A mediados del siglo ii a. C. Roma se encontraba en plena expansión por Hispania. Lo cierto es que, ochenta años después de que se plantaran en Sagunto desencadenando la segunda de las guerras púnicas contra los cartagineses, los romanos habían encontrado un hueso duro de roer en la tribu lusitana que acaudillaba un pastor llamado Viriato. Harto de ver las costosísimas bajas que aquel enfrentamiento estaba reportando a sus legiones, Servio Sulpicio Galba —por entonces pretor de la Hispania Ulterior— optó por una sencilla solución: sobornar a tres de los lugartenientes de Viriato para que lo asesinaran. Consumado el magnicidio, sus autores —Audax, Ditalco y Minuro— comparecieron ante Galba para reclamarle la recompensa estipulada, a lo que éste respondió con una celebérrima frase: Roma traditoribus non praemiat. Pronunciada la cual, ordenó la ejecución inmediata de aquellos tres felones.

El pasado 2 de diciembre, los andaluces dijeron basta a cuarenta años de ruina y corrupción socialista. Por primera vez desde que se celebran elecciones autonómicas, en Andalucía existe la posibilidad de que se configure un gobierno de signo distinto: bastaría con sumar los escaños logrados por el Partido Popular, Ciudadanos y VOX. Sin embargo, mientras dos de esas formaciones están de acuerdo en que ello suceda, la tercera en discordia —esa imprevisible escopeta de feria que es el partido de Albert Rivera— ha preferido mirarse el ombligo y enrocarse exigiendo como condición sine qua non que sea elegido como Presidente de la Junta su candidato, no obstante haber obtenido 90.000 votos menos que el aspirante popular; rizando el rizo, el chef naranja se ha apresurado a dejarle claro a Pablo Casado que la receta de sus lentejas pasa inexcusablemente por aceptar el apoyo expreso o abstinente del PSOE, o lo que es lo mismo, por dar de lado al partido de Santiago Abascal.

No es nada nuevo: de esa manera se viene pronunciando nítidamente un Manuel Valls —el socialista francés a quien Ciudadanos presentará como alcaldable de Barcelona— al que no deben de molestarle los constantes escraches que sufre a manos de los CDR ni las continuas amenazas a las que le somete la CUP, pues día sí y día también se limita exclusivamente a hacer llamamientos para realizar un cordón sanitario contra VOX. Pero si a esa cerril postura ya nos tenía acostumbrados aquel partido que nació para plantarle cara al independentismo catalán y que creció para sólo Dios sabe qué puñetas, la cosa adquiere tintes grotescos con las declaraciones de Alberto Núñez Feijóo —Presidente de la Xunta que se define como centrorreformista y galleguista, valga la doble vacuidad— negando que VOX tenga cabida en Galicia; lástima no recordarle un testimonio similar respecto del Bloque Nacionalista Galego o las Mareas podemitas.

Ambos —Valls y Feijóo— parecen querer subirse al carro conducido por la ministra de Justicia Dolores Delgado, quien poco antes había asegurado que todos los partidos del arco parlamentario son constitucionales —incluidos, por tanto, sus socios de gobierno—, pero no así VOX. Claro, claro… Pese a sus reiterados ataques contra la monarquía y sus deseos de instaurar en España una república bananera, Podemos es un dechado de pasión constitucionalista; por el contrario, VOX es un hierático bloque de hielo anticonstitucional por obstinarse en defender la monarquía parlamentaria como forma política del Estado español: todo es cuestión de ignorar el artículo 1.3 de la Constitución y llamar al amigo Ferreras para que airee el mensaje; y si cuela, cuela. Pese a su pertinaz golpismo separatista, Esquerra Republicana de Cataluña se pasa el tiempo repartiendo ósculos constitucionales por doquier; por el contrario, VOX es una novia estrecha constitucionalmente hablando por empecinarse en defender la indisoluble unidad de la Nación española: todo es cuestión de ignorar el artículo 2 de nuestra Norma Fundamental y llamar a Susana Grisso para que difunda el recado; y si cuela, cuela. Y pese a la herencia que lleva en la mochila, Bildu es también un abanderado del constitucionalismo patrio; es VOX quien rezuma inconstitucionalidad por todos sus poros al defender a nuestras Fuerzas Armadas como garantes de la soberanía e independencia de España, su integridad territorial y el ordenamiento constitucional: pero da igual, todo es cuestión de ignorar el artículo 8 de la Carta Magna y llamar al tal Follonero para que blanquee por enésima vez la figura de Otegui; y si de paso cuela colgarle el sambenito de anticonstitucional al partido de Ortega Lara, pues cuela.

El trasfondo de esta canallesca deslealtad es el eterno complejo de inferioridad que invade a esos melifluos lamelibranquios que llegan a la política a no molestar, a convertir su espalda en un perfecto ángulo agudo respecto de la línea del suelo, a hacerse perdonar por el contrincante y a no cambiar un ápice el podrido statu quo imperante. En definitiva, el meollo del problema es la innata cobardía que atenaza a unos políticos de pacotilla que únicamente se preocupan de no ser señalados con el dedo acusador de quienes en este país expiden los estigmatizadores carnés de fascistas: esos adalides de la democracia que no tardaron ni veinticuatro horas en lanzar a la calle a sus violentas hordas como respuesta a su propio fracaso electoral.

Si los Feijóo, Delgado y Valls de turno se creen que con su mamporrera conducta van a ser admitidos en el redil dictatorial al que nos quieren abocar los admiradores de Maduro, los golpistas catalanes y los asesinos etarras, van muy equivocados. Han de saber que la Historia se repite. Alberto, Dolores y Manuel se presentarán frente a ellos con los deberes bien hechos; pero como en el siglo ii a. C. le ocurriera a Audax, Ditalco y Minuro —casualidades de la vida, comparten iniciales—, llegará un momento en que al pueblo español le saldrá la vena de dignidad mostrada por Servio Sulpicio Galba y les espetará aquello de que no se paga a traidores, utilizando el mecanismo más útil que existe en estos menesteres: dándoles la espalda en las urnas. Ese momento de dignidad se halla cada vez más próximo y está fraguándose en torno a VOX, cuyo líder —el azar es así de caprichoso— comparte inicial con quien fuera el pretor de la Hispania Ulterior.