naciones que venden su glorioso pasado por ser democráticas y políticamente correctas, son naciones que evidencian una podredumbre moral de la que difícilmente se puede escapar en el corto plazo. Cuando restos humanos que deberían ser honrados y respetados son tratados igual que la basura, y eso va del poder ejecutivo a los más altos tribunales pasando por la criba inevitable de la opinión pública, tengan por seguro que estamos ante la prueba del nueve de una decadencia que sólo puede conducir a la ruina.
 
Porque la diferencia no es, como manipuladoramente nos plantea el Sistema, entre demócratas y dictadores, sino entre patriotas o traidores. Esa es la diferencia. Lo que debe juzgarse en un mandatario no es cómo alcanzó el poder, sino cómo estaba el país cuando dejó de gobernar en comparación con cuando lo tomó. Pero la dictadura democratista, que es bastante peor que cualquiera de los regímenes autoritarios conocidos hasta ahora, no sólo desvirtúa el ejercicio del poder, sino que nos introduce a todos en un mátrix de mentiras que, debidamente bombardeadas a través de los medios, consiguen el efecto buscado: una sociedad entontecida y analfabeta, incapaz de honrar a sus mejores hombres porque los peores así nos lo ordenan democráticamente.
 
No insistiremos ahora en resumir un régimen de cuarenta años de duración, sobre el que ya hemos hablado y escrito mucho. Pero es evidente que esta operación desesperada de Pedro Sánchez para conseguir el voto radical socialista y comunista, sobrepasa ampliamente los límites de la legitimidad de un gobernante. Nadie tiene derecho a mandar sobre los restos mortales de una persona fuera de su propia familia, absolutamente nadie. Y hacerlo, ya sea con el apoyo del Parlamento o del Tribunal Supremo, tiene un nombre muy concreto: profanación. Con el agravante de que no sólo humilla la dignidad de un jefe de Estado y de sus familiares, sino que reabre heridas que estaban más que cerradas hace tiempo.
 
A poco que ustedes se fijen, lo que Sánchez y sus amigos comunistas y separatistas están perpetrando en un golpe revolucionario parecido al de los años treinta. Mientras el inquilino del Falcon practica esta necrofilia indecorosa, en Cataluña hay un dirigente regional que defiende a unos terroristas, a los que incluso estaba dispuesto a ayudar a que tomasen por la fuerza el parlamento autonómico, según ha publicado el diario ABC. ¿Qué más hace falta para suspender la autonomía catalana?, no acatamiento de la Constitución, defensa de unos criminales, connivencia en actividades subversivas...Un calco de lo que sucedió durante la Segunda República, régimen por cierto que ha vuelto a reivindicar Pedro Sánchez desde Nueva York.
 
Todo tiene una coherencia aplastante. Todo fue previsto y anticipado por Blas Piñar en la Transición. Primero demolieron el edificio institucional de una España próspera y en paz, reconciliada y pujante. Luego, se volaron los cimientos de nuestra cultura, nuestra identidad y nuestra Fe. Más tarde, se nos convenció de que los partidos y la democracia de todo a cien era lo máximo a lo que podíamos aspirar, esta caspa de mediocres y oportunistas. Luego, pusieron las bases de un nuevo proceso revolucionario que pasa por destrozar la Constitución e implantar un neomarxismo dócil al ansia separatista. El círculo se cierra echando a Franco del Valle de los Caídos. Pero nosotros, los españoles, a callar y a votar. Ya nos han puesto las urnas el 10 de noviembre para que no pensemos mucho.