He tenido ocasión de leer un estupendo libro del americano Charles L. King, titulado “Ramón J. Sender”, publicado en Nueva York.

Charles, antiguo alumno de don Ramón, ha escrito un estupendo estudio sobre su antiguo profesor, digno de figurar en la biblioteca de todo buen aragonesista. El autor ha sabido descubrir magistralmente al universal aragonés, haciendo de su escrito notaría. Leal notaría, totalmente imparcial, en la descripción –fría y esquemática- de la accidentada vida y de la prolífica obra de don Ramón. Es fácil poder apreciar como Charles ha querido hacer de su libro razón y mente, no corazón, estudiando detenidamente al Sender joven, cuyo exhaustivo conocimiento es muy necesario para la mejor comprensión del genial e inolvidable aragonés.

El autor estudia detalladamente los diversos movimientos vanguardistas surgidos en la Europa de comienzos de siglo, la mayoría de ellos a la sombra del surrealismo, y en la influencia que tuvieron en Sender. En suma, un libro muy interesante, que debiera ser publicado por alguna editorial aragonesa, para un más amplio y perfecto conocimiento de la obra de nuestro hombre más universal, junto con el Papa Luna, Benedicto XIII, de la Obediencia de Aviñón. Pero, nos encontramos con el problema de saber si verdaderamente hay alguna editorial regionalista…

Como en el caso de don Joaquín Costa, nos apena ver como tienen que ser precisamente los de fuera, los extranjeros, quienes emprendan el estudio de nuestros grandes hombres, por importantes más olvidados. Parece como sino fuésemos más que despreciadores, enemigos de aquello de lo que más orgullosos podemos sentirnos: nuestros ilustres hombres, honra y orgullo, vida e historia de Aragón. Pero, por desgracia, tienen que ser gentes extrañas, procedentes de otras culturas, quienes se interesen por ellos. Nosotros, con nuestras intolerancias, odios, deseos de ser los mejores, de impedir a todo trance el medro de los paisanos, no queremos ver entre nosotros líderes, modelos y ejemplos de vida. Y no es precisamente porque no haya. La intolerancia, el excesivo personalismo, la falta de trabajo en grupo, hacen imposible que promocionemos a quienes lo merecen, a aquellos que con su presencia, con su sola presencia, honran a Aragón. Esto es lo que ha sucedido con don Ramón J. Sender. Se le ha cribado muchas veces por la “peculiar” crítica literaria española, aún cuando –al fin-, ha sido reconocido y respetado, cual novelista profundamente social, apasionado, heterodoxo, desigual, y, por que no, entrañable. Sender es humano, profundamente humano, valor que en la sociedad actual, debemos aprender a apreciar en justicia.

Sender ha sido en los últimos años un hombre legendario, mitificado, aureolado por el exilio y su mal conocida y novelística vida anterior. Principalmente en España, en sus primeros años de escritor, cuando el éxito comenzó a llamar a su puerta, obteniendo la consagración como escritor, que tan merecida tiene. Su producción literaria es profundamente autobiográfica, tremendamente invocadora de Aragón, en la situación geográfica (recuérdese por ejemplo “El regreso de Edelmiro”, recientemente televisado, en el que mencionaba la entrañable localidad de Santaliestra, a escasos kilómetros de Laguarres, mi pueblo natal), en los giros propios del estilo aragonés, tan bien estudiado y definido por Costa, y, especialmente, en el léxico.

Don Ramón nos demuestra cumplida y satisfactoriamente en todas y cada una de sus obras su profundo y perfecto conocimiento de su lengua vernácula, el idioma aragonés. Su vocabulario es denso y rico en términos regionales, evocados sin duda de sus primeros años en Chalamera, “ese hermoso nido de águilas sobre el río Cinca”, en expresión de Sender. Primeros años, posiblemente los más felices de su vida. Posteriormente la envidia, el fanatismo, la intolerancia, le han impedido en muchas ocasiones disfrutar del bienestar, del descanso y de la felicidad que merecía. Ha peregrinado por los Estados Unidos, de Universidad en Universidad, de Estado en Estado, en su tarea docente, en su querida labor formativa de la lengua y literatura española. De la lengua que él ha contribuido a inmortalizar, utilizándola como instrumento, vehículo de su prosa, de sus inquietudes sociales, de su profunda preocupación por los demás, de su tremendo humanismo, en suma.

En su novela “Las tres Sorores”, tan pulcramente publicada por Ediciones Destino”, Sender rectifica, remodela los “Siete domingos rojos”, obra de juventud de don Ramón, no autorizada hasta hoy en España por nuestra querida hermana, doña “Censura”. En ella podemos observar la evolución personal del hombre, del ser social que escribe como profesión, como oficio de vida y esperanza, en su incertidumbre creadora, en la cálida inconsciencia prematura de la juventud. En ella don Ramón oscila entre dos deseos: el de un dogma absoluto, y el de una libertad también total. Se plantea crudamente la pregunta de tan difícil contestación: ¿para qué sirve la libertad? Refleja en ella su evolución personal, su tremenda lucha interior, su constante inquietud, característica fundamental de su vida. Y, también, sus conflictos internos, la permanente lucha entre el yo y el nosotros, el ser personal, y el ser-para-los-demás.

Sender aún; Sender atractivo, mitificado, pero real, e carne y hueso. Don Ramón es ya un hombre universal, atemporal, histórico en razón de su permanencia, cual brillante página de la historia española. Y una de las más brillantes. Escritor en el exilio, y como tal motivado por unas circunstancias en ocasiones adversas a su voluntad; por ejemplo, las que aconsejaron su participación en el Premio “Planeta”, así como su vuelta a España desde hace ya algún tiempo. Son estos hechos que, aunque no pueden olvidarse, es conveniente no recordarlos, en cuanto que restan entereza a don Ramón. Pero le hacen más humano, más profundamente humano, entrañablemente enamorado de su querida España, de su Aragón natal, tan citado y evocado en sus escritos, de su Huesca, en la que comenzó a usar la pluma, y en cuyo periódico “La Tierra” se armó cual caballero medieval como periodista. Consagración que fue un paso, importante jalón de su camino, senda que hizo al andar, en machadiana expresión.

Sender no es de nadie, porque es de todos; de los aragoneses, castellanos, gallegos, e incluso de los catalanes. Sender es universal, testimonio de amor a España, a España y a los españoles… Así eras tú; así debemos ser nosotros. Nada de las circunstancias; las circunstancias no son más que una justificación burda; que un pretexto para sacarnos la responsabilidad de aquello que debíamos hacer, y que no hemos hecho, por diversas circunstancias…

Don Ramón J. Sender es un escritor valioso, al que hay que recuperar para España, honrándole como se merece. Y sin, estudiemos su vida y veremos la enorme honradez, coherencia personal y espíritu ético que nuestro universal hombre tuvo siempre. Pero, ante todo, don Ramón es un español; y como español ilustre, de todos, del mundo entero, con obras traducidas hasta nueve idiomas, don Ramón J. Sender TAMBIÉN ES ESPAÑA.