Vivimos en una eterna y continua campaña electoral. Salimos de unos comicios que nos dicen son decisivos, para de lleno meternos en otros igual o más decisivos que los anteriores. Se apela a nuestros principios más básicos y rudimentarios para llamar nuestra atención y conseguir un voto poco meditado y en muchas ocasiones absurdo. Se nos moviliza para votar contra algo o alguien y no a favor de algo o alguien. Se nos engaña con promesas con nula intención de ser cumplidas, con titulares en grandes letras capitulares, pero sin contenido real, palabras vacías y huecas que nada significan.

 

El político tiene la habilidad de mentir y engañar con cierta facilidad, tiene el don de la palabrería y en engatusamiento que resulta hipnótico para ciertos sectores de la población independientemente de la formación que se tenga. Por lo general, el perfil del político actual, se asemeja mucho al de charlatán de feria, al vendedor de crece pelo. Necesita estar continuamente diciendo cosas bonitas, sin parar de hablar y gesticular, a un ritmo acelerado, con paso firme y convencimiento en todo lo que afirma, aunque en el fondo no diga nada.

 

Asistimos a convenciones, congresos y mítines donde se nos dicen cosas y se nos hacen promesas por parte de aquellos que tuvieron la posibilidad de llevarlas a cabo y nunca lo hicieron, y sin embargo ahora se pretenden que les creamos. Es lo que tienen las campañas electorales. Es un periodo donde la mentira se permite, el engaño es aceptado y el sujeto es premiado con ovaciones y aplausos por tomarnos por imbéciles.

 

En una ocasión pregunte a un conocido político y diputado popular sobre su promesa de modificar la ley del aborto. La respuesta fue clara y contundente:” hemos cumplido nuestra promesa, hemos modificado la ley, lo que nunca dijimos fue en qué sentido la modificaríamos”. Eran tiempos del presidente Rajoy, eran tiempos de una mayoría absoluta abrumadora obtenida por los populares como consecuencia de las políticas del socialista Rodríguez Zapatero. Hubieran ganado aunque hubiesen presentado un maniquí de unos grandes almacenes. Muchos creyeron en el cambio y poco tardo en llegar la decepción. La legislatura de Mariano Rajoy se convirtió en la tercera de Rodríguez Zapatero. He de reconocer que a mí nunca me decepcionaron porque nunca creí en ellos.

 

Las promesas incumplidas y el menosprecio hacia los votantes, ha hecho que con el transcurrir de los años, el viejo truco de votar lo menos malo o la engañifa del voto útil, cada vez resulte un recurso menos creíble. Ahora los mismos que sirvieron con devoción y lealtad a un Mariano Rajoy que nos tomo a todos por estúpidos, nos vuelven hacer promesas que no tienen intención de cumplir, se atreven incluso hablarnos de la vida, de la unidad de España y del respeto que sienten hacia las víctimas del terrorismo. Ellos que pactaron con independentistas de todo tipo y pelaje, ellos que mantuvieron, subvencionaron y apoyaron el aborto como nunca nadie lo había hecho en este país, ellos que miraron a otro lado mientras liberaban a terroristas y asesinos en virtud del cumplimiento de una sentencia dictada por un tribunal extranjero, ellos que nos hablan de recuperar unos principios y unos valores, pero nunca nos han especificado claramente ni cuales eran esos principios ni cuales esos valores.

 

Solo se puede recuperar lo que se ha perdido. Después de lo visto, después de lo que sabemos y conocemos, ya no queda margen para el engaño o la decepción. Nunca en la historia de la democracia española, el voto útil fue tan inútil. No caigamos en la trampa, que la gente vote lo que quiera, lo que desee, que lo haga en libertad, pero que no nos vendan una moto que no anda, que no funciona. Cada uno tendrá sus motivaciones políticas o personales, pero que España no sea la excusa para seguir apoyando unas opciones cómplices de todo lo que hasta aquí nos ha traído.

 

Es tiempo de canta mañanas y cantos de sirena, de salvadores de patrias que luego se muestran incapaces de combatir todo aquello que nos prometieron.